Sucedió en Macondo que el mundo era tan reciente que habían de señalar las cosas con los dedos, y eso explica que nos hagan falta los nombres, con los que parece que seamos objetivos y asépticos si a las mesas las llamamos mesas y a los coches, coches; aunque esas son convenciones que aceptamos ya de niños para que la vida nos parezca finita y abordable: del tamaño de un diccionario. El nombre que usamos para mencionar el mundo implica nuestro modo de señalar las...

cosas con los dedos.

La fama la tienen los adjetivos, que delatan enseguida si algo nos parece grande o pequeño, sincero o mezquino. Pero son los nombres los que describen nuestra manera de estar en el mundo si incluso se usan como pretexto. Ocurre, por ejemplo, cuando se dice que el deporte es deporte, como si eso fuera un argumento en vez de una repetición. El deporte es deporte, claro, lo mismo que Brexit era Brexit: si se repite el nombre para dar explicaciones es porque, lejos de una idea ambigua, se tiene un juicio concreto de su definición. El deporte llevaba asociados unos valores, o eso se pretendió siempre; y cada vez que se gritaba en contra del racismo o de la discriminación a nadie se le ocurría replicar que el deporte era deporte y nada más.