¿Qué pasaría si cada ciudadano recibiera, solo por el hecho de haber nacido, una suma de dinero mensual que cubra sus necesidades básicas? Sin condiciones, sin trámites humillantes, sin que ninguna instancia burocrática (ni intermediaciones) evalúen si es “merecedor” de la ayuda. La idea es sencilla, aunque sus implicancias (en especial los debates que dispara) no lo son: en una sociedad organizada en torno al intercambio de monedas, que toda persona reciba un ingreso monetario básico, una transferencia monetaria regular e incondicional, universal e individual, por el solo hecho de existir. Sin requisitos, sin contraprestaciones, sin tener que demostrar pobreza ni necesidad extrema. Un piso material desde el cual vivir, y decidir qué hacer con el resto del tiempo: trabajar para acceder a más ingresos monetarios, o quizás no: potenciar aptitudes artísticas, culturales, hobbies, destrezas… O simplemente dedicarse al ocio. Eso es, en términos generales, una Renta Básica Universal (RBU). No se propone eliminar el trabajo, sino intervenir en la relación que las personas tienen con él. Permite (en términos teóricos, pero como veremos, ya hay experiencias empíricas) elegir, negociar, rechazar. Introduce un margen de libertad, de autonomía, allí donde suele haber solamente necesidad.
Renta Básica: una experiencia (casi) desconocida en la Argentina del siglo XIX
Desde Elon Musk hasta el Papa Francisco muchas figuras han propuesto una Renta Básica Universal como forma de dar autonomía a las personas y avanzar en un piso de igualdad. Pero pocos saben que en la Argentina del siglo XIX se implementó un “ensayo social agrario” con un sistema de ese tipo. Y fue un rotundo éxito. Aquí se cuenta esa historia.














