La televisión se ha llenado de entrevistas. El género del podcast se disfraza de show en las cadenas tradicionales. Bueno, bonito y barato. En prime time, en late night. Hay muchos formatos para la conversación y, sin embargo, los entrevistados siempre parecen los mismos. Porque los canales buscan el tirón de personajes populares, que tampoco hay tantos. Y, a la vez, porque la mayoría de los referentes sociales que se prodigan poco huyen de exponerse. Evitan pasar el trago del ataque enfurecido en la viralidad por una declaración extraída de contexto. La declaración inesperada es más difícil de encontrar. Menos aún si estás de entrevista de promoción. Los gabinetes de comunicación insisten a sus talents lo que pueden contar y lo que no. Para no molestar a nadie. Todo el mundo habla desde el pavor al comentario de después. Como consecuencia, hay tres tipos de invitados recurrentes: los que necesitan comunicar un trabajo, los de ego excitado o los que acuden por devoción. Estos últimos, los menos, son los que demuestran la mayor autenticidad. Aunque, paradójicamente, si se fijan, casi nadie habla de sí mismo ya. Escuchamos reflexiones necesarias sobre la sanidad universal, la educación o el patriotismo. Pero no hay demasiado tiempo para las experiencias personales reales que nos permiten avanzar. La corriente nos lleva al discurso del aplauso que se espera de ti, que sabes que se retuitea muchas veces, pero escasean las historias personales que nos conectan. Cuando desde la empatía sobre las cosas que nos pasan en la vida nacen los compromisos colectivos. Los propios periodistas caemos en la trampa y preguntamos por temas candentes en la conversación social. Aunque el entrevistado no tenga una opinión formada sobre el asunto. Pero nos aseguramos visibilidad inmediata en las redes. Un círculo vicioso en el que parece difícil escapar. Encima, para más inri, el consumo viral nos está arrastrando a la tendencia de respetar solo a los referentes que piensen como nosotros. En vez de enriquecernos con otros mundos que están en nuestro mismo barrio. Así, los mercaderes de la opinión, van derribando puentes. Nos mordemos la lengua por la reacción agria de los haters o nos enganchamos al aplauso condescendiente sobre las crudezas de la vida de los afines.El resultado es el ruido efímero de la perversa inmediatez. Hay muchas entrevistas en la tele pero pocas dejan poso, como las de Jesús Quintero, Pablo Lizcano, Joaquín Soler Serrano, Jesús Hermida, Pedro Ruiz, Julia Otero, Paloma Chamorro, Javier Sardá, Mercedes Milá, Jordi Évole e incluso Javier Gurruchaga. Cada uno con su personalidad, aunque en todos había documentación, había intención, había creatividad pensada. Estela de curiosidad que intentaron seguir Elena Sánchez Caballero y Jesús Marchamalo en Encuentros de La 2 en 2022, y esta temporada Aimar Bretos en La Sexta. Pero, en una generalidad contagiosa, hoy el golpe de efecto gana al contenido. Hoy nos quedamos en el tópico. Y, como consecuencia, siempre vemos a los mismos invitados y pedimos que siempre hablen de lo mismo, según la corriente de opinión de la queja imperante ese cuatrimestre. Es el problema por el que tanta gente inspiradora duda colocarse frente a la cámara. Para qué ir, si ya sabes lo que comentarán después en la sociedad donde las preguntas vienen ya con la respuesta incorporada. Una sociedad que confunde diálogo con zasca. Ahí está la oportunidad de los medios de comunicación: salir del carril de la polémica del día e invertir tiempo en ensanchar los discursos públicos con menos teoría y más práctica. En este sentido, en la radio actual, lo hacen estupendamente espacios que no ocupan los grandes titulares de la programación y, en cambio, con el paso de los años, serán los más valiosos por las experiencias vitales que logran documentar en primera persona sin que ningún miedo del día marque un fugaz paso que acaba pisoteando lo que realmente trasciende. Carles Mesa, en RNE, Mara Torres, en la Cadena SER o Diego Fortea en Onda Cero son maestros de la escucha que encuentra el matiz curtido que aporta al público. La experiencia profesional por encima de la consigna que ya nos sabemos. La experiencia vital que queda en el recuerdo por encima de la búsqueda de sesenta segundos que se viralizan tan rápido como se olvidan.
El miedo a la entrevista en pleno 'boom' de programas con entrevista
La entrevista periodística a fondo en la era de la inmediatez.






