El pasado 8 de junio, Rodolfo Martín Villa, publicaba en EL PAÍS una columna de opinión titulada Relato de un “excombatiente” de la Transición. En dicho escrito, el que ocupó numerosos cargos políticos durante el franquismo y fue orgulloso militante de Falange española, no solo derrocha un absoluto desprecio hacia las querellas presentadas para reclamar lo que muchos gobiernos no han sabido o no han querido garantizar, verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición, sino que, además, y con enorme desfachatez, se presenta como una víctima de aquellos que lo único que quieren es imponer, según él, una memoria única. Esa memoria única de la que habla el político franquista “huele” a las proclamas del partido ultraderechista español cuando sus miembros y representantes públicos braman en contra de la memoria democrática. Esa memoria única sirve para atacar cualquier acción de reivindicación, denuncia y visibilización de los crímenes que se sucedieron en nuestro país durante más de cuatro décadas. Si el vencido osa alzar la voz y señalar a los victimarios, tanto a los que accionaban el gatillo o daban palizas en comisaría como a los que daban las órdenes para que eso se hiciera, la contestación es siempre la misma: se impone una memoria única y se va en contra del “espíritu de la Transición”, aquel periodo de la reciente historia española que se presenta no solo como ejemplar sino como pacífico, casi beatífico. Martín Villa recurre al mismo truco de magia de la memoria única que, cual mago del tres al cuarto, intenta ejecutar pasado el tiempo. Pero gracias a las acciones del movimiento memorialista y de los que iniciaron la querella argentina, que menciona con desprecio, ese truco ya no cuela. No señor, no es una memoria única que se quiere imponer, aquí no se quiere imponer nada, sino mostrar al mundo, mostrar a la ciudadanía española que aquí, en este país se torturó, se asesinó y se reprimió durante toda la dictadura.Y eso mismo siguió pasando una vez muerto el dictador y ya iniciada la “ejemplar” transición. ¿Acaso no recuerda Vitoria? Es tan cobarde su columna de opinión que ni siquiera menciona a Teófilo del Valle cuando se refiere a los hechos de Elda [trabajador que mirió en una huelga por un tiro de la entonces policía armada]. Tampoco reconoce que la guerra civil no surgió de forma espontánea, sino tras un golpe de Estado perpetrado por el que durante un periodo fue su jefe. Pero claro, somos nosotros, los vencidos, los que queremos imponer una memoria única, por cierto, la única que la mayoría de los historiadores reconoce como verdadera, la que Naciones Unidas ha reivindicado muchas veces, afeando las actitudes negacionistas de muchos de los gobiernos que han pasado por La Moncloa, y por otros palacios presidenciales autonómicos. Unos ya tuvieron su reconocimiento, su sepultura digna, su causa general pergeñada por fiscales acólitos; a los otros, a los nadie, se les impuso una losa, la del silencio, que poco a poco se retira gracias a familiares, víctimas y activistas que quieren construir sobre pilares democráticos un país que, ahora mismo, se tambalea sobre unos cimientos mohosos gracias a una Transición no tan modélica como usted, y otros muchos, proclaman. Además de ese manido argumento de la imposición de una memoria única y el de la Transición, encontramos el tercer mandamiento de los que una vez se acostaron franquistas y se levantaron más demócratas que nadie, incluso con un amigo comunista, que exhibe Martín Villa como un “hecho fáctico” de su compromiso con la democracia, expresión de un expresidente autonómico de ingrato recuerdo. Ese tercer mandamiento es el de siempre, siempre, siempre, observar lealtad a la ignominiosa Ley 46/1977, de 15 de octubre, de Amnistía; Martín Villa la define como “pilar de la reconciliación” y Naciones Unidas ha solicitado en innumerables ocasiones que se derogue. Posiblemente, en la memoria de Martín Villa, Naciones Unidas, sus relatores especiales, también nos quieran imponer una memoria única en necesaria cooperación con aquellos que perdieron la guerra, con aquellos que un día fueron torturados, amedrentados, amenazados y, en muchas ocasiones, asesinados, y que ahora reclaman justicia, la que no se les otorgó durante aquella modélica excursión de la dictadura a la democracia, porque eso es lo que parece, una inocente excursión infantil.Señor Martín Villa, pese a su discurso rancio, sus manidos argumentos, su imposición de su memoria, personal y política, su espectacular transición y sus amigos demócratas, quienes esto escribimos estaremos vigilantes intentando llevar un poco de justicia y mucha dignidad a los que sí luchaban por la democracia, a las víctimas de un periodo oscuro que aún claman desde sus tumbas, desde expedientes y sumarios deshechos, un reconocimiento que personajes como usted les niegan. Usted, y los suyos sí que imponen su memoria, la que no es ni fue nunca verdadera, que fue vilmente construida durante la dictadura, apuntalada en la Transición, y defendida por muchos como usted, pisando otra memoria que ya se abre paso de forma inexorable, venciendo poco a poco los obstáculos que ustedes quisieron poner para que la inmundicia siguiera bajo las alfombras de esa transición. Por eso siempre reclamaremos verdad, justicia y reparación y garantías de no repetición. Mal que le pese, Rodolfo. Este artículo está firmado por Llum Quiñonero, Daria Terradez, Manuel de Juan y Lucila Arago (ACIF-CEAQUA), que han promovido y apoyado la querella por la muerte de Teófilo del Valle en 1976, presentada por su hermano José Antonio, contra Martín Villa y contra el policía armada Daniel Aroca del Rey
¿Una memoria única? Respuesta desde la dignidad a Martín Villa
Los autores recriminan al antiguo dirigente franquista y de la Transición su desprecio por las querellas para reparar crímenes como la muerte en 1976 del joven trabajador de Elda Teófilo del Valle










