El mundo no es un pañuelo. Sucede que nuestro pequeño mundo puede, con frecuencia, parecérnoslo. Pero el universo no es nuestro mundo. Es un lugar de posibilidades. Basta fijarse en cómo las palabras nos delatan para comprender que no todos observamos desde el mismo ángulo. Elegimos decir escapada o adulterio, nepotismo o conexiones. El nombre “protestante” fue elegido por los protestantes. Pero el apelativo “hereje” fue, en cambio, decidido por los católicos. No queremos saber. Buscamos tener razón. Y sin intención de saber estamos condenados a repetir lo ocurrido. Schopenhauer dejó inacabado El arte de tener razón expuesto en 38 estratagemas. Dionisio Garzón explica, en el prólogo de la edición de la editorial Edaf, que no lo acabó desalentado ante los sinuosos ardides de los que se sirve la naturaleza humana para enmascarar sus defectos. “La limitación y la incapacidad hermanados con la terquedad, la altivez y la falta de probidad” llegaron a producirle náuseas al filósofo alemán. Toda escritura está atrapada entre adjetivos y tiempos verbales. Pero la vida, que como el mundo no cabe en un pañuelo, se escurre. Richard Flanagan lo plantea en La pregunta 7 (Libros del Asteroide): lo que ocurrió sigue ocurriendo. Jugando con las palabras, señala que “en Oxford, la mediocridad era una virtud que recibía el nombre de tradición”. También que en la peligrosa cercanía entre la vida y la muerte los nombres hablan. El coronel Paul Tibbets le puso al bombardero B-29 —que dejó caer sobre Hiroshima las dos primeras bombas atómicas utilizadas en una guerra— el nombre de su madre: Enola Gay. Esa cercanía entre vida y muerte media entre lo que ocurrió y lo que volverá a ocurrir. Lo estamos viendo: hacer de la muerte un negocio no ha dejado de suceder. El Corazón Púrpura es una condecoración que lleva grabado el perfil de George Washington. El gobierno estadounidense la concede a quien es herido por el enemigo o muere en combate. Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras se preparaban para invadir Japón, fabricaron medio millón de esas medallas. Ese fue el número estimando de heridos y muertos. Flanagan explica que hoy, muchas guerras después, esos 500.000 corazones púrpura no se han agotado. Lo hace desde una cuestión que contrarresta la muerte: ¿quién ama más tiempo? Esa es La pregunta 7. Pocos filósofos han prestado atención al amor. Schopenhauer, que tenía poca fe en el ser humano, bautizó la fuerza que superaba la razón como “voluntad de vivir”. Ese instinto de supervivencia podría ser una respuesta a La pregunta 7. O… igual es más sencillo. Michel de Montaigne fue un pensador que tocó con los pies el suelo. Y eso que nació en un castillo. Un francés que defiende que existen muchas posibilidades de que una prosa incomprensible sea más fruto de la pereza que de la inteligencia tiene a la vez raíces y ligereza. “La sabiduría no requiere un vocabulario especializado. El que se aleja de la comprensión se está alejando de la vida”, escribió en sus Ensayos. Para alguien como Montaigne la respuesta a La pregunta 7 podría haber sido la definición de la filosofía, el amor por la sabiduría: “Una cultura académica no puede intimidar. Debe invitar a pensar”. Los listos evitan repeticiones. Ponen en duda el conocimiento. La sabiduría de la calle, es decir de la vida, es la de la experiencia. Se conoce el exceso por haber sucumbido ante él. Los proyectos humanos más emocionantes son, así, inseparables de momentos de tormento y esfuerzo. Ocurrió en el pasado y ocurrirá en el futuro. Puede que sea más el agotamiento que el descubrimiento lo que precede a las obras maestras. ¿Qué es una obra maestra? A veces una pregunta puede serlo.