Decimos que las cosas importantes suceden en torno a una mesa pero en realidad tienden a pasar sobre una cama: al fin y al cabo, comemos durante una hora al día, pero un tercio de la vida la pasamos acostados. En la cama nacemos y morimos, sufrimos la enfermedad y desciframos el placer, nos tumbamos para descansar y —aún más dulce— para vaguear un poco. De niños nos leen para dormirnos y de adolescentes dejamos de dormir con tal de seguir leyendo un rato más. En la cama arropamos a nuestros hijos como nos arroparon nuestros padres y en la cama, imagen de la vida, descubrimos unos terrores nocturnos y unos sueños pletóricos que después ni la propia vida tiene. En la cama examinamos el día pasado y meditamos en el día por venir: el lucubrum, la vela que se llevaban al lecho los romanos, alumbró nuestro “elucubrar”. La mayoría de los niños de mi época nos criamos en la ambivalencia: si por una parte teníamos la protección de “cuatro ángeles” en las esquinas de la cama, también sufrimos la crueldad de ese “cine de las sábanas blancas” con que nos llevaban a rastras a nuestro cuarto. Tantos años después, al final todos somos ese personaje del que escribió el poeta Pascoli: “Hombre que velas en la estancia / iluminada. ¿Qué te hace velar? / ¿Dolor antiguo o joven esperanza?”. Algunos, claro, llegaron a ser un poco más: Churchill salvó a Europa sin perdonar la siesta con pijama, y Proust alzó la gran literatura de su siglo sin salir de un cuarto tapizado en corcho.Nadie reconoce, sin embargo, la centralidad de la cama. La historia y las letras nos dejan siempre en el umbral del cuarto: de hecho, si Samuel Pepys —diarista del XVII— se hizo famoso fue por contarnos las riñas de alcoba con su mujer. Y a nuestro mundo no le importa con quién nos metemos en la cama, pero sí le importa a qué hora salimos de ella: la libertad pasa por acostarte con quien quieras, pero nunca, por desgracia, por despertarte cuando quieras. La superioridad moral del madrugar es de hecho tan intensa que no dudamos en reclamar un estatuto especial a la divinidad: “A quien madruga, Dios le ayuda”. Incluso la Económica de Aristóteles recomienda levantarse muy temprano, y quienes creemos que no pasaría nada si el mundo comenzara a las once y pico nos sentimos muy reconfortados al saber que el autor de la Económica seguramente no fue Aristóteles sino uno de sus (peores, imaginamos) discípulos.Dos milenios y medio después seguimos sin sacudirnos esa superstición. Hace poco, la superioridad moral del madrugador era una cosa muy de campo: “Esta mañana a las seis sí que hacía frío”. Ahora la coartada es la productividad, y hay un llamado “club de las cinco de la mañana” que entiende su vida como un excel que hay que completar —gimnasio, meditación, aprendizaje— antes de la hora de los corn flakes. Para desacreditarlo basta decir que a ese club pertenecen Richard Branson o las Kardashian. El designio de nuestro tiempo, en todo caso, es optimizar la vida: en Londres, si no reservas, tal vez te quedas sin desayunar, porque el slot que uno reserva a la amistad es las ocho de la mañana. En España somos felizmente más tardíos: si alguien llama a tu puerta a las nueve, no es un amigo, es la UDEF.No sé si hay que llegar a los extremos de aquel antiguo patricio que fingió estar enfermo para que los demás pudieran ver los ricos bordados de Alejandría de su cama. Pero ojalá “camastrón” deje de ser un insulto y regrese aquel placer dominical, pintado por Rockwell, en que toda la prole sale desfilando a misa mientras uno se queda en bata a leer el periódico y apurar las tortitas. De Luis XIV se cuenta que tuvo más de 400 camas —à la turque, à la duchesse, etcétera— y 20 pijamas: ¿quién duda de que fue una época de esplendor para la humanidad? Y, quizá por vivir al lado de Schostal, que es una tienda a la que peregrinos de todo el mundo vienen a comprar el género, observo con placer que algo se mueve: vamos dejando de dormir en calzoncillos y una camiseta de Judas Priest para abrazar de nuevo esa sensualidad de pijamas y batas y popelines. El batín ha dejado de ser una prenda de dandis desplazados de siglo. Vuelve el pijama limpito de niñas recién cepilladas y niños que huelen a Álvarez Gómez antes de dormir. Vuelve el pijama sensual que ellas sabían requisar el sábado por la mañana para el primer pitillo o el primer café. A mí me pasa: cuanto más debo madrugar, más echo de menos ese placer doméstico que lleva implícito, como un extra de dulzura, que le den por saco al mundo. Ha sido común leer estos años que a la vida hemos venido a veranear. A ustedes se lo dejo: algunos hemos venido a despertarnos a las doce.