Mientras Colombia se acerca a una nueva elección presidencial marcada por la confrontación, una frase pronunciada esta semana por el papa León XIV ante el Congreso de los Diputados de España merece ser escuchada con atención: “Custodiar la palabra para desarmar el lenguaje”. La expresión encierra una verdad sencilla y profunda. Antes de que las sociedades se armen físicamente, suelen haberse armado verbalmente. Antes de la violencia vienen la descalificación, la caricatura del adversario, la sospecha permanente y la incapacidad de reconocer humanidad en quien piensa distinto. No es una reflexión ajena a Colombia. Durante meses hemos asistido a una campaña electoral intensa, en ocasiones áspera, atravesada por acusaciones mutuas, discursos excluyentes y una creciente tendencia a presentar las diferencias políticas como amenazas existenciales. Como ha ocurrido en otras democracias del mundo, la disputa legítima por el poder ha corrido el riesgo de transformarse en una batalla por la deslegitimación del otro. Nuestra Encuesta Nacional sobre Polarización, realizada por Valiente es Dialogar y el Centro Nacional de Consultoría, reveló que el 84% de los colombianos percibe que el país está polarizado. Cuatro de cada diez consideran que esa polarización ha llegado a sus propias familias. Dos de cada cinco afirman haber tenido conflictos familiares por razones políticas. El deterioro de la conversación pública ya no es un fenómeno abstracto: ha comenzado a erosionar los vínculos más cercanos. Pero la encuesta también reveló algo esperanzador. A pesar del cansancio y la desconfianza, los colombianos no han renunciado al encuentro. Más del 90% respalda espacios de conversación entre personas con visiones distintas y cree que es posible reducir la polarización mediante cambios en la manera en que nos comunicamos. Quizás allí se encuentre una de las tareas más importantes que nos esperan después del 21 de junio. Porque una elección siempre produce ganadores y perdedores, pero ninguna elección puede darse el lujo de producir un país derrotado. El día después de las elecciones, Colombia seguirá siendo la misma sociedad diversa, compleja y plural que ha sido antes de las urnas. Seguiremos compartiendo territorios, instituciones, escuelas, empresas, iglesias, universidades y comunidades. Seguiremos enfrentando desafíos que ningún sector puede resolver por sí solo: la persistencia de la violencia, la desigualdad, la fragilidad institucional, la crisis climática, las economías ilícitas y las profundas brechas territoriales que siguen marcando la vida de millones de ciudadanos. Por eso el desafío central no será político sino democrático. Consistirá en reconstruir la capacidad de convivir con la diferencia sin convertirla en enemistad. En los últimos años, cientos de colombianos provenientes de sectores sociales, empresariales, académicos, territoriales, religiosos, culturales y políticos han venido participando en procesos de diálogo en distintas regiones del país. Muchas de estas iniciativas han surgido lejos de los reflectores. Han reunido personas que probablemente nunca habrían coincidido en otros espacios. Han demostrado que es posible sostener conversaciones difíciles sin renunciar a las convicciones propias y sin exigir uniformidad. De esas conversaciones surge una lección fundamental: el objetivo del diálogo no es eliminar el conflicto. El objetivo es impedir que el conflicto destruya las relaciones que hacen posible la vida democrática. El propio León XIV lo expresó con claridad al afirmar que “la firmeza no requiere desprecio; el desacuerdo no implica humillación”. Los colombianos necesitamos recuperar esa sabiduría. Reconocer que la democracia no consiste en que una mitad del país se imponga sobre la otra, sino en crear las condiciones para que personas con visiones profundamente distintas podamos seguir construyendo un horizonte común. Esa convicción inspira las Cinco Apuestas para Colombia impulsadas desde Valiente es Dialogar: una transformación territorial para la equidad; el cierre de brechas y la generación de riqueza; una respuesta integral a la seguridad, la justicia y las economías ilícitas; una educación que amplíe oportunidades; y el fortalecimiento de la capacidad de tramitar las diferencias mediante el diálogo. No se trata de una agenda sectorial ni de un programa de gobierno. Se trata de una invitación a reconocer que los grandes desafíos nacionales requieren acuerdos sociales más amplios y duraderos que los ciclos electorales. En un momento en el que el mundo parece atrapado entre la polarización y la incertidumbre, Colombia tiene la oportunidad de ofrecer una respuesta distinta. No porque haya resuelto sus fracturas, sino porque miles de ciudadanos vienen trabajando silenciosamente para que esas fracturas no se conviertan en abismos irreparables. La convivencia y nuestra democracia no dependen únicamente de las instituciones. También dependen de la calidad de las conversaciones y las relaciones con quienes piensan distinto. Depende de nuestra capacidad para escuchar antes de descalificar, para disentir sin humillar y para reconocer que ninguna diferencia política puede borrar la dignidad de quien tenemos enfrente. Quizás por eso la invitación del Papa resuena hoy con tanta fuerza. Custodiar la palabra para desarmar el lenguaje. Porque cuando el lenguaje deja de ser un arma, la democracia tiene una oportunidad de volver a ser un encuentro.
Custodiar la palabra para desarmar el lenguaje
Antes de que las sociedades se armen físicamente, suelen haberse armado verbalmente, y ese es el riesgo que corre Colombia










