El presidente ruso negocia con el estadounidense sobre Ucrania mientras observa cómo mata y captura a varios de sus aliados más cercanos
Hace un año Rusia celebraba la llegada al poder de Donald Trump. Su élite y su propaganda insistían en que no podía ser peor que el demonizado Joe Biden y podrían negociar con un político que desdeñaba los valores democráticos el reparto de medio mundo en zonas de influencia. Pero Trump ha demostrado a Putin que no necesita socios cuando ya tiene a Wall Street y el ejército más poderoso del planeta de su parte. Los dos últimos meses han dejado desnuda la debilidad de las alianzas rusas en el exterior: el presidente venezolano, Nicolás Maduro, secuestrado; el ayatolá iraní, Alí Jameneí, asesinado; Cuba, asediada; Armenia, poniendo sus ojos en Washington; los petroleros rusos bajo sanciones, asaltados por las fuerzas especiales estadounidenses; y los clientes de su crudo, como la India, acatando las nuevas prohibiciones de la Casa Blanca.
“Se ha acabado con ellos [Jameneí y varios familiares] en una cínica violación de todas las normas de la moral humana y del derecho internacional”, ha lamentado Putin este domingo a través de una carta de pésame dirigida a la presidencia iraní. Como sucedió con Venezuela en enero, esta misiva solo incluía palabras de solidaridad, ninguna promesa de apoyo real a su aliado, pese a que hace un año Irán y Rusia también firmaron un acuerdo de defensa mutua.






