A primera vista podría parecer que lo ocurrido el pasado día 7, cuando se registró el lanzamiento de una veintena de misiles iraníes contra territorio de Israel, es parte de la rutina bélica en la que ambos países, sin olvidar la evidente implicación estadounidense, están sumidos desde hace tiempo. Sin embargo, la decisión del régimen iraní supone una novedad —es la primera vez que Irán lanza misiles desde su propio territorio contra Israel como respuesta a los ataques de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) contra Hizbulá en suelo libanés— y puede provocar cambios sustanciales en la dinámica negociación-escalada que se viene desarrollando desde la supuesta tregua iniciada el pasado 8 de abril.

El hecho de que Irán haya optado por lanzar sus propios misiles, sin recurrir a actores interpuestos (como Hizbulá, Ansar Allah o Hamás) y sabiendo que Israel respondería, indica no solo su capacidad para seguir reaccionando ante las agresiones recibidas en su propio suelo, sino también, pasando de las palabras a los hechos, su voluntad de ligar su destino al de sus aliados regionales. Unos aliados que resultan vitales para su propósito de resistir el acoso y derribo de Washington y Tel Aviv, en la medida en que le ofrecen bazas con las que tratar de disuadir y castigar a sus enemigos.