El cielo amaneció más gris de lo que se esperaba. El olor a lluvia amenazaba con empañar la fiesta del balón. Las camisetas verdes, la piel que ha identificado la pasión mexicana alrededor del mundo, apenas se asomaban debajo de las chamarras y los impermeables en avenida Reforma. Eran las 6 de la mañana y la Ciudad de México amanecía vestida de Mundial, algo que no sucedía hace 40 años.A pesar de que este 11 de junio fue declarado día festivo, el transporte público se movía con algunos trabajadores de pasos resignados. Te puede interesar: Hugo Sánchez pone a España como favorita en el Mundial 2026 y llama “catedral” al Estadio AztecaLa prensa internacional se dio cita a las 6 de la mañana en la glorieta del extinto ahuehuete para tomar un autobús al estadio. Sin embargo, un retraso de casi una hora hizo crecer la ansiedad y las preguntas incrédulas. Ingleses, japoneses y españoles no comprendían el desajuste de horario.Las nubes se despejaron pronto. Fue entonces que comenzó la que estaba anunciada como la tormenta perfecta. Las manifestaciones que amenazaban con bloquear la ciudad y el alto flujo de aficionados comenzaron a desquiciar los alrededores del estadio.El retraso ya cobraba factura. A poco menos de dos kilómetros del Azteca, la salida a la lateral de Periférico, una de la dos arterias que sirven como acceso, colapsó a las 8 de la mañana. Los aficionados que tenían la posibilidad bajaban de su auto y caminaban para no retrasar los sueños.Algunos integrantes de la prensa prefirieron bajar del autobús. Entonces, a pie, comenzó un nuevo camino entre porras, rostros pintados y grupos musicales. La “Ultima Milla”, como se le denominó en los últimos meses a lo que se presentaba como un “infranqueable” dispositivo de seguridad que cercaría una circunferencia cercana al estadio, fue solo una anécdota. Los aficionados pudieron acercarse por Avenida del Imán sin operativos, sin filtros especiales y sin que nadie les pidiera su boleto. Con toda libertad, la ola de aficionados verdes se acercaban al lugar en el que han sucedido tantas cosas. En medio de todos, un pequeño lunar de camisetas amarillas identificaba a cinco aficionados sudafricanos, que gritaron “Bafana bafana” ante la cámara de Sports Illustrated. Ante la pregunta de cómo lograron conseguir un boleto y viajar miles de kilómetros a la Ciudad de México, el momento romántico se diluyó, pues trabajaban para uno de los grandes corporativos que patrocinan el evento.La caminata seguía y en el nuevo copete rojo del coloso se podía leer Estadio Ciudad de México. El corazón latía más rápido. El aroma inaugural tenía guiños del pasado. Los terrenos de Santa Ursula, cuna del único estadio tres veces mundialista, reconocen los grandes hechos del balón. Aquí fueron campeones Pelé y Maradona. Aquí sucedió el llamado “partido del siglo”. Es un estadio icónico que una vez más puso el mantel verde para que se lleve a cabo el banquete del balón.A pesar de que los pronósticos anunciaban una alta probabilidad de lluvia al mediodía, el sol brillaba en lo alto. Así fue en 1970 y en 1986. Ni siquiera el clima quiso arruinar la gran fiesta.