Soy catalán, musulmán e hijo de inmigrantes, y la visita del Papa León XIV me ha interpelado de un modo que no esperaba. No lo digo desde la fe, sino desde ese impacto que produce la belleza cuando personas y lugares se alinean por un propósito común. Especialmente ahora que vivimos en un mundo en fractura. Y es precisamente en esa grieta moral donde tiene algo de subversivo que una visita papal sea capaz de convocar, sin distinción, al devoto y al agnóstico, al español de toda la vida y al que llegó hace un par de generaciones. He crecido entre dos mundos y en un país de profunda raíz católica sin que esa raíz fuera la mía, y sin embargo nunca me he sentido del todo ajeno. He vivido mi cultura desde la complejidad como tantos jóvenes criados en los márgenes. Desde ese lugar aprendes que lo mayoritario no te aplasta necesariamente. A veces, simplemente, te abraza. España es constitucionalmente aconfesional, pero la cultura católica impregna su vida y negarle esa presencia no sería honesto. Pero justamente eso es una oportunidad para aprender del mensaje que nos deja el Papa. Entender que una tradición mayoritaria no tiene por qué ser un espejo exclusivo ni prioridad de ningún nacionalismo, sino uno en el que también se reflejan otros credos, otras historias, otras formas de buscar lo trascendente y que donde convergemos es en la aspiración a una vida digna. Por eso, no es casual que la inmigración sea uno de ejes centrales de su actuación. Hemos llevado al extremo el miedo al otro, lo hemos convertido en programa electoral, en algoritmo, en lucha. Sus palabras resonarán en quienes ya estaban dispuestos a escuchar, y probablemente no desmantelará ninguna estructura de odio pero por poco que se hayan abierto nuevos interrogantes en algunos incrédulos, habrá valido la pena.Porque el Papa ha entendido algo fundamental, algo que los populismos comprendieron hace mucho tiempo y que la izquierda progresista todavía busca en hojas de cálculo: el racismo no se combate con macrodatos, ni con estadísticas de integración, ni con largos discursos sobre diversidad. Se combate poniendo en el centro a las personas. Mientras demasiados expertos en “cambio de narrativa” debaten en congresos sobre cómo reformular el discurso, el Pontífice hace algo brutalmente simple y extraordinariamente eficaz: marca la agenda y a continuación pone rostros anónimos en la escena pública sin complejos. Busca historias de vida concretas, les da nombre, cuerpo y alma. Y es que llevamos demasiados años hablando de “menas”, de “ilegales”, de “invasión”, un vocabulario diseñado para despojar de humanidad a personas que cruzaron una frontera. Llevan décadas intentando enseñarnos a no alzar la mirada. El Papa, en cambio, insiste. Y yo, que soy uno de los que durante demasiado tiempo ha sido el otro, lo agradezco. Quizás, no sea casualidad porqué él mismo sabe lo que es ser migrante: llegó desde Estados Unidos con el corazón forjado en Perú y acabó liderando la fe mundial desde El Vaticano.