La noticia: Elon Musk ha utilizado su red social X para alentar ataques racistas. O, dicho de otra manera, un martes. La semana pasada fue en Belfast —una ciudad que no se merecía volver a vivir la barbarie que, por desgracia, ya había vivido tantas veces antes— pero no es la primera vez, ni será la última. Es probable que nunca sepamos del todo qué es lo que llevó a Elon Musk a gastarse 44.000 millones de dólares por la entonces Twitter en 2022. Lo que sí sabemos es para qué la está usando ahora. El magnate de origen sudafricano está usando su red para inyectar en la opinión pública mundial la visión que tiene de él mismo y el mundo: un visionario que busca una humanidad superior, que viaja a Marte y utiliza robots, y para eso lucha contra el fanatismo woke que debilita sus esfuerzos al imponer la democracia, la diversidad racial y la transexualidad. Y su éxito está siendo notable: es increíble lo que puedes llegar a hacer cuando tu fortuna personal es bastante superior al PIB de Suecia. El punto de inflexión de Twitter fue la primavera de 2011, con la Primavera Árabe, a nivel global, y el 15-M, en España. Fue entonces cuando el mundo pasó a ver la plataforma como una ventana sin filtros al pulso de la calle. En los 15 años que han pasado desde entonces, Twitter (ahora X) se ha convertido en la plaza pública de facto, con jefes de Estado y de Gobierno utilizándola para declaraciones de primera importancia, e instituciones usándola para informar de cosas tan prosaicas pero tan imprescindibles como el estado del tiempo y de las redes de transporte. Es, sencillamente, un lugar como no hay otro. Algunos usuarios han intentado usar las alternativas, solo para hastiarse rápidamente; algunos volvieron, otros han dejado las redes del todo. Y aquí entra en escena un concepto que se ha hecho muy popular: el “miedo a perdérselo”, fear of missing out (FOMO), en inglés. Nos quedamos en X porque “todo el mundo” está en X, sobre todo aquellos que han construido sus carreras en esa red. Y seguimos como si la realidad no hubiese cambiado. Tratando los trending topic y los asuntos virales como si fuesen reflejo fiel de la opinión pública y no una imposición desde arriba, y trasladando acríticamente esa visión a la ciudadanía. En Reino Unido, donde Musk está particularmente activo, no se puede explicar el deterioro de la imagen pública de los políticos británicos sin añadir el efecto del algoritmo de X a la ecuación. Todo esto lo sabemos, porque no hay forma de no saberlo. Pero no hay valor para mirar el problema a la cara. Lo vemos en cosas como la decisión del Gobierno británico de prohibir las redes sociales a los menores de 16 años. No las redes sociales algorítmicas, no: todas las redes sociales, hasta un grupo de WhatsApp de intercambio de cromos. Su efectividad es cuanto menos discutible, pero ese no es el objetivo: el objetivo es dar la impresión de estar haciendo algo, lo que sea. Y, aun así, no se puede escapar de la contradicción: ¿por qué algo que es tan pernicioso como para prohibirlo terminantemente a los menores es, en efecto, imprescindible para que los adultos sepan lo que hace su Gobierno?X, convertida en una sentina con el propósito expreso de destruir las democracias liberales europeas (con el respaldo entusiasta de la administración Trump) ha de dejar de ser la plaza pública digital de facto lo antes posible. El tiempo de la responsabilidad individual ya ha quedado atrás: la decisión de buscar alternativas y usarlas ha de ser institucional y colectiva. Todos aquellos comprometidos con la libertad y la democracia han de hacer lo que esté en su mano, animando en sus casas, recomendando en sus empresas, exigiendo a sus administraciones públicas, para que así ocurra. Está en juego todo lo que vale la pena. El miedo a perdernos algo puede llevarnos a perderlo todo.