“Comé saludable” es, probablemente, uno de los consejos más repetidos en nutrición. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué sucede cuando una persona simplemente no puede hacerlo porque está atravesando un momento de ansiedad, estrés o angustia. Al consultorio llegan pacientes que saben que “tienen que comer bien”, pero se frustran al admitir que cuando se sienten mal terminan “comiendo cualquier cosa”. Durante mucho tiempo interpretamos esta situación como un problema de falta de voluntad, pero la ciencia nos invita a mirar el fenómeno desde otro lugar. Nuestro cerebro no toma decisiones alimentarias aisladas de las emociones. Cuando atravesamos períodos de estrés sostenido aumenta la producción de cortisol, una hormona que modifica el apetito y favorece la búsqueda de alimentos ricos en azúcar, grasas y sal. No es casualidad que después de un día agotador resulte mucho más atractivo un paquete de galletitas que una ensalada. Estos alimentos activan los circuitos de recompensa del cerebro y producen una sensación inmediata de placer y alivio. El inconveniente es que ese efecto suele ser transitorio. Poco tiempo después aparece el cansancio, la culpa, la sensación de pérdida de control y, muchas veces, también aparece más ansiedad. Así comienza un círculo vicioso en el que el malestar emocional modifica la alimentación por una de menor calidad, la cual contribuye a perpetuar ese malestar.
Mood Food: cuando el estado de ánimo se sienta a la mesa
El círculo vicioso entre ansiedad y la comida y cómo poder escaparlo. Qué dice la ciencia sobre el boom de la “cocina de la felicidad”.








