Las transformaciones políticas del siglo xxi no pueden comprenderse únicamente a partir del ascenso electoral de la extrema derecha ni de la crisis de las democracias liberales. Se encuentra en curso una reorganización profunda de la racionalidad del poder contemporáneo basada en una alianza entre oligarquías tecnológicas, Estados y proyectos políticos radicalizados. Esta mutación no desplaza por completo a partidos e instituciones, pero los subordina a un entramado en el cual la dominación se produce a través de infraestructuras tecnológicas, movilización afectiva y capacidad de decisión acelerada. Asistimos así a la emergencia de un régimen en el cual la política deja de organizarse principalmente alrededor de programas e ideologías y pasa a estructurarse en torno a actores que diseñan sistemas, producen adhesiones y traducen racionalidades globales para contextos locales. Hasta principios del siglo xxi, los supermillonarios –en especial los ligados al sector tecnológico– solían mantener un perfil público bajo. Poco daban a conocer sobre sus convicciones e ideología. En los últimos años, esto cambió fuertemente. Comenzaron a exponer su posición en forma explícita, revelando una cosmovisión profundamente alineada con el individualismo radical, el antiestatismo y una fe inquebrantable en el mercado como principio ordenador del mundo. En nombre de la aceleración tecnológica, estos empresarios cuestionan los principios clásicos de la democracia representativa y promueven un eficientismo elitista que naturaliza la desigualdad como resultado inevitable de la innovación. Al mismo tiempo, desplazan el debate público hacia plataformas privadas bajo su control, redefiniendo las condiciones de visibilidad, circulación y legitimidad de la información e interviniendo activamente en la construcción de imaginarios colectivos que legitiman su posición de poder. Mientras tanto, en su ámbito privado, invierten en infraestructuras para escenarios de crisis –desde búnkers y mega yates hasta proyectos espaciales–. No son divinidades, sino actores extraordinariamente influyentes que operan dentro de un ecosistema competitivo, rival y altamente personalizado: un verdadero “Olimpo tecnológico” sin trascendencia, pero con efectos muy concretos sobre la vida social. Lejos de sugerir que no existe salida, este libro parte del supuesto de que comprender las estructuras del poder es condición para enfrentarlas. Producir conocimiento crítico no es un ejercicio neutral, sino una forma de intervención intelectual frente a un orden caracterizado por profundas asimetrías económicas, simbólicas y políticas. No se trata únicamente de observar a los poderosos, sino de identificar los mecanismos que hacen posible su predominio. Con ese objetivo, el libro propone una tipología analítica destinada a comprender cómo se organiza el poder político en la era tecnopolítica.