Ser rico es una performance. Se puede tener mucha pasta, pero tan importante como tenerla es querer parecerlo. Cuando se habla de riqueza, por ejemplo, cuando se publica la lista Forbes —que recopila a las personas más adineradas del país o del planeta— se hace hincapié en que buena parte del verdadero dinero, del dinero que importa, es discreto. No se nota. No muestra casoplón en las revistas. No surca las calles en Ferrari Testarossa. Es, además, la forma más elegante de acumular millones. Quiet luxury.Ser rico tiene algo de subcultura, de tribu urbana: es una gramática. Entro a curiosear a la lujosa galería comercial Canalejas, en el centro de Madrid, esas calles donde se roza la opulencia y la miseria, porque al negocio del lujo cada vez tiene menos reparos en cruzarse en la acera con manadas de turistas mareados o personas sin hogar que habitan un castillo de colchones y cartón.Ahí se congregan algunas de las marcas más caras que, como cuenta Dana Thomas en Deluxe. De cómo el lujo perdió su esplendor (Superflua), hace tiempo que renunciaron al elitismo para democratizar el lujo a precios al alcance de otros estratos. Está ahí, al alcance de la mano. En realidad, el ansia de estatus no es nueva, es el espinazo de la obra de Proust, pero ahora se articula fundamentalmente a través del consumo y reporta no pocos beneficios. El público congregado en Canalejas, entre acabados dorados, copas de champán y un piano de cola que a veces alguien se lanza a tocar, no es una muestra sociológica de las clases altas: hay turistas en chanclas, hay curiosos —como yo—, y hay también una notable presencia de las clases populares que han ahorrado algo de sus salarios de mierda para comprar artículos que les otorguen una pizca de distinción. Luego se hacen selfis en la puerta con un adminículo de Louis Vuitton que cuesta un riñón. En realidad, lo que se compra no es el objeto, es el precio.El objetivo: colgar la foto en Instagram, catalizador global de los procesos de pijificación (para un estudio prolijo de lo pijo, véase el ensayo de mi compañera Raquel Peláez, Quiero y no puedo, en Blackie Books). Las clases trabajadoras ya no quieren hacer la revolución, los jóvenes ya no quieren ser alternativos, la clase media en disolución desea mantener un estatus que ya es imposible fundamentar en lo material, solo en lo simbólico. La cosa, pues, es pijificarse en un mundo en decadencia. Prendas caras, experiencias exclusivas, gastronomía sofisticada, juergas canallitas, viajes de ensueño. Todo p’al Instagram. Hubo un tiempo en que los incipientes magnates de Silicon Valley presumían de vestir sudaderas raídas, como si no supieran gastar su riqueza más que en videojuegos, cervezas y cubos de pollo frito. Hay quien ha llamado aporofilia a la tendencia de los ricos por parecer más pobres, como las estrellas de la música urbana que se esfuerzan en parecer macarrillas barriobajeros. Muchos ricos prefieren el quiet luxury (lujo silencioso) antes citado: usar, por ejemplo, prendas de lujo, pero sin logo, solo identificables por la mirada experta de un semejante adinerado, como en un código secreto entre los que están en el asunto. Muchos pobres, en cambio, quieren performar la opulencia y lo que acaban siendo es horteras. Cuando el tránsito entre clases era imposible (está en vías de volver a serlo), los campesinos asediaban con antorchas y rastrillos el castillo del señor y los obreros se lanzaban a huelgas salvajes. Ahora que nos dicen que cualquiera puede tocar el cielo, la desigualdad no es un conflicto, sino una coreografía de aspiraciones en la que se compite por llegar más arriba. O, al menos, por aparentarlo.