15 años después del 15-M, tanto quienes formamos parte de aquello como sus detractores tenemos que reconocer dos cosas: que no cambió nada, pero que después nada fue igual. Resultó que bajo los adoquines de la Puerta del Sol tampoco había arena de playa, pero sí parecía haber alguna brújula bien calibrada: los indignados predijeron con una precisión a veces asombrosa cuáles serían los problemas y debates de las décadas venideras.“Sin casa, sin curro, sin pensión”, decía el lema de Juventud Sin Futuro, la organización que convocó la manifestación que dio lugar a la acampada en Madrid. En él se concentraban las grandes preocupaciones de los que entonces teníamos 20 y ahora tenemos 30, que siguen siendo las mismas aunque tengamos ya alguna cana. Son, además, tres de las grandes discusiones del presente: la vivienda, la precariedad laboral y la sostenibilidad del sistema de pensiones. Recién salidos de la universidad, que se nos vendió durante décadas como el sello en el pasaporte que nos permitiría embarcar en el ascensor social, empezamos a intuir que ese progreso en el que nuestros padres tenían una fe ciega —o igual no tan ciega, porque lo habían visto materializarse ante sus ojos y pensaban que así seguiría siendo ante los nuestros— se desvanecía. Por eso otro de los grandes debates que puso sobre la mesa el 15-M es si los nacidos en los ochenta y los noventa somos la primera generación que vive peor que sus padres. Entonces parecía claro: mileurista había pasado de insulto a halago y los fontaneros o los reponedores que se partieron el lomo para que sus hijos hicieran un máster en inglés se dieron cuenta de que eso no iba a garantizarles un hueco en el mercado laboral. Y de que, en los casos en los que sí lo hiciera, ese trabajo no iba a ser garantía de poder pagar una casa —ni alquilada ni mucho menos en propiedad—, un coche y, si así lo deseaban, los pañales de un crío.Hoy este debate se ha tornado polarizado y poco honesto; por un lado, hay quien quiere hablar de brecha generacional pero no de clase social y, por el otro, quien tiene la voluntad de excluir la variable generacional y niega parámetros tan objetivos como la pérdida de poder adquisitivo de los jóvenes o que su capacidad de ahorro es menor que la de generaciones anteriores. Pero en 2011, con este lema como una de sus principales banderas, el 15-M tuvo el apoyo de hasta el 80% de los españoles. Los indignados también tuvieron el apoyo del 80% de los jóvenes españoles diciendo “PSOE, PP, la misma mierda es”, denunciando la polarización interesada y el turnismo, reclamando un nuevo tablero en el que no se hablara de derecha ni de izquierda sino de los de abajo contra los de arriba. Un discurso que hoy avergonzaría a algunos de los que se reclamaron sus herederos, que venían a dinamitar el bipartidismo pero acabaron no solo reforzándolo, sino refundándolo con una dialéctica aún más beligerante: la de la alerta antifascista. Seguramente también haya presuntos herederos del 15-M a quienes no les sea cómodo recordar que todo aquello sucedió con Zapatero en el poder, porque hubo un tiempo —un tiempo no muy lejano— en el que se podía criticar al PSOE sin que eso te convirtiera en un facha o cuestionar la Unión Europea sin ser acusado de lepenista. Hubo un tiempo en el que fuimos justos y radicales, en el que nos atrevimos a señalar la luna y no el dedo. A decir que no somos mercancía en manos de políticos y banqueros. Y que no es una crisis —ayer financiera, hoy de vivienda—: es una estafa.