EditorialAntidisturbios durante la oleada de violencia racial en Belfast.APActualizado Viernes,

junio

00:08Audio generado con IABelfast se ha convertido en epicentro de unos disturbios raciales que revelan la fragilidad de la estabilidad alumbrada tras d�cadas de conflicto nacionalista. Grupos de enmascarados incendiaron la noche del lunes viviendas de inmigrantes, coches y autobuses en represalia por el apu�alamiento de uno de sus vecinos a manos de un solicitante de asilo sudan�s. Las consignas xen�fobas, los ataques violentos y la intimidaci�n colectiva no tienen defensa posible. Constituyen un fracaso del Estado de derecho y una amenaza para la convivencia. Sin embargo, es preciso dar un paso m�s. La imprescindible condena moral servir� de poco si no mueve a la reflexi�n sobre el elevado riesgo de rehuir un debate, el de la gesti�n de la inmigraci�n, que preocupa a una parte creciente de los ciudadanos, empuj�ndolos hacia los m�rgenes donde prosperan los extremistas, los agitadores y las pulsiones antisistema. Es lo que se ha comprobado en las protestas antiinmigraci�n que han sacudido repetidamente el Reino Unido desde el a�o 2024.Hasta ahora, las autoridades han cre�do que denunciar el racismo equival�a a resolver la crisis, pero no ha sido as�. La realidad es que millones de brit�nicos creen que la cuesti�n migratoria no se est� gestionando de manera adecuada. A su vez, las preocupaciones sociales latentes en torno a la integraci�n, la seguridad o la presi�n sobre los servicios p�blicos son leg�timas. Cuando esas inquietudes son despachadas como prejuicios o ignorancia, terminan fortaleciendo a quienes prometen respuestas simples y radicales. La renuncia de los gobiernos democr�ticos a abordar de frente desaf�os tan complejos lleva al populismo a ocupar ese vac�o.Europa atraviesa un momento muy delicado. Las guerras en Ucrania, Oriente Pr�ximo y �frica han multiplicado los movimientos migratorios y los sistemas de asilo est�n sometidos a una presi�n cada vez mayor. La integraci�n presenta tambi�n dificultades en numerosos pa�ses. Negar estos problemas no los har� desaparecer; al contrario, alimentar� la sensaci�n de distancia entre los ciudadanos y los gobernantes.