17 de junio, 2026 - 07h30“El mundo unido por un balón”. Ese era el coro de la canción oficial del Mundial México 86, el inolvidable mundial que consagró al Diego, el más grande de todos los tiempos junto con el Rey Pelé. No se trata de una simple melodía, sino de una verdad que se repite cada cuatro años con una puntualidad que ningún reloj suizo podría envidiar.Por 40 días el mundo se paraliza. No es una exageración periodística ni una licencia poética. Es un hecho contrastable y medible; casi científico. Las bolsas de valores pierden atención frente a los marcadores de los partidos; los análisis geopolíticos ceden espacio a las alineaciones. Y los noticiarios, por una vez, abren con algo que no sea una tragedia.Las guerras se olvidan. Los rivales políticos, ideológicos y religiosos hacen una pausa para alentar al equipo de su país o al país que admiran. Sí, lo sé: el mundo no se cura en 40 días y los conflictos no desaparecen por decreto de la FIFA. Pero algo ocurre. Algo real e inexplicable que los sociólogos intentan analizar y que los estadios simplemente demuestran. Un hincha iraní abraza a un estadounidense, celebrando el gol de un tercero. Un argentino y un inglés, herederos de una herida que el tiempo no termina de cerrar, se fotografían juntos con las camisetas de sus selecciones.En el mundial las naciones, los continentes se encuentran en torno a una pasión. África lleva su ritmo y su color, sus ritos y su hambre de gloria. América Latina, su garra y su delirio colectivo, la samba y batucada, los mariachis y la cumbia. Europa, su táctica y su tradición centenaria. Asia y Oceanía, su cultura milenaria, su disciplina y su incuestionable progreso. Y todos conviven en estadios que se convierten en templos donde se reza el mismo credo: que gane el mejor, que el fútbol sea hermoso, que el mundo dure un poco más unido. Y que explota al son de un grito universal: ¡gol! Porque, parafraseando al actor Guillermo Francella en su épico personaje de Pablo Sandoval, en la película El secreto de sus ojos –esa obra maestra del cineasta argentino Juan José Campanella y ganadora del premio Óscar a mejor filme extranjero–, una persona puede cambiar todo en su vida… pero no de pasión. Y esa verdad tan simple como profunda y demoledora, aplica también a los pueblos. Los países cambian de gobierno, de fronteras, de moneda y hasta de nombre, pero no cambian su pasión por el fútbol. Eso no se negocia, no se cambia ni se consulta en referéndum.Al barrio, al potrero, a las favelas y a los suburbios les puede faltar todo, menos una pelota y niños y jóvenes corriendo detrás de ella. El mundial no es solo un torneo; es el mayor espectáculo de la humanidad: imperfecta, contradictoria, apasionada e irreductiblemente esperanzadora. Es la prueba de que, cuando queremos, somos capaces de sentarnos juntos aunque sea por solo 90 minutos. Que el problema no está en sus pueblos sino en quienes teniendo los recursos para guiarlos, los oprimen. ¡Que viva el fútbol!¡Que viva la humanidad! (O)
Pedro X. Valverde Rivera: El mundo está de fiesta | Columnistas | Opinión
Y todos conviven en estadios que se convierten en templos donde se reza el mismo credo: que gane el mejor...














