Para el mundo es simplemente “el Azteca”, pero el periodista Ángel Fernández lo bautizó con precisión barrial como “El Coloso de Santa Úrsula”, porque se levanta en la colonia de Santa Úrsula Coapa, en la alcaldía de Coyoacán. Fernández tenía talento para las metáforas memorables. En una transmisión llegó a decir que el nombre del futbolista alemán Hans-Peter Brieguel, significaba “Ferrocarriles nacionales alemanes”. Como tuve que perseguir a Brieguel durante todo el partido en la Final del 86, puedo dar fe de la exactitud de la metáfora. Era una locomotora que me hizo trajinar a fondo las dos bandas del campo en un ida y vuelta sufriente que me sirvió para conocer aún mejor el estadio Azteca.Hay una percepción personal, posiblemente divinizada, que se me impone: los partidos jugados en el Azteca tienen una luz épica. Las dos finales de la Copa del Mundo que albergó se jugaron a las 12 del mediodía, sobre los 2.200 metros de altitud en los que se levanta la Ciudad de México. El sol caía a plomo sobre los jugadores e iluminaba cada brizna de césped. Aquella luz parecía tamizada por una gasa invisible que embellecía y mitificaba el juego. ¿Efecto de la altitud? ¿Del estadio mismo, olla gigantesca que descompone los rayos? ¿O, poniéndonos definitivamente románticos, de la presencia en el escenario de Pelé y Maradona? Los dos, en la cima de sus carreras, requerían una luz a la medida de sus leyendas.La construcción del estadio comenzó en 1962 y fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el América y el Torino. Fue hijo de un tiempo en que México quería proyectar su aspiración de grandeza mientras la televisión empezaba a descubrir el deporte como espectáculo global. Esperaban los Juegos Olímpicos del 68 y el Mundial del 70. ¿Qué mejor oportunidad?El edificio fue encargado al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, responsable de obras que expresaban poder real y simbólico en la Ciudad de México, como la nueva Basílica de Guadalupe, el Palacio Legislativo o el Museo de Antropología. Cuenta Juan Villoro que Ramírez Vázquez otorgó especial relevancia al diseño exterior del estadio, “sostenido por inmensas grecas de concreto cuya geometría aludía a los frisos de las pirámides aztecas”. Por dentro, el diseño es igualmente admirable: desde cualquier rincón de su majestuosa estructura el espectáculo se ve sin interferencias.El Azteca también refleja las contradicciones del país que lo alberga. En vísperas de este Mundial hubo dudas sobre si la ambiciosa remodelación llegaría a tiempo a la inauguración. Se reabrió en marzo con un partido amistoso entre México-Portugal, siempre imponente, pero con obras todavía inacabadas. Se supone que el Mundial lo verá terminado y tan dispuesto como siempre. Lo que tiene es nuevo nombre: Estadio Banorte, banco responsable del crédito de 2.100 millones de pesos (102,9 millones de euros), coste de la remodelación. La reacción popular fue inmediata: “Pónganle como quieran, siempre seguirá siendo el Azteca”. Hay símbolos que la gente se resiste a perder y los defiende desde la palabra, arma gratuita y a veces invencible. Pero es otra evidencia de que el negocio avanza al galope y el romanticismo lo persigue al paso. Conocí el Azteca en persona veinte años después de su inauguración y llevo cuarenta viéndolo desde todos los rincones. No me acostumbro. Como canta Andrés Calamaro en Estadio Azteca, la primera vez que lo vi, “me quedé mudo”. Fue en la inauguración del Mundial 86, como parte de la delegación de Argentina, para ver un anodino Italia-Bulgaria, nuestros rivales de grupo. La organización no tuvo muchas deferencias con nosotros y nos sentaron en localidades altas. Es una manera de decir. Porque el estadio esta excavado por debajo del nivel de la calle. Uno entra descendiendo a ese cráter inmenso que no atenuó mi primera sensación, que fue de vértigo. Sentí la certeza de que, si tropezaba, me recogerían en el césped. La mole de hormigón con gradas verticales intimidaba físicamente. Aquella fiesta inaugural tuvo un prolegómeno que no supe interpretar. El estadio entero silbó el discurso de apertura de Miguel de la Madrid, presidente de México. Pensé que era la factura que la gente le pasaba por la insuficiente respuesta del gobierno al gran terremoto de 1985 que, entre cosas más trágicas, puso en peligro la organización del Mundial. El tiempo me aclaro que aquello era el principio del fin del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante 75 años había gobernado el país. El Azteca operando como ágora y el fútbol, como siempre, enmarcando, cuando no anticipando, los latidos sociales.La segunda vez que pisé el Azteca, fue el día previo a un partido. Allí estaba esperándonos, con todo su poderío arquitectónico, el gran estadio, vacío como una advertencia. Como éramos futbolistas y no arquitectos, abandonamos las piedras y nos interesamos por la hierba, que desde arriba parecía un billar. Lejos de ser híbrido, como ahora, visto de cerca el césped estaba largo, desigual, más maleza que hierba. Impropio de un Mundial. Así que nos dijimos que en ese campo no se podía jugar al fútbol. Los futbolistas tenemos tendencia a buscar excusas antes de los partidos para colgar las inseguridades. La tercera vez que pisé el Azteca fue