Ana PalacioActualizado S�bado,
junio
00:29Hace tres semanas, reflexionando sobre Magnifica humanitas, constataba en estas p�ginas que su inter�s trascend�a el �mbito religioso. El argumento no se agota en la dimensi�n confesional; es civilizatorio: �qu� quiere decir defender la dignidad humana en una �poca en que la persona ya no s�lo se enfrenta a las a�agazas tradicionales del poder pol�tico, econ�mico o militar, sino tambi�n a in�ditas formas de reducci�n nacidas de la t�cnica, el dato o la pertenencia? Pues bien, el discurso pronunciado por Le�n XIV ante las Cortes Generales permite completar aquella reflexi�n, al plantear la decisiva cuesti�n del juicio. La enc�clica gira en torno a la dignidad humana ante las mutaciones que contemplamos; la intervenci�n en el Congreso a�ade la interrogaci�n basilar de la vida p�blica: �qu� condiciones necesita una sociedad para no extraviar la dignidad entre premura, polarizaci�n, t�cnica y p�rdida de discernimiento?Transitamos tiempos parad�jicos. Nunca hab�amos acumulado tanto conocimiento, tanto genio tecnol�gico, tanta informaci�n sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Sin embargo, nos resulta especialmente dif�cil diferenciar lo importante de lo accesorio, lo perdurable de lo ef�mero, la transformaci�n profunda de la conmoci�n pasajera. Sabemos m�s, pero nos guiamos peor. Y la paradoja atraviesa el n�cleo de las inquietudes contempor�neas. La inteligencia artificial multiplica capacidades cuya magnitud apenas comenzamos a aprehender. La comunicaci�n instant�nea acerca los sucesos hasta mudarlos en presencia persistente. La conversaci�n p�blica se desarrolla bajo una presi�n constante por reaccionar antes de entender. Disponemos de m�s instrumentos; no est� claro que dispongamos de m�s criterio.La Escuela de Salamanca comparece en el alegato de Le�n XIV porque all�, cuando el mundo se ensanch� de golpe, un grupo de pensadores espa�oles percibieron c�mo la ampliaci�n del poder obliga a abordar sus l�mites; c�mo la fuerza no se legitima por su eficacia; c�mo el dominio no basta para fundar derecho. El reto no era qu� pod�a hacerse, sino qu� deb�a hacerse. Cinco siglos despu�s, la misma pregunta regresa al adelantarse la capacidad humana a la conciencia moral que la contiene. El nuevo mundo ya no asoma al otro lado de los oc�anos. Se descubre en los laboratorios, en las minas de datos, en la IA, en la biotecnolog�a y en las infraestructuras digitales que organizan nuestra existencia.En 2018, en su seminal art�culo How the Enlightenment Ends publicado en The Atlantic, Henry Kissinger escribi� que la Ilustraci�n hab�a partido de intuiciones filos�ficas, posteriormente difundidas por tecnolog�as rompedoras. Nuestra era, advert�a, parece recorrer el camino inverso; ha producido una tecnolog�a potencialmente avasalladora que sigue buscando una filosof�a capaz de encauzarla. La observaci�n conserva plena vigencia; el conocimiento no alcanza a orientar los fines. Hemos extendido nuestro poder de acci�n m�s deprisa de lo que hemos aprendido a estructurar su significado. La t�cnica responde con creciente precisi�n al desaf�o de c�mo hacer las cosas. Resulta menos �til cuando trata de encajar para qu� hacerlas. Esa distancia entre capacidad y sentido no es s�lo tecnol�gica. Es pol�tica, cultural y moral.La sobreabundancia de informaci�n tampoco implica mayor asimilaci�n. La velocidad de comunicaci�n no garantiza discernimiento. La disponibilidad permanente de datos puede incluso dificultar la aptitud para jerarquizar, establecer prioridades, deslindar lo que merece atenci�n inmediata de aquello que determina el fondo de los acontecimientos. Una sociedad puede gozar de informaci�n exhaustiva y comprender poco. Puede estar conectada a cada crisis y carecer de una idea clara de su lugar en el conjunto.El discurso ante el Parlamento debe leerse, pues, como apelaci�n al discernimiento; a cultivar la facultad de distinguir cuando el exceso de informaci�n, la proliferaci�n t�cnica y el ruido p�blico amenazan con embotar el entendimiento; a reconocer los l�mites y resistir la tentaci�n de identificar capacidad con legitimidad, poder con raz�n e innovaci�n con progreso. Una sociedad precisa m�s que procedimientos, datos o instrumentos para gobernarse. Precisa juicio.Desde esta perspectiva cobra especial relieve la llamada de Le�n XIV a "desarmar el lenguaje". Podr�a parecer una exhortaci�n menor en medio de guerras, migraciones, crisis institucional y rearme. No lo es. El lenguaje no es un adorno de la convivencia, es una de sus condiciones. Las palabras ordenan la realidad o la deforman; crean �mbitos de encuentro o los clausuran; permiten el desacuerdo o lo convierten en enemiga radical.La advertencia importa a Espa�a. Nuestra esfera p�blica se ha acostumbrado a una aspereza que muchos confunden con firmeza. Pero la firmeza no exige desprecio. La discrepancia no requiere humillaci�n. Una democracia no necesita unanimidad, pero s� confianza en que la palabra todav�a puede servir para algo m�s que herir, excitar o movilizar. Cuando el lenguaje p�blico degenera, no s�lo se empobrece el tono, se empobrece tambi�n la inteligencia pol�tica.En ello reside una de las valiosas aportaciones del papa Prevost en su visita a Espa�a. No brind� una respuesta cerrada a los desaf�os de nuestro tiempo, sino una exhortaci�n a recuperar las condiciones del juicio en un colectivo que parece haber perdido confianza en �l. Ninguna sociedad puede sostenerse sin una idea del hombre y sin una palabra p�blica que abra espacio al discernimiento. Cuando una comunidad deja de separar informaci�n y conocimiento, capacidad y sabidur�a, poder y legitimidad, corre el albur de extraviarse. Puede innovar sin orientarse, legislar sin preguntarse suficientemente por lo que protege, transmitir sin comprender, reaccionar sin juzgar.Y es ah� donde surge la esperanza.No como optimismo blando ni como refugio sentimental frente a un mundo incierto. Tampoco como una invitaci�n a ignorar los riesgos que nos rodean. La esperanza que predica Le�n XIV nace de una lucidez sin concesiones al enga�o. Primero viene el reconocimiento de la realidad: una �poca de transformaciones profundas, tensiones geopol�ticas crecientes, corrupci�n de la palabra p�blica y evoluciones tecnol�gicas que alteran la trama misma de la vida social y pol�tica. Despu�s viene el juicio: la capacidad de ordenar esas transformaciones, comprender sus implicaciones y distinguir entre lo que fortalece la condici�n humana y lo que la degrada.As�, la esperanza, lejos de ser una alternativa a la lucidez, es la forma que �sta adopta cuando se niega a convertirse en resignaci�n. No suaviza la realidad; la torna habitable porque la mira sin abdicar. No promete que el mundo vaya a ordenarse por s� solo; exige que nos preguntemos qu� ha de custodiarse cuando todo cambia demasiado deprisa.Le�n XIV ha dejado en Madrid tambi�n un mensaje pol�tico: una sociedad conserva futuro cuando sabe distinguir entre lo que puede hacer y lo que debe preservar.











