Hace diez años, el Reino Unido estaba inmerso en una intensa campaña política ante el referéndum sobre su permanencia en la Unión Europea. Hacía ya tiempo que las formaciones populistas de derechas habían puesto en marcha una campaña xenófoba y racista acusando a la Unión de inundar el país de delincuentes y terroristas. Este fue el principal reclamo de los promotores del conocido como brexit, la salida del Reino Unido de la UE, que finalmente triunfó y llevó al país a separarse del proyecto común europeo.PublicidadUna de las diputadas que más enfrentó estos discursos de odio fue Jo Cox, representante laborista de la circunscripción de Batley & Spen, de 41 años y proveniente de una familia y un barrio de clase obrera. Cox se convirtió en el blanco de las campañas de los grupos de extrema derecha por su defensa de la diversidad y de las personas migrantes y refugiadas, hasta que un neonazi decidió acabar con su vida. Ver vídeo Jo Cox, la diputada asesinada y el odio racista del brexit.Miquel RamosEsta semana se cumplen diez años de aquel terrible crimen, y resulta tremendamente inquietante observar el transcurso de los acontecimientos desde entonces, con varios pogromos racistas recientes en Irlanda y Reino Unido, y el papel que han jugado una vez más, como en el brexit, las grandes compañías y los grandes magnates tecnológicos.La injerencia de una empresa llamada Cambridge Analytica en la campaña que hizo ganar al brexit el referéndum demostró la fragilidad democrática ante la recopilación y manipulación de datos por parte de compañías privadas. Esta consultora recopiló millones de perfiles psicológicos elaborados a través de las huellas digitales de los usuarios de Facebook para diseñar mensajes para cada uno de ellos que convencieran sobre el brexit. Un contubernio político y empresarial que entonces fue un escándalo, y que diez años después ha pasado a ser no solo habitual, sino uno de los principales retos que afrontan las democracias de nuestros tiempos.PublicidadEsta pasada semana vimos arder Belfast bajo el fuego de las turbas racistas que, estimuladas por sus propagandistas en redes sociales, se dedicaron a asaltar y quemar las casas de sus vecinos de origen migrante. El propietario de lo que fue Twitter, hoy llamado X, Elon Musk, lleva años siendo uno de los mayores promotores de los discursos de odio y de las extremas derechas en todo el planeta, y el Reino Unido es uno de sus principales focos. Sus mensajes de apoyo a agitadores racistas como Tommy Robinson (que se reunió con el padre de Musk unos días antes en Moscú), así como de discursos contra la inmigración, el islam o las personas musulmanas, es el pan de cada día en su cuenta de X, la que tiene más seguidores y mayor difusión en esta red social.El hombre más rico del mundo es el principal activo de las extremas derechas, un sociópata, un fascista, un narcisista borracho de poder e impunidad sin límites éticos ni morales, dispuesto a someter al planeta a sus caprichos y sus distopías antidemocráticas. Musk y otros tecno-oligarcas fascistas como Peter Thiel, de Palantir, una empresa de software y análisis de macrodatos -Big Data- e inteligencia artificial, son parte ya de gobiernos como el de Donald Trump y sus servicios son contratados sin pudor por gobiernos de todo signo, haciéndolos cada vez más ricos, más poderosos y más capaces de condicionar nuestras vidas.Aunque el asesinato de Jo Cox causó una enorme indignación, y se reivindicó su mensaje antirracista como una posición democrática irrenunciable ante el avance de las extremas derechas, diez años después, hasta sus propios compañeros de partido han traicionado su legado de una manera obscena y peligrosa. Una gran parte de la socialdemocracia abraza hoy los discursos y las políticas de las extremas derechas en materia de migración, no solo en el Reino Unido. La mayor victoria de las extremas derechas, más allá del patrocinio multimillonario de las grandes fortunas y su alianza con los tecno-oligarcas, es haber movido los márgenes mucho más a la derecha en diez años que en los últimos cincuenta.PublicidadDuele recordar las palabras de Cox enfrentándose a la extrema derecha y ver hoy a sus compañeros laboristas pidiendo más mano dura contra las personas migrantes. Duele ver cómo la Unión Europea sigue comprando cada vez más recetas de la ultraderecha como el Pacto sobre Migración y Asilo recién aprobado, mientras sus líderes borran las líneas rojas que durante décadas se marcaron para aislarla. Todo esto son síntomas de una caída en picado hacia un pozo sin fondo que el capitalismo lleva parejo como parte de su proceso de desintegración democrática. Todo forma parte de la normalidad de los nuevos tiempos, de una nueva era donde derechos y libertades, legalidad internacional y consensos humanitarios son lastres para que el neoliberalismo siga su curso.El brexit fue tan solo un ensayo que demostró cómo se podía dinamitar un acuerdo de tal magnitud como fue la integración europea y reconducir un país a capricho de las élites a través de la manipulación de datos y el uso de las redes sociales. Hoy, ese mismo plan se está ejecutando en todo el mundo, con esas mismas élites yendo ya de cara, sin eufemismos. El papel que están jugando las redes sociales en la promoción de la extrema derecha, de sus discursos de odio y su desinformación es más que evidente, pero lejos de perseguir penalmente a sus propietarios, los máximos responsables, se les sigue garantizando impunidad e incluso contratando sus servicios.La rendición de las democracias liberales a la nueva era neofascista lleva consigo un evidente giro autoritario. Un proceso que va avanzando cada vez más rápido dejando a su paso un rastro de inmundicia y cobardía política, la mayor traición de nuestros tiempos a los principios democráticos, a las libertades y los derechos que tanto costó conquistar. El nombre de Jo Cox es hoy también un recordatorio de la indecencia para quienes la traicionaron. Quienes entonces lloraron su muerte y hoy alimentan el odio que la mató, ya sea comprando esas mismas recetas o mirando hacia otro lado mientras los fuegos racistas prenden las casas de sus vecinos.