La guerra de los Cien Días ha terminado. Este viernes se firmará en Ginebra —si es que se llega a firmar, con Donald Trump nunca se sabe— un memorándum de alto el fuego entre Washington y Teherán, vigente hasta una paz definitiva. Y si es verdad el texto del acuerdo de 14 puntos, entonces el balance de cien días de bombardeos está claro: Irán ha ganado la guerra. Estados Unidos la ha perdido. No es un empate. Un empate sería volver al statu quo de antes de febrero: un estrecho de Ormuz abierto a la navegación internacional, sin restricciones ni peligros, rodeado por un incómodo balance de amenazas, discursos y sanciones destinado a mantener bajo presión el programa nuclear iraní. Es como terminó la Guerra de los 12 días en junio de 2025: Trump proclamó una victoria completa, y nada más cambió. Eso fue un empate. Esta vez es distinto. Se volverá a abrir Ormuz, sí, de inmediato y de forma definitiva, lo proclaman los puntos 4 y 5 del acuerdo. Y aún habrá que darles las gracias si no empiezan a cobrar peaje. Pero la cosa no se queda ahí. Si realmente se aplican los puntos del acuerdo —insistimos: no lo sabemos— se pone fin a 30 años de guerra semifría, una guerra que empezó en 1995 con la imposición de sanciones duras, tanto contra la industria del petróleo iraní como contra el comercio bilateral, por parte de Bill Clinton. Lo dice el punto 7 del acuerdo: "Estados Unidos se compromete a poner fin, dentro de un calendario que se consensuará como parte del acuerdo definitivo, a todas las sanciones que afronta la República Islámica de Irán en estos momentos, incluidas las resoluciones de las Naciones Unidas y del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), y todas las sanciones unilaterales estadounidenses, tanto primarias como secundarias". TE PUEDE INTERESAR Sí, hemos leído bien: todas las sanciones. Las que impuso Clinton, las que impuso George W. Bush y las que impuso Barack Obama, antes de que cambiara de rumbo y firmara en 2015 el pacto nuclear, que preveía una tímida y paulatina reducción de las restricciones. Ese pacto que Donald Trump calificó de "peor acuerdo de la historia" y del que se retiró en su primer mandato en 2018. Ahora, el mismo Trump firma levantar todas las sanciones, a cambio de.... ¿de qué exactamente? ¿Qué le ofrece Irán a cambio? Una promesa: "La República Islámica de Irán reitera que nunca fabricará armas nucleares". "Reitera" es una palabra muy correcta, porque eso lo ha dicho Teherán siempre; que no tiene intención de hacerse con una bomba atómica. Lo malo es que el resto del mundo no se lo ha creído. ¿Qué ha cambiado para que a Trump le baste de repente la promesa? La respuesta es sencilla: ha perdido una guerra. TE PUEDE INTERESAR Quedan flecos sueltos: "El destino del material enriquecido y todos los demás asuntos nucleares consensuados, incluida la necesidad de material nuclear por parte de Irán, se especificarán en el acuerdo final". Hasta ese acuerdo final, tampoco se levantarán las sanciones, pero también Teherán mantendrá el material nuclear como ahora. Para este viaje no hacían falta alforjas ni portaaviones. Bastaba con recuperar el acuerdo de Obama, podríamos decir. Pero no solo salta a la vista que el texto especifica las obligaciones de un bando, Washington, y deja para una difusa negociación futura las del otro, Teherán, sino que el artículo 10 va más allá. "Inmediatamente después de firmarse este memorándum, y hasta que se levanten las sanciones, Estados Unidos emitirá permisos para exportaciones de crudo iraní, productos petroquímicos y derivados, junto con todos sus servicios relacionados de bancos, seguros, transportes y similares". Esto es una ganancia neta de Teherán frente al statu quo anterior. Y la cosa no termina ahí. "Mientras progresen las negociaciones hacia el acuerdo final, Estados Unidos se compromete a liberar y poner a disposición de Irán los fondos y capitales de Irán congelados o restringidos", asegura el artículo 11. Será el Banco Central de Irán el que decida qué hacer con los fondos, precisa, y Washington se compromete a emitir todos los permisos necesarios. Y estos dos artículos, el 10 y el 11, así lo subraya el punto 13, son requisitos para negociar el acuerdo final, al igual que los 4 y 5 referidos a la reapertura de Ormuz. Lo que se negociará es