Se han cumplido 15 años del estallido del 15-M. Fue una explosión de indignación y hartazgo con la situación económica y política del país que tuvo resonancia mundial. Los jóvenes acamparon en las plazas de las principales ciudades españolas. La opinión pública se puso de su lado. Una mayoría abrumadora apoyaba la demanda de una democracia más sólida y profunda, que no estuviera sujeta a los vicios de los dos grandes partidos. La gente pensó que a través de una democracia mejor se podrían corregir las injusticias producidas por las políticas de ajuste que se llevaron a cabo tras la gran crisis de 2008.Durante la década pasada, el país tocó fondo. El paro llegó al 27% en 2013. Los recortes en políticas sociales fueron durísimos, los más grandes del periodo democrático. Se aprobó una reforma del sistema de pensiones cuyo “factor de sostenibilidad”, de haberse aplicado, habría supuesto una reducción significativa de las cantidades recibidas por los jubilados; el mercado de trabajo se desreguló (se abarató el despido y se debilitó la negociación colectiva); y varios cientos de miles de familias sufrieron desahucios ante la indiferencia de los bancos y la pasividad de las instituciones. Los salarios bajaron, sobre todo los de quienes menos ingresos tenían. La pobreza aumentó alarmantemente.Y todo lo anterior sucedía en medio de escándalos políticos y financieros. El Gobierno del PP prometió que el rescate bancario no costaría un euro a los españoles, pero de los cerca de 60.000 millones de euros que puso el Estado para esta partida se ha recuperado una parte muy pequeña. El mayor agujero fue el de Caja Madrid (luego Bankia); su expresidente, Miguel Blesa, se pegó un tiro en 2017. El supuesto responsable del milagro económico de la época de Aznar, Rodrigo Rato, acabó en la cárcel. En aquellas circunstancias tan dramáticas, se descubrió el abuso de las “tarjetas black” de Caja Madrid, que provocó una subida de los niveles de indignación. Las cajas quebraron. Fueron los años de la Gürtel, Púnica, los más de 40 millones de Bárcenas en Suiza, las tramas de la llamada “policía patriótica”, la Kitchen… El rey Juan Carlos I se vio forzado a abdicar: se descubrió que el padre de la Transición había cobrado comisiones enormes y había defraudado a Hacienda. Aquella combinación de malos resultados económicos, recortes y escándalos fue letal. España parecía que se encaminaba hacia un fin de época. Se habló de ir a un momento constituyente y hubo una revisión pesimista del trayecto recorrido desde la muerte de Franco. La gente perdió la confianza en los partidos, las instituciones y la democracia. En esos años, hasta bajó el fervor europeísta de los españoles, que parecía indestructible. Pues bien, a pesar de esta suma de circunstancias tan desgraciada, más dolorosa sin duda que en otros países europeos, aquí estamos, 15 años después, con un sistema de partidos que ha resistido bastante mejor que el de muchos de nuestros vecinos. El apoyo a los dos grandes partidos bajó al 48% en las segundas elecciones de 2019, pero en los últimos comicios, los de 2023, llegó al 64%. Surgieron partidos nuevos (Podemos, Ciudadanos), pero no lograron superar a los grandes y terminaron desapareciendo o en la marginalidad política. En cuanto a la renovación partidista, solo queda Vox, que ha crecido notablemente en los últimos tiempos, siguiendo la misma tendencia observada en muchos otros países, pero aun así está por debajo de la media europea en apoyo a la extrema derecha y aspira, en todo caso, a ser socio menor del PP, no a desbancar al partido conservador. Compárese con lo sucedido en otros lugares. En Italia gobiernan los herederos del fascismo y el sistema de partidos en aquel país está descompuesto: antes de Giorgia Meloni hubo un gobierno de una organización antiestablishment inclasificable, el Movimiento 5 Estrellas, y antes incluso dos ejecutivos tecnocráticos. En Francia, gobierna Emmanuel Macron, un candidato sin un partido detrás, flanqueado por la extrema derecha y la extrema izquierda, con una presencia más bien testimonial de socialistas y gaullistas. En Alemania, el partido socialdemócrata está hundido y Alternativa por Alemania encabeza las encuestas. Otro tanto sucede en Reino Unido, donde Reform UK aparece como el partido favorito en estos momentos. A la vista de estas comparaciones, hay que reconocer que el sistema de partidos español ha resistido mejor que el de otros países europeos a pesar de que la crisis económica y política fue más dura y profunda que en los países mencionados. En la actualidad, además, la opinión pública en España no se distingue mucho de la de países vecinos y, sin embargo, con niveles de desconfianza e insatisfacción equivalentes, el sistema de partidos español se mantiene a flote. He ahí la paradoja española: los partidos tradicionales aguantan más que en otros Estados cuyas opiniones públicas son tan críticas con la política como la española. Basta echar un vistazo a los últimos indicadores disponibles del Eurobarómetro (la encuesta que realiza la Comisión Europea en todos los países miembros) para ilustrar esta paradoja. La satisfacción con la democracia en nuestro país se encuentra en estos momentos en el 57%, una cifra muy parecida a la de Francia (56%), Italia (54%) y Reino Unido (52%), por debajo de Alemania (61%) y Portugal (74%). La confianza en el Gobierno se sitúa en el 34% en España, parecida a la de Italia, con un 37%, por encima del 21% en Francia y el 26% en Reino Unido. Quizá lo más llamativo sea la baja confianza en los partidos españoles: 14%, prácticamente igual que en Francia (12%) y Reino Unido (10%), por debajo de Italia (26%) y Alemania (29%).Nuestros indicadores son llamativamente similares a los de Francia y no se desvían demasiado de los de Italia o Reino Unido. Sin embargo, nuestro sistema de partidos, como antes apuntaba, resiste mejor que el de nuestros vecinos. Quizá lo más sorprendente sea la comparación con Francia: no es solo que tengamos indicadores casi idénticos de opinión pública, sino que en España la corrupción es muy superior a la del país del norte; a pesar de ello, los españoles muestran mayor lealtad a los partidos tradicionales que los franceses. ¿Hay acaso un cierto conservadurismo en el electorado español? No me refiero a conservadurismo ideológico, sino más bien vital, resumido en el refrán “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”. La gente se lamenta del estercolero en que se ha convertido la política española, de la degradación del debate público, del cruce permanente de acusaciones, pero, luego, a la hora de la verdad, no está dispuesta a experimentar con opciones nuevas. Late en la opinión pública una actitud resignada y desesperanzada (“esto es lo que nos ha tocado y tenemos que vivir con ello”). A corto plazo, puede que España goce de mayor estabilidad política que los países de su alrededor, cuyas democracias parecen atravesadas por un torbellino que arrasa con todo. No obstante, la perspectiva de una sociedad desengañada en la que la gente no se atreve a canalizar políticamente su insatisfacción resulta poco prometedora. La divergencia entre el voto de los españoles y su visión desencantada de la política no puede continuar indefinidamente. A veces las tormentas son más fuertes tras una calma engañosa.
Una paradoja española
Los partidos tradicionales aguantan más que en otros países europeos cuyas ciudadanías están igual de hastiadas y son igual de críticas con la política








