La entrada a Dübendorf desde la estación de tren es la de muchas otras localidades suizas: una calle que lleva al centro flanqueada de casas de fachadas tradicionales y edificios más modernos de pocas alturas. Pero en esta población de cerca de 33.000 habitantes, la cuarta mayor del cantón de Zúrich, el horizonte se rompe con varios rascacielos de más de 100 metros y casi 40 pisos. Crecer en altura y aumentar la densidad urbana es la respuesta de Dübendorf, situada en el área metropolitana de Zúrich, al acelerado crecimiento de la población que se discute estos días ante el referéndum en el que este domingo se decidirá si el país fija un tope de 10 millones de habitantes hasta 2050 (ahora son 9,1 millones). Suiza ha ganado 1,7 millones de personas desde 2002, principalmente debido a la inmigración de más de un millón de ciudadanos comunitarios por el acuerdo de libre circulación con Bruselas, que le da acceso al mercado único sin formar parte de la UE. Para unos, es demasiada gente ―el país ha registrado uno de los incrementos de habitantes más altos de Europa― y empiezan a faltar espacio y recursos; para otros, los que se oponen a la propuesta de la derecha populista (el resto de partidos, empresas y el Gobierno), es una necesidad para seguir creciendo y los extranjeros son esenciales en la sanidad y otros servicios, y en sectores como la gastronomía y la construcción. “Nosotros hemos vivido en los últimos 20 años un aumento de 10.000 personas. Eso supone un tercio del total. Y sí, claro, hay que construir toda la infraestructura necesaria: hay que habilitar colegios, tener listas las carreteras, los accesos… Es un gran reto. Y no nos hemos cerrado al cambio”, afirma el alcalde de Dübendorf, André Ingold (58 años), en una conversación en su despacho.“Se prevé que el crecimiento continúe hasta 2050. Y el 80% tendrá lugar en las aglomeraciones urbanas. Además, el cantón nos obliga, en realidad, a abordar esta densificación. Por eso, para nosotros, los bloques altos nunca han sido una mala alternativa, sino que más bien hemos apostado por edificios con una huella ecológica reducida, pero con muchas zonas verdes”, explica Ingold. En un momento de apuro por falta de plazas escolares, el Ayuntamiento compró en uno de los rascacielos varios locales para instalar seis aulas. “Los niños que viven en el edificio pueden bajar a clase en zapatillas”, bromea el alcalde. Con la vista puesta en el futuro, varias ciudades más de esta zona metropolitana (unos 1,4 millones de habitantes en total) han acordado desarrollos en altura a lo largo de la línea de tren ligero que les une con el aeropuerto de Zúrich para absorber a los que llegan. La transformación que vive Dübendorf ―también está en marcha un parque tecnológico que creará 12.000 empleos― no gusta a todos. “Cuando se habla con las personas mayores, a veces les cuesta entender todo este proceso”, reconoce el alcalde. Como G. G. (no quiere dar el nombre completo), de 78 años, que acaba de hacer la compra en el centro: “He vivido toda la vida aquí y veo que desaparecen zonas verdes, los edificios son cada vez más altos y hay más tráfico y ruido. Ya no me siento en casa”, dice este dentista jubilado, de cuyas palabras se intuye que está a favor de la iniciativa para cortar el crecimiento de la población. A Brian Silk, de 88 años y origen británico con pasaporte suizo, el cambio no le altera: “Hay que adaptarse, lo importante es que todo el mundo se respete”.El 38% de los habitantes de Dübendorf son extranjeros (frente a la media nacional del 27,6%), mayoritariamente de la UE, y también de los Balcanes, Turquía o África y Asia. La convivencia en general “no da problemas”, los de fuera se integran bien con los autóctonos, dice el alcalde, miembro del Partido Popular suizo (SVP/UDC en sus siglas en alemán y francés), pero algo parecido a un verso suelto en una formación antiinmigración y asilo, y de rechazo a la vinculación con la UE. Para Ingold, “los trabajadores extranjeros son fundamentales para el sistema“ y seguirán llegando, por lo que él intenta “hacer una política centrada en las soluciones”. Como planificar más viviendas