Netanyahu aspira a derrocar el régimen de los ayatolás, pero los análisis militares advierten de las posibles consecuencias de un bombardeo
El Gobierno de Benjamín Netanyahu, que considera a Irán su principal enemigo y no se suele frenar a la hora de lanzar amenazas, guarda, sin embargo, desde hace semanas un inesperado silencio sobre los tambores de guerra que el presidente de EE UU, Donald Trump viene haciendo sonar contra Teherán, pese a involucrarle mu...
y directamente. Más aún cuando el pasado junio inició una guerra contra la República Islámica (a la que acabó sumándose Washington) y hace pocas semanas parecía inminente que lanzaría otra ronda para afianzar su superioridad en Oriente Próximo.
Netanyahu lleva años hablando del derrocamiento del régimen de los ayatolás. El tono es crecientemente mesiánico, como si fuese el papel que le ha conferido la historia para salvar al pueblo judío. El fin de la República Islámica le supondría, además, un importante logro que agitar de cara a los comicios de octubre, en los que los sondeos no le auguran la reelección.
Pero una cosa son los deseos y otra el análisis militar y de los servicios de inteligencia, que temen que una intervención prematura sea contraproducente y saben, además, que Teherán —pese a su debilidad— conserva la capacidad de lanzar andanadas de misiles contra Israel. En resumen, que el remedio (Oriente Próximo está lleno de muertos por intervenciones extranjeras que, a priori, parecían planes sin fisuras) sea peor que la enfermedad.






