11/07/2026 a las 19:30h.
«Tenemos que vernos». He aquí la frase más melancólica de nuestra época convulsa. Nadie miente cuando la pronuncia, pero nadie la cumple, o casi nadie, porque vernos no nos vemos nunca. Quiero decir que se ha inventado un rango nuevo de la amistad, mayormente ... en las ciudades grandes, eléctricas y adversas, como Madrid. Hablo de una amistad donde la cita está siempre pendiente, donde la amistad es la víspera de la amistad. En el calendario moderno, todo es más urgente que el afecto. Y así prosperan los amigos de los años bisiestos, y no porque estos amigos se encuentren cada cuatro años sino porque la vida concede sólo encuentros esporádicos, espaciados, escasos o escasísimos. Los amigos ya no pertenecen a nuestra rutina sino a la estructura de la amistad, que ahí está sostenida antes por la ausencia que por el trato. Y, sin embargo, cuando por fin llega el encuentro insólito, sucede el milagro. Resulta que no hay necesidad de resumir los meses perdidos, porque la conversación no reanuda un hilo, en rigor, porque nunca llegó ese hilo a romperse. Hay personas con las que hablamos todos los días, bajo cháchara de espuma, y otras personas hay que desaparecen durante meses para regresar directamente al lugar donde habíamos dejado el alma a media conversación. Son los amigos de siempre, que igual ya son los amigos perdidos. Tampoco conviene engañarse. Hay algo inquietante en una sociedad que obliga a reservar con semanas de antelación una comida con un amigo de toda la vida. Organizamos reuniones con desconocidos de medio mundo y, en cambio, se convierte en una gloria imposible la cita de una tarde con quienes han acompañado nuestra vida. He aquí la penuria profunda y la tragedia completa de nuestro nocivo tiempo líquido. Hemos dejado que el tiempo deje de pertenecernos. Nuestros amigos en vigor son ya nuestros amigos recordados. Va resultando normal verse más veces con el repartidor de Amazon que con aquel amigo con quien compartimos horarios profundos de funeral o divorcio. Las derrotas peores llegan silenciosas. Empiezan el día en que decimos «tenemos que vernos» y terminan cuando, de pronto, repetimos la irremediable frase letal: «Qué pena no habernos visto más».