el resto. Lo del uranio. El dinero ya es para Teherán. EEUU pagará "compensaciones" a Irán Y más dinero: "Estados Unidos se compromete a crear, junto a sus socios en la región, un plan consensuado para la rehabilitación y el desarrollo económico de Irán, garantizando una financiación de al menos 300.000 millones de dólares. El mecanismo de implementación de este plan, como parte del acuerdo final, se formulará en los próximos 60 días". Cuando, al concluir un conflicto, un país paga compensaciones al otro, está claro quién ha ganado y quién ha perdido la guerra. Esto no tiene vuelta de hoja. Trump ha negado de inmediato que lo de los 300.000 millones sea verdad. "No vamos a invertir nada", dijo, pero a estas alturas, cualquier filtración es más creíble que una declaración de Trump. Claro, no parece probable que esos 300.000 millones salgan de las arcas públicas estadounidenses, porque para eso tendrían que pasar por el Congreso, y ahí duele. Tampoco saldrán del bolsillo personal de Trump. Como empresario, a Trump no le importará firmar una letra de pago que no tiene que ver con él. Al final se ocupará un futuro presidente de Estados Unidos, un futuro Congreso. No es verosímil que Irán desencadene otra guerra por un impago, y sobre todo es muy verosímil que los países del Golfo pongan la pasta en silencio con tal de evitar un solo día de tensión alrededor de sus tan rentables paraísos financieros y hoteleros. TE PUEDE INTERESAR Lo de menos es aquí si Teherán realmente llega a cobrar la cantidad mencionada. El hecho de que el memorándum recoja una cifra precisa que un país pagará a otro para poner fin a la guerra es altamente simbólico. Hay mucho que retroceder en la historia para encontrar un conflicto en el que Estados Unidos se tuvo que comprometer a pagar para hacer las paces, ¿quizás hasta la primera guerra de Berbería de 1805, en Tripolitania, hoy Libia? Lo que Estados Unidos ya ha pagado es otra suma, 113.000 millones de dólares en 108 días, el presupuesto anual de la ciudad de Nueva York, calcula una web estadounidense, unos 1.200 millones al día, dicen otros, siempre basándose en las cifras oficiales del Pentágono. Esto es solo los costes directos, el dinero gastado en carburante y munición que paga el contribuyente. De los indirectos ni hablamos. Pero preguntarse a dónde, a qué bolsillos ha ido todo este dinero, queda para una reflexión que los votantes deberán hacer en las próximas elecciones. Más acuciantes son otras elecciones, las que Israel debe celebrar entre agosto y octubre próximos. A Benjamín Netanyahu le vendrá fatal presentarse como perdedor de una guerra que él mismo ha instigado mil veces, que ha descrito, con gráficos de bomba marca Acme por medio, como imprescindible ante la ONU. Por supuesto, Netanyahu siempre sabía que una guerra contra Irán no se puede ganar, pero el objetivo de Israel no es ganar las guerras que desencadena, es mantenerlas vivas. Porque toda la estructura social y política de Israel es sostenible únicamente en un estado de guerra continua, con un enemigo común frente al que mantenerse unido y que sirva de pretexto para no definir nunca las fronteras del país. La paz sería el fin de Israel en su forma actual. Un pacto sin Israel Que Netanyahu hará lo posible para sabotear el acuerdo de Trump con Irán es una obviedad. Él mismo se ha apresurado a decir que el pacto no vincula a Israel. Por mucho que el punto 1 diga que la guerra debe terminar "de forma inmediata y permanente en todos los frentes, incluido el Líbano". La pregunta no es si quiere sabotear el acuerdo sino si puede. Podrá seguir bombardeando el Líbano; es prácticamente seguro que lo hará. Trump se enfadará mucho y le dirá de todo menos bonito por teléfono. Incluso permitirá, como ya ha hecho, que ese cabreo salga a la prensa y que todo el mundo sepa lo insoportable que le parece Netanyahu. Y ahí se quedará la cosa. ¿Forzar a Netanyahu a cumplir con una palabra de orden? ¿Amenazarlo con bloquear los generosos fondos que recibe Israel, según algunos cálculos, 2.900 millones de dólares en los primeros 60 días de la guerra solo para munición e interceptores? No, a tanto no se ha atrevido ningún presidente estadounidense, y por imprevisible que sea Trump, por errático y veleidoso que sea, a eso no se atreverá siquiera