La violencia fue el hecho constitutivo del franquismo y proyectó su tétrica sombra hasta la consolidación de la democracia. Más de cuarenta años de violencia institucional contra quienes se opusieron a la dictadura dejaron una huella profunda en nuestra memoria colectiva.

Si durante la Guerra Civil y el franquismo el aparato represivo del Estado aplicó la violencia como una práctica común, ya en la Transición la impunidad política y judicial quien amparó a muchos policías y grupos ultras que protagonizaron los actos violentos.

La democracia española se conquistó en la calle, se sudó y se sangró en cada manifestación organizada por el movimiento obrero

Entre 1975 y 1981, más de 220 personas fueron asesinadas en manifestaciones, o en atentados de la extrema derecha, según distintas fuentes. David Ballester, autor del estudio más exhaustivo sobre la cuestión, apunta a que 134 murieron como consecuencia directa de la violencia policial. A esa cifra hay que añadir alrededor de 70 víctimas de grupos ultraderechistas.

El mito de una Transición pactada y consensuada necesitó presentarse también como un periodo pacífico. Sin embargo, la realidad lo contradice: la sacrosanta Transición fueron años de enorme tensión, manchados por episodios sangrientos en los que la violencia se utilizó como elemento constante de presión política. La idea de una Transición inmaculada ha funcionado como relato fundacional de la democracia española, pero dista mucho de que realmente sucedió.