Noticia¿Qué lugar ocupa el gozo cuando hablamos de la comida cada vez más en términos de peso, calorías y saciedad? Columna de Margarita Bernal. Margarita Bernal / El condimentario Foto: Cortesía13.06.2026 04:30 Actualizado: 13.06.2026 04:30
Soy golosa. Lo he sido toda la vida. Me gusta comer, cocinar, probar, descubrir sabores y sentarme a la mesa sin mirar el reloj. Desayuno y pienso en el almuerzo. Almuerzo y me pregunto qué habrá para la cena. La comida ha sido una de mis grandes fuentes de placer y también es la materia prima de mi trabajo.Sin embargo, vivir rodeada de ella tiene consecuencias. La gastronomía ocupa buena parte de mis días: la cocino, la estudio, la pruebo y escribo sobre ella. Mi trabajo me lleva a visitar restaurantes y a conversar constantemente sobre ingredientes, productores y preparaciones. En ese contexto, resulta difícil ignorar la culpa que aparece cuando esa pasión convive con una genética poco generosa y con una edad en la que el peso, como la inflación, parece subir con más facilidad de la que baja. Por más que se hable de aceptación y amor propio, sería ingenuo decir que eso no termina afectándome. LEA TAMBIÉN Hace algún tiempo decidí recurrir a uno de esos nuevos medicamentos inyectables para bajar de peso. Funcionó. Bajé diez kilos y vi cambios evidentes en mi cuerpo. Lo que no había dimensionado era que, junto con el peso, también desaparecería algo que siempre había considerado parte fundamental de mi vida: el hambre, el placer.Nunca había pensado que el hambre también tiene algo de alegría. Por supuesto que no hablo del hambre real que padecen millones de personas y que debería avergonzarnos como sociedad. Hablo de ese apetito cotidiano que nos hace esperar una comida, saborear un restaurante o celebrar alrededor de una mesa. De pronto todo eso perdió sentido. Comía porque tocaba, no lo disfrutaba.Descubrí que podía llenarme con muy poco y pasar horas sin pensar en comida. Los antojos desaparecieron. Ya no sentía curiosidad por probar algo nuevo ni emoción por compartir la mesa.Tampoco ayudaron los efectos secundarios. Mi sistema digestivo sufrió más de lo que esperaba. No sabía que pudiera provocar tantas molestias. Y mientras el espejo me mostraba una imagen que se acercaba más a lo que hoy veo como un falso ideal, yo no era feliz. Comía con tristeza. LEA TAMBIÉN Con el tiempo dejé el tratamiento y ocurrió lo previsible. Los kilos regresaron. Volvió la dicha del antojo.Mi experiencia no era un caso aislado. El fenómeno ha llegado a los restaurantes, que empiezan a ofrecer menús para personas que usan este medicamento y que se sienten satisfechas con un bocado.Me pregunto qué lugar ocupa el gozo cuando hablamos de la comida cada vez más en términos de peso, calorías y saciedad. Comer no es únicamente una necesidad biológica. También es cultura, memoria, encuentro y placer.Después de todo lo vivido, entendí que no quiero renunciar a ninguna de esas cosas. Quiero cuidar mi salud y sentirme bien con mi cuerpo. Pero también seguir emocionándome frente a un rico postre o un buen plato de comida, seguir viajando con el apetito abierto y creyendo que una de las formas más hermosas de conocer el mundo es a través de su cocina. Buen provecho.Margarita BernalPara EL TIEMPOEn X: @margaritabernal Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.






