Cada vez que una gran celebración deportiva se aproxima, resurge una sensación colectiva de alivio. Durante algunas semanas pareciera que las preocupaciones nacionales quedan suspendidas entre la emoción, los festejos y la expectativa de una victoria. No hay nada reprochable en ello. El ser humano necesita espacios de recreación. Sin embargo, conviene preguntarse si el entretenimiento sigue siendo un descanso legítimo o si se ha convertido en una sustitución permanente de la reflexión pública.La antigua Roma comprendió esta dinámica con extraordinaria claridad. Juvenal la resumió en una expresión que ha atravesado los siglos: panem et circenses. El ciudadano dejaba de ser ciudadano para convertirse en espectador. Su participación en la vida de la comunidad era reemplazada por la satisfacción inmediata de necesidades materiales mínimas y por el acceso constante al espectáculo. Dos mil años después, el mecanismo parece intacto.Mientras la atención colectiva se concentra en el próximo torneo, permanecen abiertas preguntas fundamentales: ¿cuál es el proyecto nacional para la salud pública?, ¿cuál es la estrategia de largo plazo para la seguridad?, ¿cómo se justifican los incrementos constantes del costo de vida frente a ingresos prácticamente inmóviles?, ¿qué perspectivas reales tienen los jóvenes profesionales que descubren que miles compiten por un reducido número de plazas laborales? Son interrogantes que desaparecen temporalmente de la conversación pública, aunque continúan determinando la vida cotidiana de millones de personas.PublicidadMás preocupante aún es la progresiva transformación de la sociedad en una masa emocionalmente reactiva. Se habla constantemente del “pueblo” como si se tratara de una entidad racional y orgánica. Pero con frecuencia no observamos un pueblo deliberante, sino una multitud fragmentada, moldeada por narrativas políticas, mediáticas y comerciales que cambian según las necesidades del momento. Hoy se exalta una causa; mañana otra. Hoy se celebra a un líder; mañana se lo condena. La opinión pública parece cada vez menos resultado de la reflexión y cada vez más producto de la administración de emociones.Nicolás Maquiavelo (El príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio) fue acusado durante siglos de haber creado esta lógica. En realidad, su mérito –o su condena– consistió en describirla con crudeza. El poder no se sostiene únicamente por la fuerza, sino por la capacidad de dirigir percepciones, administrar expectativas y gobernar la atención de las personas. La historia posterior demostró que pocos gobernantes ignoraron esta lección.Por ello, el problema no es el deporte ni los feriados ni la celebración colectiva. El problema aparece cuando el espectáculo sustituye al examen crítico de la realidad. Cuando la distracción se convierte en una política implícita. Cuando una sociedad acepta entretenerse indefinidamente mientras se deterioran las condiciones materiales, institucionales y morales que sostienen su existencia.PublicidadPublicidadTal vez la pregunta más importante no sea qué harán los gobernantes, sino qué clase de ciudadanos estamos dispuestos a ser. Porque ninguna nación se degrada únicamente por las decisiones de sus dirigentes. También se degrada cuando sus miembros renuncian voluntariamente a pensar y aceptan el cómodo papel de espectadores de su propia decadencia. (O)Galo Guillermo Farfán Cano, médico máster sobre VIH, Guayaquil