El acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, mediado por Pakistán, se denomina oficialmente «Memorando de Entendimiento de Islamabad entre los Estados Unidos de América y la República Islámica de Irán». Fue firmado el 17 de junio de 2026 por los presidentes Donald Trump y Masoud Pezeshkian y consta de catorce puntos que establecen el cese inmediato de las hostilidades, la reapertura del Estrecho de Ormuz y compromisos relativos al programa nuclear iraní. Con ese marco, no resulta novedoso que resurja la pregunta rutinaria acerca de quién resultó ganador. El interrogante evoca la parábola de Albert Einstein sobre los limpiadores de chimeneas. El físico preguntó a sus alumnos: «Dos trabajadores entran a limpiar una chimenea; uno sale con la cara sucia y el otro con la cara limpia. ¿Quién se lavará la cara?». Alguien respondió, de manera intuitiva y superficial, que «el de la cara sucia». Einstein replicó que no: fue el de la cara limpia, porque vio al otro, pensó que estaba igual y decidió lavarse. El alumno aceptó la lógica. Donald Trump declaró en múltiples ocasiones, consistentes con su estilo retórico, que Estados Unidos había ganado la guerra contra Irán, incluso mientras continuaban las operaciones o las negociaciones. El 24 de marzo afirmó que «la guerra en Irán ha sido ganada». En abril, tras un alto el fuego temporal, habló de una «victoria total y completa»; en mayo insistió en que «ya hemos ganado», pero añadió que quería una victoria «por un margen mayor». Al firmar el Memorando de Entendimiento, celebró el acuerdo como un logro de «paz a través de la fuerza» y una victoria estadounidense. Se registran al menos de cinco a siete menciones explícitas en eventos públicos clave, además de referencias indirectas en redes. La anécdota de Einstein no termina con el endoso de su alumno a la corrección de la primera respuesta; le dijo que tampoco era correcto que se lavara la cara el que la tenía limpia, y le preguntó el por qué. Cautivados —seguramente— por la caballerosidad de Trump (quien dijo de Giorgia Meloni que «me rogó» y «me dio pena»), o por la persistencia de su estilo acosador («que se ponga las pilas», al papa León XIV), algunos analistas coincidieron en que Estados Unidos había sido el triunfador. El Memorando de Islamabad obligó a Irán a reabrir el Estrecho de Ormuz —objetivo estratégico clave para la seguridad energética global— y a diluir su stock de uranio altamente enriquecido, al tiempo que se comprometía a no desarrollar ni adquirir armas nucleares en el marco de negociaciones abiertas por 60 días. Las concesiones se produjeron desde una posición de debilidad iraní, tras la pérdida de su líder histórico, la destrucción de parte de su arsenal de misiles balísticos y el colapso de su capacidad disuasiva naval. En términos de objetivos de guerra, y frente a la alternativa de una confrontación indefinida, Estados Unidos logró la decapitación del liderazgo rival, la degradación militar del régimen, la contención nuclear y la seguridad del flujo energético, todo ello a un coste humano y material controlado. Evitó así una guerra prolongada de ocupación, redujo su huella militar regional y reafirmó su rol como garante del orden energético internacional.Como diría Einstein —según se cuenta—, no basta con que quien tenía la cara limpia se la lavara: resulta ilógico que dos hombres entraran en la misma chimenea y que uno saliera limpio y el otro sucio.