En un mundo construido de amenazas, tanto el Papa como Bad Bunny consiguen la comunión que nos falta
Una amiga me lo advirtió antes de ir. “Las que vais a ver a Bad Bunny me parecéis las mismas que las que van a rezar al Papa, no me interesa nada ni lo uno ni lo otro”. A mí no me pareció que fuera lo mismo rezar que cantar cosas como “Si tu novio no te mama el culo, pa eso que no mame”, pero mi amiga tenía razón en algo fundamental. En la práctica, no hay tanta diferencia entre perrear y rezar en 2026. Y no es que lo diga ella (o yo), es que el papa León XIV se reunió con Bad Bunny en su apretada agenda madrileña en un guiño de complicidad cristiana y, por si quedaban dudas, Benito bendijo al Pontífice durante el concierto. Hacia la mitad apareció el sapo Concho, mascota animada de la gira, en las pantallas gigantes y dijo: “Acho, un fuerte aplauso para el Papa que ha llevado esperanza y unión a tantas personas en el mundo”.
A primera vista podría parecer que las canciones decoloniales, posfeministas, a veces misóginas y a menudo sexualizadas tienen poco que ver con la recatada y moralizante letanía católica. O eso pensaba yo antes del concierto, pero Benito nos advirtió nada más empezar: “Lo que va a pasar aquí no puedes verlo en TikTok, hay que vivirlo”. ¿Es por la música en directo? En parte sí, pero no solo. Lo que se construye es un universo alternativo al mundo desconfiado de todos los días. Una experiencia inmersiva dedicada a defender una sola idea: “Mientras uno está vivo, uno tiene que amar lo más que pueda”, lema de la gira, de los fans y que aplaudiría Jesús de Nazaret. La esperanza, ahora y siempre, va de amarse. El problema es que amar se está convirtiendo en una misión imposible en un mundo construido de amenazas. Tal vez por eso tanta gente haga cola para ver al Papa y para perrear con el Papi.
















