La agresión a cuchillo de un migrante sudanés contra un hombre de 40 años en el norte de Belfast, la noche del pasado 8 de junio, grabada y difundida horas después, ha revivido el fantasma de los disturbios en Irlanda del Norte. Tres días después del intento de asesinato, las protestas no cesan. Belfast arde en los mismos barrios en que lo hizo en los años 90. Las casas incendiadas, los coches volcados y los cañones de agua de las últimas noches no se repartieron al azar por la ciudad: se concentraron en las zonas obreras lealistas —protestantes y partidarias de la permanencia en el Reino Unido— del este y el norte, allí donde los antiguos grupos paramilitares conservan ascendiente sobre la calle.PublicidadUn vídeo de la agresión, difundido como un "intento de decapitación", circuló por las redes en cuestión de horas, amplificado por figuras de la ultraderecha británica y por Elon Musk. Esa misma noche, turbas enmascaradas atacaban viviendas señaladas como ocupadas por migrantes. Pero ni la naturaleza ni la virulencia de los disturbios se explican solo por el intento de asesinato: las raíces son históricas.El balance de tres noches es elocuente. Viviendas y vehículos calcinados, familias enteras evacuadas, comercios de propietarios extranjeros atacados y decenas de intervenciones de los bomberos —62 solo en la primera jornada—. En la segunda noche, la última con cifras oficiales, 12 agentes resultaron heridos y se practicaron 16 detenciones; la Policía recurrió a los cañones de agua y pidió refuerzos a Londres. El secretario de Estado para Irlanda del Norte, Hilary Benn, denunció el "matonismo racista" y celebró que el miércoles la violencia remitiera respecto a la víspera. Pero el goteo no se ha detenido.El enemigo que cambia de caraLa historia reciente de Irlanda del Norte se construyó sobre un conflicto identitario. Durante décadas, el "otro" fue el vecino del lado opuesto del muro: católico o protestante, nacionalista –favorable a la reunificación con Irlanda– o lealista. El Acuerdo de Viernes Santo de 1998 selló una paz frágil, pero no disolvió la desconfianza. La migración, históricamente baja en la región, ha introducido un tercer actor en ese mapa, y el rechazo lo abandera de forma abrumadora el lealismo: los disturbios se han concentrado en áreas protestantes y unionistas, mientras la respuesta en los barrios nacionalistas ha sido mucho más contenida. Evropi Chatzipanagiotidou, antropóloga social de la Queen’s University de Belfast, lo explicaba a Al Jazeera: "El relato antiinmigración presenta la frontera con la República como un corredor de entrada, lo que reaviva la vieja tensión entre quienes se sienten irlandeses y quienes se sienten británicos", explica. "El fantasma no se ha ido; ha cambiado de cara", sintetiza.PublicidadLos disturbios se han concentrado en áreas protestantes y unionistasEl norte de Belfast, escenario de la agresión, es un mosaico de calles católicas y protestantes separadas por muros de la paz y castigado por la pobreza. Allí, el repliegue demográfico lealista —un escaño que hace 30 años elegía a un unionista lo ocupa hoy un católico y republicano del Sinn Féin— se ha sumado a la llegada de población migrante. Según el censo de 2021, en torno al 3,4% de los norirlandeses pertenece a una minoría étnica, el doble que una década antes; muchos de esos recién llegados han sido reubicados por el Ministerio del Interior en zonas ya tensionadas por la vivienda y el empleo. La violencia de estos días ha tenido su foco en los barrios populares de las afueras de Belfast, allí donde el desempleo y las tasas de exclusión social son más altas.Los jóvenes encapuchados que han protagonizado los disturbios, en su mayoría de barrios protestantes de bajos recursos, recuerdan al viejo paramilitarismo lealista que a finales del siglo pasado operaba en esas mismas zonas. La Fuerza de Voluntarios del Úlster (UVF) y la Asociación en Defensa del Úlster (UDA), los dos grandes grupos armados protestantes surgidos entre los años sesenta y setenta para combatir al IRA y a la comunidad católica durante el conflicto, declararon un alto el fuego en 1994 y respaldaron el proceso de paz, pero nunca llegaron a disolverse del todo: tres décadas después sus sombras siguen ejerciendo control e intimidación en los barrios obreros lealistas. De ahí la preocupación de la clase política británica ante la posibilidad de que se reactiven viejas estructuras y rutinas. Chatzipanagiotidou apunta en la misma dirección: "Aún no hay constancia de que los paramilitares orquesten los disturbios actuales, pero los jóvenes que los protagonizan son el objetivo natural de reclutamiento de esos grupos, de modo que los procesos locales convergen con la política ultra global". No es casual que la propia policía norirlandesa atribuyera ya en 2014 a la UVF una campaña de ataques racistas en la ciudad que un alto mando describió con un tufo a "limpieza étnica". El jefe de la PSNI, Jon Boutcher, ha definido lo de esta semana como un acto de autolesión colectiva: sus agentes tuvieron que poner a salvo a una familia con un bebé de dos meses.Con todo, las protestas desbordan a los grupos ultras. A las calles han salido también numerosos vecinos de esos barrios deprimidos, movilizados desde la rabia y un agravio objetivo que la extrema derecha trata de canalizar señalizando a la migración.PublicidadEl antecedente de Henry NowakLas de Irlanda del Norte no son las primeras protestas violentas con el eje racial como cuestión de fondo. Una semana antes de Belfast, Southampton ardía tras la condena del asesino de Henry Nowak. El estudiante británico, de 18 años, fue apuñalado el pasado diciembre por Vickrum Digwa, un joven sij de ascendencia india que alegó en falso haber sido víctima de una agresión racista; los agentes que acudieron esposaron y trataron como sospechoso al propio Nowak, herido de muerte, mientras este repetía que no podía respirar. La difusión del vídeo policial tras la condena de Digwa —cadena perpetua, con un mínimo de 21 años— desató disturbios en la ciudad y manifestaciones en otras urbes inglesas al grito de "I can’t breathe" (No puedo respirar). La ultraderecha lo convirtió en bandera de su relato sobre la "policía de dos niveles" y, pese a que víctima y verdugo eran británicos, de su discurso contra la migración.En el verano de 2024, el bulo de que el autor del triple asesinato de niñas en Southport era un migrante musulmán desató los peores disturbios en Inglaterra desde 2011, con más de 1.800 detenidos. En junio de 2025, la localidad de Ballymena se sublevó después de que dos adolescentes de habla rumana fueran acusados de la presunta agresión sexual a una menor: varias noches de ataques contra viviendas de migrantes forzaron la huida de cerca de dos tercios de la población romaní del municipio. Todo ello coincide con el auge de organizaciones de extrema derecha nativistas que encuentran su expresión institucional en Reform UK, el partido de Nigel Farage —promotor del brexit— que hoy lidera las encuestas con un discurso ultranacionalista que sitúa la migración en el centro del debate.El arco político norirlandés cerró filas: los cinco grandes partidos condenaron la agresión y pidieron calma, y desde Londres Keir Starmer calificó los disturbios de injustificados. Reform UK, primera fuerza en las encuestas británicas, condenó la violencia, pero la atribuyó a "algunos malos actores" y negó su carácter ultra, consciente de que cada nueva oleada refuerza su proyección política y alimenta relatos como el del "gran reemplazo". El riesgo de contagio, dentro y fuera del Úlster, es real.