La historia es un juego de espejos. El programa de Estados Unidos para regresar a la Luna recibió el nombre de Artemisa en honor de la hermana gemela de Apolo, para establecer una simetría que a menudo se ha producido a la inversa. El paralelismo más notable tiene que ver con la imagen icónica de las dos misiones, Apolo 8 y Artemisa II. Mientras en la primera se erigió como símbolo el “amanecer de la Tierra” (Earthrise), en esta ocasión la Casa Blanca ha elegido un “ocaso terrestre” (Earthset), una escena en la que nuestro planeta azul desaparece tras el horizonte de la Luna.

Esta elección funciona como una alegoría sobre el papel crepuscular de EEUU en la carrera espacial y como líder del mundo. Porque, mientras los cuatro tripulantes de la cápsula Orión regresaban hacia la Tierra, el presidente del país al que representan acababa de anunciar su intención de borrar a una civilización entera del mapa y había presentado los nuevos planes para recortar salvajemente la inversión en ciencia y en exploración espacial.

A diferencia de lo ocurrido en 1969, cuando —a pesar del convulso escenario internacional, la guerra de Vietnam y las tensiones sociales— EEUU era un imperio ascendente tras su liderazgo en un conflicto global, ahora es una nación en decadencia y cada vez más sola. Una superpotencia en vías de perder su hegemonía política, científica y tecnológica en favor de China y que parece dispuesta a sumergirnos en una tercera guerra mundial para defender los intereses de quienes la lideran.