Pocos presidentes en ejercicio tienen tanta experiencia y tantas cumbres a la espalda como Luiz Inácio Lula da Silva, que a los 80 va por su tercer mandato. “Yo nunca fui un izquierdista, yo era un líder sindical”, ha confesado este miércoles Lula en un corrillo del G-7, en Francia. Esas palabras, captadas por un micrófono abierto, eran parte de una conversación privada con la jefa del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, y el canciller, Friedrich Merz, con los que charlaba en la cumbre de las economías más desarrolladas del planeta e invitados, como Brasil. Lula, fundador del Partido de los Trabajadores, se prepara para disputar las elecciones en octubre.Lula se refería a la situación política en general, hablando en portugués, con traductor, ante Georgieva y Merz, cuando entra en el plano personal: “El mundo no es de izquierdas, es del camino de en medio. Esa es la verdad”, les dice. Y sigue: “Nunca fui un izquierdista; fui un líder sindical”. Recuerda entonces los setenta, las relaciones internacionales en sus tiempos de líder de los obreros brasileños: “Tenía una sólida relación con el sindicalismo alemán, con el sindicalismo italiano y con la UGT en España”.Lula y su equipo suelen preferir la etiqueta de socialdemócrata. Líder indiscutible de la izquierda brasileña, nunca ha sido un radical, es un camaleón, muy pragmático, un negociador nato. En este G-7, otros líderes han sido víctimas de la indiscreción de un micro abierto. Los presidentes Lula y Trump han coincidido en la cumbre, pero no se han reunido aunque el brasileño le ha entregado unos documentos para demostrar que la amenaza de nuevos aranceles es injusta. Después de que el estadounidense dijera, a preguntas de la prensa, que “Brasil se ha convertido en un país políticamente peligroso”, Lula le ha replicado: “Por mí le pueden seguir gustando los Bolsonaro, el padre, el hijo, el nieto, no hay ningún problema. Pero que no se meta en las elecciones de Brasil, porque son problema de Brasil”.Al republicano, que acaba de cumplir 80 años, le ha pasado en la cumbre de Évian-les-Bains lo que a muchos fuera de Brasil. Se ha hecho un lío al referirse a los hijos de Bolsonaro. Ha confundido a Eduardo, recién condenado y residente en Texas, con Flávio, que es precandidato a las presidenciales.La declaración de Lula negando que sea “un izquierdista” trasciende en un momento en que la izquierda retrocede en el mundo. En América Latina es evidente. El domingo, los colombianos eligen presidente. Si el pronóstico de las encuestas se cumple, ganará Abelardo de la Espriella, exponente de la ultraderecha antisistema, frente al heredero político de Petro.Si ese cambio se materializa, profundizará el giro regional a la derecha, sea en su forma extrema o clásica. La soledad de los presidentes Lula, Claudia Sheinbaum, de México, y Yamandú Orsi, de Uruguay, se verá agravada. Los brasileños dirán en octubre si conceden un cuarto mandato a Lula o dan un segundo al clan Bolsonaro. Ese es el duelo más probable. El mandatario disfruta de una ligera ventaja. Pero Colombia es el ejemplo de cómo fallan los sondeos o lo rápido que puede cambiar el humor del electorado. El izquierdista Iván Cepeda perdió la primera vuelta por casi tres puntos tras encabezar durante muchos meses los sondeos.