Los mundiales suelen funcionar como una fotografía emocional de cada época, una instantánea capaz de capturar estados de ánimo, expectativas, temores y aspiraciones de nuestra sociedad. Con el paso de los años, muchas veces recordamos tanto el contexto histórico que rodeó a cada torneo como los partidos mismos. México 1986 quedó asociado para siempre a la recuperación democrática, a las heridas todavía abiertas de la Guerra de Malvinas y al célebre gol de Diego Maradona a Inglaterra, que millones de argentinos vivieron como una forma de reparación simbólica frente a una derrota que todavía dolía. Francia 1998 coincidió con el auge de la globalización y el optimismo de los años noventa; Sudáfrica 2010 acompañó el ciclo de expansión económica de América Latina; Rusia 2018 encontró a la Argentina en medio de las fuertes dificultades del gobierno de Mauricio Macri; y Qatar 2022 se convirtió en la gran celebración colectiva de una sociedad que intentaba dejar atrás el trauma de la pandemia. Los mundiales no solo muestran cómo juegan los equipos: también revelan quiénes somos, qué soñamos y qué conflictos atraviesan a una comunidad en cada momento histórico. En estos cuatro años desde Qatar 2022 cambiaron muchas cosas. Cambió el Gobierno, pero también cambiaron las formas en que los argentinos se relacionan con la información, con la autoridad, con las instituciones y entre sí. Pero permanece esa necesidad de encontrar espacios de identidad compartida, como el fútbol, en una sociedad cada vez más fragmentada.