asequibles ante la escasez y la escalada de los precios, uno de los problemas que destacan los partidarios de la iniciativa del PP suizo y que también se oye por las calles de Dübendorf. Las torres construidas no solucionan el problema, están ocupadas mayormente por trabajadores extranjeros cualificados y con buen poder adquisitivo. En las nuevas zonas urbanas a desarrollar, el Ayuntamiento exige porcentajes de vivienda asequible, pero se quedan por debajo de la demanda. “Hay un exceso de regulación en este país, eso hay que modificarlo porque complica las cosas y ralentiza la construcción”, defiende el alcalde.Falta de viviendas, infraestructuras que se desbordan, refugiados que “viven del sistema de seguridad social” o “delinquen”, una inmigración “descontrolada” a la que hay que poner fin, denuncia el argumentario de la campaña de la derecha populista, que se considera guardiana de la identidad y esencias suizas. “Conservar lo que amamos”, dicen las vallas publicitarias que salpican el paisaje en zonas más rurales. Como las que resaltan en las verdes laderas de Herrliberg, una localidad a media hora en tren de Dübendorf pegada al lago de Zúrich en un área de comunidades tan ricas que les ha valido el sobrenombre de “costa dorada”. Casi todo el mundo parece moverse en coche en esta localidad de unos 6.800 habitantes, sin un núcleo claro y llena de casas unifamiliares y villas caras que se encaraman por una pendiente que transita de lo urbano a lo rural. Aquí no se respira la densidad agobiante de la que habla la derecha populista.Al final de una empinada cuesta está la granja de la familia Ledergerber, que se anuncia como un lugar “lejos de la ciudad, en medio de la naturaleza”, con vacas que pastan plácidamente y gallinas que picotean grano al aire libre. Es el hogar de Domenik Ledergerber, de 39 años, casado y con dos hijos, ganadero y político. Como diputado cantonal y presidente del PP suizo en Zúrich, se afana en la tarde de este jueves en los preparativos de una barbacoa que reúne a militantes y partidarios expectantes por el resultado del referéndum del domingo. Herrliberg “no se ha desarrollado de forma tan extrema como otras localidades, la población no ha crecido tanto, aunque hemos tenido que construir nuevos colegios” y más viviendas (sin torres), afirma. Con un 24,1% de extranjeros, considera que uno de los problemas de Herrliberg son los foráneos ricos (alemanes, franceses, estadounidenses, principalmente) cuya presencia cree que ha elevado los precios de la vivienda y provocado “que los jóvenes se vayan porque no pueden pagar”. La Suiza que él defiende es la que conserva un equilibrio entre zonas pobladas y naturaleza, “en la que se pueda andar tranquilo por la calle y que no te obligue a estar en medio del gentío y los atascos”. ¿Una Suiza sin gente de fuera? “Nada en contra de los que se integran y comparten nuestros valores, pero no queremos a los criminales y a los que no trabajan y viven del sistema de seguridad social”, es la respuesta. Su partido utiliza habitualmente un lenguaje muy duro y de tinte xenófobo contra los refugiados, que entre asilados reconocidos, pendientes de trámite y ucranios huidos de la guerra suponen solo entre el 2% y el 3% de la población.“Seguiremos siendo un país de inmigrantes. Pero somos un país pequeño, con un 56% de superficie improductiva [bosques, montañas, etc]. No podemos seguir así”, sostiene Lederberger, que minimiza el peligro de romper con la UE pese a que la iniciativa reclama suspender la libre circulación de personas si se superan dos años seguidos los 10 millones de habitantes. Pero eso parece quedar lejos en esta noche de barbacoa con vistas al lago de Zúrich. De momento, toca arengar a la tropa para el esprint final del domingo, con unas encuestas que auguran un resultado muy ajustado.
Viviendas, sanidad y otros servicios: los suizos se preguntan hasta dónde pueden crecer
El país vota este domingo si fija un tope de 10 millones a la población. Una localidad pequeña que conserva el sabor rural y una del área metropolitana de Zúrich que levanta rascacielos exponen el dilema que plantea el referéndum










