pluma invitadaTal vez no sea la manzana la que cambia la historia, sino la pregunta que despierta en quien la mira.
Tres grandes revoluciones —una teológica, otra científica y una tecnológica— han tenido como protagonista simbólico a una manzana, a esa fruta sencilla y cotidiana, y aparentemente inofensiva.
La primera que dio un giro a nuestra historia es la del libro del Génesis. En realidad, el texto bíblico nunca menciona que se tratara de una manzana; habla simplemente del “fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal”. Sin embargo, la tradición occidental terminó representándolo como una manzana, en parte favorecida por la homonimia latina entre malum (mal) y malus (manzano).
Tentada por la serpiente —“el más astuto de todos los animales del campo”—, Eva toma el fruto y lo comparte con Adán. Con ese gesto, la humanidad pierde la inocencia originaria y el desorden entra en la historia. La escena funda una visión moral y religiosa que ha modelado durante siglos la cultura de Occidente: la conciencia de una fractura interior, de una libertad herida, de una tensión entre el bien y el mal.
De esa caída surgiría, en la comprensión cristiana, la necesidad de redención. “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gn 3,15). La doctrina del pecado original es propiamente cristiana, pero la intuición de una edad perdida o de una inclinación humana al desorden ya había sido presentida por culturas anteriores.