él. Y Netanyahu lo sabe. En realidad, la derrota estadounidense contra Irán no perjudica tanto a Netanyahu, porque no beneficia tampoco a sus rivales: todos ellos adoptaron la misma postura, dándole al tambor de guerra como si no hubiera un mañana. Nadie le puede echar en cara haberse lanzado a una aventura imprudente y estúpida: lo que intentarán es acusarlo de cobardica por no continuarla. Así que Netanyahu seguirá bombardeando el Líbano con la excusa de defenderse contra Hezbolá, provocando más sangre, en la esperanza de que Irán rompa el memorándum y reanude una guerra a la que él se agarrará como a un salvavidas. TE PUEDE INTERESAR Puede ocurrir; eso también depende de la actitud que adopte Trump, pero es también posible que Teherán no entre al trapo, o solo lance algún misil de represalia simbólica, evitando mayores daños, con aviso previo a través de canales diplomáticos, como ya ha hecho antes, algo con lo que Trump podrá convivir. Según cómo se desarrollen las negociaciones en los próximos 60 días, prorrogables según el propio memorándum, puede optar incluso por ir sacrificando —de forma paulatina y por lo bajini— a Hezbolá, su caballo en el avanzado escaque de Libano. Porque si se hace realidad lo delineado en los 14 puntos del memorándum, Hezbolá ya no le hará falta, no al menos como milicia armada que mantenga un conflicto interno en Líbano. Si Trump no echa marcha atrás, Irán se convertirá en un gran socio comercial de Estados Unidos, una potencia regional ya no contra, sino con el respaldo de Washington y, por supuesto, con el de Europa, que nunca ha querido las sanciones y está encantada de recuperar relaciones. En ese caso, cuanto menos guerrilla haya en la región, mejor para un dominio político basado en el movimiento del petróleo y otros bienes. Haz el negocio y no la guerra, ese ha sido siempre el lema de los empresarios, y en este punto se encontrarán los iraníes con los libaneses. Esto es, con los empresarios libaneses —en Líbano, todos los políticos son empresarios— que nunca han soportado a Hezbolá. Esto es un factor no tanto de la guerra como del simple tiempo transcurrido: la generación que hoy manda en Teherán ya no es la de los revolucionarios de primera hora de 1979, decididos a hacer Irán islámico again, núcleo de un levantamiento mundial de inspiración divina. No son los 'Lenins de la Revolución', son 'los Stalins'. Son estadistas pragmáticos y su objetivo no es la islamización del mundo, sino mantener el poder en Irán. Ni Yemen ni Líbano les interesarán como peones si creen que pueden conseguir sus objetivos por otras vías. Un régimen más fuerte y afianzado Este es el resultado de la guerra de cien días de Donald Trump: una República Islámica de Irán más fuerte que nunca, una potencia regional ya no solo militar, sino también económica, y un régimen más afianzado que nunca. Pienso con pena en mi amiga iraní exiliada que en marzo aún creía, confiando más en la palabra de Netanyahu que en la de Trump, que la guerra podía ayudar a derrocar a los ayatolás. Ocurrió lo contrario. Era de prever. Lo prevíamos todos. Lo preveía hasta Reza Pahlavi, el hijo del sha, antes de dejarse comprar por Israel y aplaudir la guerra. Ahora denuncia el pacto de Trump como inmoral, porque legitima a un régimen represivo que ha masacrado a decenas de miles de sus propios ciudadanos hace menos de medio año. ¡Pues claro que es inmoral! Solo que no hay más remedio. Son las cosas que pasan cuando un personaje (igualmente inmoral, instigado por otro personaje, aún más inmoral, que durante dos años ha masacrado a cientos de miles de palestinos) hace una guerra y la pierde. Hoy, a los ciudadanos iraníes solo les queda esperar que un giro radical del rol de Irán en el mundo, pasando de ser un país bajo ataques y sanciones a socio comercial cortejado, vaya extendiendo el pragmatismo de sus dirigentes en política exterior también hacia el tratamiento de su propia ciudadanía. Es mucho más fácil ser una nación próspera, comerciante y potente si se eliminan las estúpidas normas de segregación sexual inventadas por barbudos imanes hace casi cincuenta años. Es un camino que Irán emprenderá algún día. Podría haberlo emprendido hace tiempo, si Trump no hubiese cancelado el acuerdo de 2015. Para ese viaje tampoco hacían falta misiles.