La guerra de Irán ha alterado cadenas de valor y de suministro, disparado los precios energéticos y obligado a los inversores a recalcular riesgos en prácticamente todos los sectores. Sin embargo, lejos de frenar el ciclo tecnológico, las hostilidades militares en Oriente Próximo han reforzado la percepción de que la IA es el nuevo El Dorado al que acuden a la desesperada tanto empresas como gobiernos.

Los ataques unilaterales de EEUU e Israel contra el régimen de los ayatolás, a finales de febrero, parecían firmar el epitafio del ciclo de negocios post-Covid. Pero no solo no ha sido así, sino que el diagnóstico deja riesgos de enjundia. El aterrizaje, de momento no forzoso, trae consigo otra escalada de precios que anticipa una estanflación latente y deja otro factor preocupante, porque los flujos de capital, lejos de esfumarse, se han redirigido hacia infraestructuras de IA, centros de datos y fabricantes de semiconductores.

Si la burbuja tecnológica existe, tardará aún en explotar. Porque en los 100 primeros días desde el inicio del conflicto armado con cierre de Ormuz de por medio, la IA se ha erigido en el valor refugio. Por encima del dólar, el franco suizo o el oro. Wall Street ha oscilado entre el temor a una escalada militar y el riesgo de tipos de interés más altos y a una posible burbuja tecnológica. Pero el mercado sigue valorando la IA como la única fuerza motriz capaz de amortiguar todos los daños económicos e inversores colaterales.