En resumidas cuentasUn hombre pasa junto al logotipo del euro en el centro de visitantes del Banco Central Europeo (BCE), en la sede del banco central en Fr�ncfort.AFPActualizado Jueves,
junio
14:17Audio generado con IAConviene desconfiar de quien te despierta, sobre todo si es el mismo que te durmi�. El BCE ha subido los tipos al 2,50% y la tentaci�n es repartir los papeles de siempre: el banco severo, el pa�s manirroto, el adulto que entra en la fiesta y apaga la m�sica de golpe. Pero los papeles no encajan tan limpios. El que apaga la m�sica hoy es quien la puso a todo volumen durante una d�cada entera. La misma mano que sube ahora los tipos es la que antes los hundi� bajo cero y nos dej� creer, con paternal indulgencia, que el dinero pod�a no costar nada.Y nos lo cre�mos. Esa es la parte inc�moda. Porque es comod�simo contar esto como una historia de buenos y malos —la hormiga contra la cigarra— y es mentira que sea tan limpio. La anestesia la administr� el BCE, cierto, pero el brazo lo pusimos nosotros, y lo pusimos encantados. Diez a�os de financiaci�n regalada y los fundimos en lo que se evapora en el instante mismo de cobrarse: gasto corriente, transferencias, subvenciones, cuentas prorrogadas un ejercicio tras otro porque elaborar un presupuesto era asomarse a un espejo, y daba pereza el reflejo. No sembramos nada que rinda ma�ana. Compramos un presente confortable a plazos, y firmamos los plazos, sin pudor, en nombre de quien todav�a no hab�a nacido para negarse.As� que cuando hoy alguien se�ale con el dedo a Fr�ncfort, tendr� raz�n a medias, que es la peor de las razones porque consuela sin curar. Tendr� raz�n en que el BCE sube en parte por la inflaci�n y por no descolgarse de una Reserva Federal anclada un punto m�s arriba; en que el euro flaquea y hay que sostenerlo; en que el sur de Europa baila siempre una partitura escrita en Berl�n. Pero confundir� el term�metro con la fiebre. El banco no nos enferma: se limita a tomarnos la temperatura. Porque ah� est� lo que de verdad escuece, y no es el cuarto de punto. Es que la subida sea, al mismo tiempo, buena noticia y humillaci�n, sin que podamos quedarnos solo con una de las dos. Buena, porque al fin hay una se�al de precio tras a�os de silencio anest�sico, y el dolor, aunque no lo parezca, es informaci�n valiosa: nos dice d�nde estamos realmente parados, qu� pesa cada cosa, cu�nto vale lo que d�bamos por gratis. Humillaci�n, porque esa se�al no la da un Gobierno que decide con la cabeza alta, la da un banco que obliga. No brota de una convicci�n nuestra, se nos impone desde un edificio de Fr�ncfort. Madurar est� bien en tiempos de excesos de gasto y de lamentaci�n. Que te obligue a madurar un extra�o, a empujones y a deshora, es otra cosa bien distinta, y no precisamente un motivo de orgullo y nos sucede a menudo. Este es solo el principio de las subidas de tipos.El hipotecado, por cierto, puede respirar tranquilo: el Eur�bor descont� todo esto hace meses, mientras mir�bamos hacia otro lado, y su cuota apenas se inmuta. El que debe tener cuidado es el Tesoro. Cada d�cima de m�s encarece los intereses de una deuda que no compr� futuro, solo presente. Es el agujero callado que no abre telediarios porque no tiene rostro de v�ctima, ni pancarta, ni quien lo defienda.Lo paga, en diferido, el contribuyente de ma�ana. Una generaci�n brind� hasta el amanecer y a la siguiente le toca fregar los vasos sin haber probado siquiera el vino.No pidamos, entonces, que vuelva el dinero barato (a�n sorprende que algunos lo han esperado hasta hace poco). Fue el regalo que nos volvi� imprudentes, la m�sica que confundimos con bienestar solo porque sonaba fuerte y dur� mucho. Pero no celebremos tampoco al que la apaga. No salva a nadie, solo retira lo que �l mismo hab�a servido, y nos deja a solas y a oscuras con la tarea que nunca quisimos hacer con la luz encendida. La resaca no la inventa el dinero que va a volverse m�s caro. La dej� servida el barato de ayer. Nos la bebimos nosotros brindando por un futuro que pagar�a otro.













