España vive en una paradoja energética: es, por un lado, uno de los países europeos que más energía solar recibe y, por otro, uno de los que menos está haciendo por aprovechar la lotería de esta privilegiada ubicación geográfica. Es cierto que el despliegue de infraestructura de generación renovable ha alcanzado un ritmo nada desdeñable, merecedor de celebración dentro de nuestras fronteras y de un aplauso generalizado fuera de ellas. La capacidad de España para producir electricidad con fuentes renovables y cómo estas han amortiguado los efectos más inmediatos en el alza de los precios de la energía tras la crisis de Ormuz ha sido alabada, de hecho, por muchos expertos internacionales. Pero, aun así, España se está quedando a medias en la revolución más importante de este siglo: la electrificación.Y es que somos capaces de producir mucha energía renovable pero todavía no hemos transformado nuestra infraestructura económica y vital para poder utilizarla al máximo: la mayoría de los coches que circulan por las calles de este país siguen funcionando con gasolina, la calefacción de nuestras casas lo hacen sobre todo con calderas de gas, el consumo de energía en la industria aún se basa en los hidrocarburos. Cuando nos paramos a observar cómo alimentamos energéticamente nuestra vida cotidiana y cómo esta sigue dependiendo del uso de combustibles fósiles, todos los datos indican que España en realidad va a remolque del resto de países europeos. Aunque nos mostremos optimistas respecto a nuestra generación renovable, nuestro nivel de electrificación deja aún muchísimo que desear. Producimos electricidad como si por fin nos hubiéramos decidido a entrar en el siglo XXI, pero la consumimos como si nos estuviera costando salir del siglo XX.Es cierto que esta dependencia de los combustibles fósiles es generalizada en Europa, pero en España se eleva hasta un desmesurado 70% de nuestro consumo energético, siendo generosos. Por eso, en cierto sentido, se podría decir que somos un país soberano únicamente al 30%. En periodos de estabilidad y relaciones internacionales confiables esto podía pasar por ser una situación relativamente sostenible. En 2026, tras una sucesión de crisis de suministros y shocks energéticos —Covid, invasión de Ucrania, guerra de Irán y cierre del estrecho de Ormuz—, desentenderse de la electrificación empieza a parecerse más bien a una dejación de funciones. Puede que en Europa aún no hayamos percibido los efectos más graves del cierre de Ormuz, probablemente debido a una combinación de factores diversos: tenemos mayor margen económico para adquirir combustible a precios elevados en comparación con otras regiones, todavía no hemos agotado las reservas de emergencia de estos combustibles, nuestros proveedores están diversificados y mayoritariamente en otros lugares del mundo y —relevante— seguramente hayamos infravalorado la potencia y el volumen que ya ha adquirido la industria renovable para ocupar parcialmente los vacíos dejados por el sistema fósil. ¿Pero hasta cuándo se puede prolongar esta calma chicha antes de que nos adentremos en una crisis inflacionaria? ¿Pondríamos la mano en el fuego por que no se vaya a producir próximamente otra crisis internacional de consecuencias desastrosas?Inmediatamente después del estallido de estas crisis, los Estados europeos y la propia Unión han presentado planes de avance en materia energética a los que les sigue faltando voluntad y ambición de transformación estructural. Pero el deseo de regresar a una normalidad alimentada por el carbono, una pulsión que atenaza a muchos responsables políticos, ya no tiene ancla en la realidad. La mayoría de los shocks energéticos internacionales de la era moderna se han producido por convulsiones geopolíticas. Hoy, cuando la convulsión de origen autocrático es la norma y nos podemos levantar cualquier mañana con la noticia de alguna intervención que sacuda nuestro suministro, resulta suicida seguir apostando por energías que nos colocan a merced de los caprichos de un puñado de mandatarios autoritarios.Esta misma semana Fundación Renovables e Instituto Meridiano hemos presentado un informe donde explicamos que a esta manía por contemporizar en el avance de la electrificación se le están viendo las costuras. La electrificación ya no es una hipótesis a futuro que dependa de ciertos avances tecnológicos que aún no se han producido. La capacidad técnica ya está aquí, es más barata que todas las alternativas y es sobradamente fiable; lo es tecnológicamente y lo es, desde luego, geopolíticamente: la luz del Sol no pasa por ningún estrecho conflictivo y, una vez hemos electrificado nuestros sistemas, en esencia no dependemos de nadie para que nuestro día a día funcione con normalidad. Los millones de máquinas de un sistema totalmente electrificado, alimentadas por energía limpia, no solo acaban con las emisiones, sino que además son máquinas de libertad.Y para avanzar no necesitamos plantear escenarios fantásticos: para aprender a disfrutar de nuestro Sol sencillamente podemos mirar al norte. Como explicamos en la publicación, solo con seguir los ritmos de electrificación de países de nuestro entorno relativamente cercano, como los escandinavos, podríamos ver cifras inmensas de ahorro energético y económico. Si España igualase durante un solo año el ritmo de electrificación de Noruega (un Estado donde prácticamente el 100% de las nuevas ventas de vehículos son ya eléctricos y con un nivel de instalación de bombas de calor por hogar que aquí equivaldría a colocar 820.000 unidades anuales), el ahorro inmediato sería de más del 5% de las importaciones fósiles. El efecto económico inmediato sería espectacular: entre 1.300 y 1.700 millones de euros ahorrados en importaciones de combustibles fósiles. El verdadero salto, aun así, se daría sosteniendo este proceso durante una década: la reducción alcanzaría el 36% en las importaciones de petróleo y gas y el ahorro sería de 16.400 millones de euros cada año. Una cifra que, por contextualizar, se acerca a las ayudas totales que, según la OCDE, China ha dado en quince años (no cada año) a su sector industrial fotovoltaico, lo que lo ha situado como el principal productor y exportador de tecnología limpia del mundo.Tanto si nos fijamos en las escandalosas cifras de ahorro como en la abrumadora imbatibilidad de la electrificación frente al fósil o en su capacidad para generar independencia energética, resulta pasmoso que no nos estemos lanzando de cabeza a una transición que, además de todo ello, es tan sencilla de llevar a cabo. La tecnología, el saber y las condiciones ya están disponibles para quien las quiera.Hoy la electrificación es motivo de feroces disputas, pero es un sistema tan manifiestamente superior que en pocos años las conversaciones sobre el tema aburrirán a todo el mundo. Hoy nos toca acelerar el proceso para llegar lo antes posible a ese plácido aburrimiento en las mejores condiciones posibles. Mañana no habrá discusión. Ha llegado el momento de electrificarlo todo.