para jugar. Se me vino encima la historia. Había llorado viendo a Pelé por televisión levantando la Copa del Mundo de 1970 con un fútbol deslumbrante que elevaba el juego y hacía del Azteca un escenario mitológico. Desde aquel día, el salvaje fútbol empezó a parecerme, también, una de las bellas artes. Clodoaldo, Gerson, Jairzinho, Pelé, Rivelino, Tostao… hasta la fonética de aquel Brasil era hermosa.Pero el Azteca no pertenece solo al fútbol. Por su escenario han pasado Michael Jackson y Paul McCartney, o combates de boxeo ante cien mil fanáticos como el de Julio César Chávez y Greg Haugen, e incluso la visita de Juan Pablo II, que ofició una misa. Más recientemente lo llenaron Shakira, RBD y Bad Bunny. El estadio fue y sigue siendo un lugar que expresa lo que la cultura tiene de espectáculo. El fútbol, sin embargo, es su especialidad y parece estar bendecido por su caótico dios. Entre sus gestas destaca el partido del siglo entre Italia y Alemania, en la semifinal de 1970, que terminó 4-3 con una prórroga delirante y con Beckenbauer jugando con el brazo en cabestrillo sin perder un gramo de su elegancia. Otra historia relevante se la tragó el olvido. En 1971, más de cien mil aficionados abarrotaron el Azteca para asistir a la final del Mundial Femenino de Fútbol entre México y Dinamarca. La FIFA no reconoció el evento, pero aquello fue un anticipo de la transformación y el crecimiento que tendría el fútbol femenino décadas después. Tener éxito antes de tiempo no parece contar para las estadísticas. Si desde arriba el estadio impresiona, desde abajo te hace sentir futbolista de los pies a la cabeza. Exactamente por vivir una experiencia así había hecho del fútbol mi profesión. Levantas la vista y aquello es una montaña de gente que hace física la frase que define al fútbol como pasión de multitudes. En aquellos días, y en el Azteca, nació la ola, un festejo colectivo que diluye las fronteras entre los dos equipos en una misma coreografía.Pero en el partido que me esperaba no había ola que atenuara la rivalidad de una guerra reciente que el fútbol parecía reavivar. En las gradas, la coreografía entre las dos hinchadas era a puñetazos. Porque mi primer partido en el Azteca fue nada menos que el Argentina-Inglaterra, con Malvinas al fondo, en el que Maradona hizo un monumento a la astucia bautizado como la Mano de Dios y otro al virtuosismo, que no necesita patente, porque le basta con ser considerado el mejor gol de la historia del fútbol. Goles que atraviesan los tiempos y le dieron al estadio otro salto de gloria. Al parecer, en ese césped sí que había una manera de jugar bien. Pelé y Maradona nacieron grandes, pero se consagraron como reyes del fútbol por aclamación popular en el Azteca. ¿Qué más se le puede pedir a un estadio? Entre los dos marcaron a fuego cuarenta años de fútbol, pero fue en un día y en un lugar, donde la genialidad sacó todo su sentido de la oportunidad y su poder de exhibición. Se hicieron memoria para siempre en el Azteca. Solo por eso el estadio debería ser un lugar de peregrinación para los amantes del fútbol. Siempre me sorprendió que el Azteca no celebrara su propia historia con un museo a la altura de su leyenda. A un estadio la condición de legendario se la da la gente, el juego, los genios que hicieron del Azteca un mito romántico. También la visión empresarial de Emilio Azcárraga Milmo (el Tigre), dueño de Televisa y del club América, donde su equipo actúa como local en el campeonato mexicano.Al principio, fue un recinto para 83.264 espectadores sentados, aunque hasta cuatro remodelaciones fueron modificando el número. A la final del 86 asistieron 114.600 personas, muchos de pie. Ahora la cifra oficial habla de 87.400. Los 631 palcos primigenio, tienen tantas capas como la historia del estadio y hablan del talento empresarial de Azcárraga padre que, para financiar el estadio, vendió los derechos de uso de esos palcos por 99 años. Pero incluso las grandes obras tienen sus intrigas. La ingeniería financiera puso ahora los palcos en disputa: ¿valdrían esos derechos adquiridos para mirar los partidos del Mundial? Finalmente, sí fueron respetados por FIFA. El Azteca como monumento, como espectáculo, como negocio y como cumbre del fútbol, será el único estadio del mundo en albergar tres Mundiales. Será en la jornada inaugural del próximo Mundial, aunque muchos pensamos que merecería otra final histórica. La Final, partido 104 del campeonato, se jugará en el MetLife Stadium, en East Rutherford, New Jersey, en el área metropolitana de New York, donde otros deportes (sede habitual de equipos de la NFL), le prestaran su estadio al fútbol. El Azteca mirará desde lejos los nuevos artificios. Ahora con piel comercial bajo el nombre de estadio Banorte, aunque la FIFA hará valer sus derechos y durante el Mundial se llamará Estadio Ciudad de México. Bailan los nombres, llegan patrocinadores, se instalan nuevas pantallas, se modernizan las tribunas, se digitaliza el estadio, cambia el fútbol. Pero el Azteca mantiene la memoria y abrirá el Mundial con aspecto joven, pero con el orgullo de un viejo sabio que lo ha visto todo. Especial Mundial 2026Este reportaje forma parte del número monográfico de 'El País Semanal' del 7 de junio dedicado al Mundial de fútbol.