Un doble sentimiento, la rabia contra el poder establecido (el voto antisistema) después de una crisis económica devastadora, y el rechazo a los inmigrantes, alimentó el apoyo al Brexit, hace ahora una década. El 23 de junio de 2016, un 51,9% de los británicos eligió romper amarras con la Unión Europea, frente a un 48,1% que intentó desesperadamente permanecer en ese club.Diez años después, la ultraderecha más violenta incendia a menudo las calles del Reino Unido y se concentra frente a las casas y hoteles que acogen a inmigrantes irregulares y solicitantes de asilo, en muchas ocasiones con la intención de prenderles fuego. Y el país se dispone, con toda probabilidad, a presenciar cómo entra en Downing Street el séptimo primer ministro desde que el Brexit comenzó a formar parte de sus vidas.“¿Ingobernable? Yo no diría que el Reino Unido es ingobernable desde entonces. Pero sí necesitamos cuanto antes un cierto grado de estabilidad. Todo esto ha sido causado por dos cosas. Una de ellas es común con todos los países de Europa y la otra nos corresponde a nosotros en exclusiva”, intenta resumir Paul Sinclair, exasesor de anteriores gobiernos laboristas, en un encuentro con corresponsales extranjeros. “En primer lugar, ningún país ha logrado prosperar desde la crisis financiera de 2008, y eso ha provocado inestabilidad y el ascenso de la derecha. Y en nuestro caso, hemos sido incapaces de elegir a alguien que haya intentado gobernar, impulsar un proyecto como lo hicieron Margaret Thatcher o Tony Blair”, señala.Diez años que se podrían dividir en tres fases. Una primera, de casi un lustro, en la que los gobiernos conservadores intentaron negociar con Bruselas las condiciones de un Brexit que nunca se pararon antes a pensar o diseñar. El documental emitido recientemente por la BBC, Brexit: A Very British Civil War (Brexit: una guerra civil muy británica), concluye con Boris Johnson, con su habitual pelo alborotado pero esta vez con gesto de hastío y resignación, diciendo, después de un suspiro: “No teníamos un plan para lo que había que hacer a continuación. No pensamos que fuera nuestro trabajo tener ese plan”.Una segunda fase, camuflada por la pandemia, en la que Downing Street quiso enterrar bajo la alfombra el asunto, darlo por zanjado, relegarlo al pasado, para evitar cualquier culpa ante una economía que no despegaba y unas condiciones de vida cada vez peores. Fueron los días de las fiestas prohibidas en la residencia del Gobierno, durante el confinamiento, que acabaron con la carrera de Johnson.“El gran motor del voto del Brexit fue la promesa de que mejoraría el nivel de vida, o de que habría más dinero para reforzar la sanidad pública. Era una promesa implícita: el Reino Unido se podría gobernar mejor por sí mismo si abandonaba la UE. Si ahora vemos cómo el debate se reabre, diez años después, es porque ha quedado claro que el Brexit no ha traído consigo ninguno de esos beneficios prometidos”, señala Jill Rutter, investigadora principal del centro de pensamiento Institute for Government, que lleva todo este tiempo analizando las consecuencias del divorcio de la UE.Y una tercera fase, bajo el Gobierno laborista de Keir Starmer, en la que se ha querido intentar el malabarismo casi imposible de regresar a Europa, pero sin resucitar un debate que polarizó de manera agria al país. Ha habido más buenas palabras que hechos concretos. Londres y Bruselas han firmado un nuevo tratado bilateral para reiniciar (reset, lo llama Downing Street) sus relaciones, pero lo alcanzado hasta ahora es modesto: el anuncio de la vuelta al programa de intercambio universitario Erasmus, la promesa de una movilidad limitada para los jóvenes y un levantamiento de los controles sanitarios y fitosanitarios de mercancías perecederas.La tentación económicaStarmer y su ministra de Economía, Rachel Reeves, saben que el Brexit ha sido y es un lastre para su promesa de crecimiento económico. Si la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria pronosticó en su día un descenso del PIB del 4% por la salida de la UE, Reeves lo elevaba recientemente al 8%.La encuesta de encuestas que elabora regularmente el National Centre for Social Research (Centro Nacional para la Investigación Social) señala que un 59% de los británicos desearía estar dentro de la UE, frente a un 41% que prefiere seguir estando fuera. Pero es un dato muy relativo, depende mucho de cómo se haga la pregunta. Por ejemplo, también un 59% de ciudadanos, según el último sondeo de YouGov realizado a principios de este mes, apoya un mayor acercamiento a Bruselas, siempre que no se regrese al mercado único o al espacio aduanero común, y mucho menos a una reincorporación a la Unión.“El Reino Unido se las ha arreglado para colocarse en una situación en la que cualquier alternativa posible es dolorosa. No hay nada fácil cuando se trata del Brexit. O nos quedamos como estamos y aceptamos los importantes costes económicos que eso supone, o buscamos una nueva relación con la UE que aminore esos costes pero suponga un sacrificio. Ya sea por la pérdida de gran cantidad de autonomía, si optamos por reincorporarnos de nuevo al mercado único; ya sea por la posibilidad de afrontar otra vez un difícil debate político que puede durar una década si optamos por el reingreso en la Unión”, resume Anand Menon, director de la organización y centro de análisis UK in a Changing Europe.Hacia el próximo primer ministroEn apenas dos años, la popularidad de Starmer se ha desplomado. El hasta ahora alcalde de Mánchester, Andy Burnham, el político laborista más popular según las encuestas, y la única esperanza, según sus compañeros de partido, de frenar a la ultraderecha, acaba de ganar este jueves la elección parcial del distrito de Makerfield, que le permitirá obtener el escaño de esa circunscripción y ser diputado, condición imprescindible para presentarse a unas primarias y lograr reemplazar al primer ministro.Burnham nunca ha disimulado su sentimiento contrario al Brexit. En una entrevista con EL PAÍS, hace ahora poco más de dos años, confiaba en que sus nietos “volvieran a meter al Reino Unido en la UE”. Pero durante las últimas semanas, cuando hacía campaña en una zona del noroeste de Inglaterra que votó en 2016 abrumadoramente a favor de romper con Bruselas, optó por ignorar por completo el asunto, para evitar una fuga de votos.“Nuestra política se divide hoy básicamente en dos bloques. Por una parte, el bando de los que defendían la permanencia en la UE, que hoy lo componen el Partido Laborista, los Verdes y las formaciones nacionalistas de Escocia y Gales; y el bando que respalda el Brexit, que son básicamente el Partido Conservador y Reform UK de Nigel Farage. Cualquier movimiento de trasvase se produce siempre dentro de cada bloque. Así que el Brexit, aunque no se mencione exactamente, sigue estructurando el voto de este país”, resume Menon.