El otro día quedé con un amigo porque tenía algo importante que contarme. A mi edad, las noticias que se anuncian con quedada y preaviso suelen implicar embarazos, bodas o divorcios. Él ya había hecho el check en las dos primeras casillas, así que me preparé para lo peor. El alivio me duró poco tiempo: se mudaba. Se iba fuera de Madrid, a una ciudad más amable y barata. El golpe no fue tanto la noticia, sino la frase que usó para suavizarla. “Tampoco nos vemos tanto”, me dijo. “En realidad, ni lo vas a notar”. No había reproche en sus palabras, no era una forma de imputar mi ausencia. Simplemente la señaló. Si había un elefante en la habitación, él decidió enfundarse el traje de domador y sentarlo sobre un taburete. Casi me dieron ganas de aplaudir.Una de las mejores cosas de haber nacido en Madrid es que no hubo una diáspora de amigos de la infancia. No había una universidad o un trabajo mejores ahí fuera; había que currarse un poco más las excusas para la huida. Esto me permitió tener un grupo primigenio al que volver. Un refugio. No perdí el contacto con la gente que conocí en la infancia, para quienes mi identidad tiene un contexto; mi carácter, un porqué. Cuando te vas, puedes reinventarte y fingirte otro y soñar la posibilidad de otras vidas. Pero cuando te quedas, sigues siendo tú. Puedes cambiar, pero otros te recordarán que has cambiado. Puedes fliparte y decir que tienes una columnita en EL PAÍS, pero ellos te recordarán más por tus artículos horribles y llenos de faltas en el periódico del cole. No hay ruptura, sino evolución. Esto puede llegar a ser asfixiante, aunque creo que tiene un lado bonito.Pero con el paso del tiempo he entendido que da igual que no te vayas. crecer es una forma de destierro. A veces no es no es la distancia, sino la cercanía lo que nos separa. Nos conocimos cuando el futuro estaba hecho de promesas y todo era horizonte. Pero con los años la vida se empezó a concretar de modos inesperados. Se cumplieron unos pocos sueños y unas cuantas pesadillas. Y al llegar al horizonte de tantas cosas, nos dimos cuenta de que solo teníamos en común el camino recorrido.Así nuestra amistad empezó a conjugarse en pasado. La conversación se llenó de anécdotas ya vividas y no se fabricaron otras nuevas. Y nos convertimos en esos amigos que repiten que da igual que no se vean porque cuando lo hacen es como si no hubiera pasado el tiempo. Pero el tiempo pasa. Y ciertas manías que antes nos parecían simpáticas, empiezan a molestarnos cada vez más. Es imposible no notarlas, son en el guisante bajo los 20 colchones de la princesa. Y las quedadas se espacian y siempre terminan con un “tenemos que vernos más”. Hasta que al final dejamos de vernos más. No sé cuándo llegó el momento de ruptura. Se fue abriendo una brecha, un desencanto. Igual dejamos de ser amigos hace tiempo, pero se le olvidó comentármelo. Y yo aquí, ejerciendo de funcionario de la amistad, felicitando cumpleaños, mandando memes y proponiendo quedar a un desconocido.Con las relaciones de pareja, las cosas son más nítidas y rotundas. La muerte o el divorcio nos separan y tienes que andar muy despistado para no darte cuenta del final. Pero la amistad es una relación que se establece en las sutilezas, convive en paralelo con muchas otras y a veces se intensifica o se difumina sin ser tú muy consciente de ello. Nadie, salvo los párvulos, te informa de que eres su amigo o de que has dejado de serlo. Normalmente, un amigo no te deja, no rompe, simplemente se va alejando hasta que un día te das cuenta de que ya no está. Así, algunas amistades van languideciendo entre silencios y ausencias. No estallan, sino que se difuminan hasta desaparecer. Y te dejan con una sonrisa y el retrogusto (dulce o amargo) de algo que ya fue. El recuerdo de los buenos momentos. La resaca de una amistad.
La resaca de una amistad
A veces no es la distancia, sino la cercanía lo que nos separa. Hay amigos que haces cuando todo es horizonte. Pero al llegar ahí te das cuenta de que solo tienes en común el camino recorrido






