Nigel Farage ha demostrado este verano que la excusa de su éxito fue el Brexit. La verdadera razón, sin embargo, siempre estuvo en su habilidad para jalear los miedos xenófobos y racistas de gran parte de los británicos. Tras seis semanas de campaña por Inglaterra, en las que no ha dejado de esgrimir la imagen amenazante de los “hombres jóvenes” que llegan a las costas inglesas y aterrorizan a “madres e hijas” y ha alimentado disturbios y protestas en la calle, el político populista ha culminado su estrategia con la presentación, este martes, de un plan para deportar a cientos de miles de inmigrantes irregulares y desvincular al Reino Unido de las leyes internacionales de protección de derechos humanos.
“¿De qué lado estás?”, se ha preguntado retóricamente Farage durante la presentación de un plan que ha bautizado, con un toque tan melodramático como muchas de sus otras actuaciones, Operación restaurar la justicia. “¿Estás con las mujeres y niños que necesitan sentirse seguros en nuestras calles, o del lado de leyes internacionales trasnochadas como las que aplican una serie de jueces y tribunales sospechosos?”.
En el aeropuerto de Oxford, el lugar elegido para la puesta en escena, el líder populista volvía a mostrar su habilidad para atraer a las cámaras con un enorme y falso panel de vuelos a lugares como Irán, Irak, Afganistán, Somalia, Eritrea o Yemen. Países a los que estaría dispuesto a pagar, ha dicho, para que acepten a las personas deportadas —hombres, mujeres, niños—, incluso a riesgo de que puedan sufrir violencia o tortura.














