Pocos dirigentes de la antigua Unión Soviética han recorrido un camino tan improbable como Nikol Pashinián. Periodista de profesión, opositor encarcelado, líder de una revolución pacífica, vencedor de varias elecciones y superviviente político de una derrota militar que muchos consideraron terminal, el primer ministro armenio ha vuelto a imponerse en las urnas y seguirá al frente del país durante los próximos cinco años.Su última victoria, sin embargo, está lejos de la euforia que acompañó su llegada al poder en 2018. Contrato Civil, su partido, obtuvo el pasado domingo el 49,81% de los votos y volvió a ser la fuerza más votada del país, pero perdió apoyo respecto a anteriores elecciones y no consiguió la mayoría cualificada que habría facilitado reformas constitucionales profundas. El resultado le permite gobernar, pero también refleja una Armenia más dividida y un líder que, ocho años después de la Revolución de Terciopelo, que acabó con el Gobierno de Serzh Sargsián, su predecesor, sigue siendo la figura política dominante del país, aunque ya no el fenómeno transversal que movilizó a toda una generación.Nacido el 1 de junio de 1975 en Ijeván, una pequeña ciudad de la provincia de Tavush, cerca de la frontera con Azerbaiyán, Pashinián creció en los últimos años de la Unión Soviética y en el complejo proceso de independencia de Armenia. Durante los noventa y principios de los 2000 construyó su reputación como periodista de investigación y opositor al establishment que dominó Armenia tras la independencia. Su periódico, Haykakan Zhamanak, se convirtió en una referencia para quienes denunciaban la corrupción y concentración del poder. En un país donde la política parecía reservada a antiguos dirigentes soviéticos, oligarcas y veteranos de la guerra de Karabaj, Pashinián representaba una generación diferente.Su salto definitivo a la política llegó tras las elecciones presidenciales de 2008. Las protestas contra el resultado electoral desembocaron en enfrentamientos que dejaron varios muertos y provocaron una de las mayores crisis políticas de la Armenia independiente. Pashinián pasó varios meses oculto antes de entregarse a las autoridades. Fue condenado por su papel en las protestas y encarcelado. Para sus seguidores, aquella condena consolidó la imagen de un hombre perseguido por enfrentarse al sistema. Para sus detractores, confirmó su tendencia a la confrontación.Tras recuperar la libertad regresó a la actividad parlamentaria y comenzó a construir Contrato Civil, una plataforma propia que con el tiempo acabaría transformándose en la principal fuerza política del país. Mientras muchos dirigentes de la oposición seguían anclados en las estructuras tradicionales, Pashinián entendió antes que nadie el potencial de las redes sociales y la comunicación directa con los ciudadanos de a pie.Su oportunidad llegó en 2018. Cuando el entonces presidente Sargsián intentó mantenerse en el poder mediante una reforma constitucional que le permitía convertirse en primer ministro, miles de armenios salieron a las calles. Pashinián recorrió el país a pie, encabezó manifestaciones y logró canalizar un descontento que llevaba años acumulándose.Su ascenso al poder estuvo acompañado de expectativas extraordinarias. Prometió acabar con la corrupción sistémica, democratizar las instituciones, modernizar la economía y acercar el país a Europa sin romper con Rusia. Durante los primeros años de mandato, Armenia mejoró notablemente en indicadores internacionales de transparencia, libertad de prensa y calidad institucional. El país comenzó a proyectar una imagen distinta en el exterior y atraer una atención internacional que durante décadas había sido limitada.También se impulsaron inversiones en infraestructuras, especialmente fuera de Ereván. Esa apuesta por las provincias explica en parte por qué, incluso cuando su popularidad cayó en la capital, Pashinián siguió conservando una sólida base electoral en zonas rurales y ciudades medianas.Prueba de fuegoLa gran prueba de su liderazgo llegó en 2020. Hasta entonces, muchos armenios veían en él al reformador que estaba transformando el país. La guerra de Nagorno Karabaj cambió radicalmente esa percepción. Tras seis semanas de combates, Armenia sufrió una derrota que alteró profundamente el equilibrio regional. El acuerdo de alto el fuego firmado con mediación rusa obligó a Ereván a ceder amplios territorios y desencadenó una crisis política sin precedentes.La derrota golpeó directamente la legitimidad de Pashinián. Miles de manifestantes exigieron su dimisión y la oposición dio por hecho que su carrera política había terminado. Sin embargo, logró sobrevivir y revalidó su mandato en las elecciones anticipadas de 2021, demostrando una capacidad de resistencia política poco común.En septiembre de 2023, tras la ofensiva definitiva de Azerbaiyán, la autoproclamada República de Artsaj, como se conoce en Armenia a Nagorno Karabaj, dejó de existir. Más de 100.000 armenios fueron forzados a abandonar la región en cuestión de días y buscaron refugio en Armenia. El éxodo conmocionó al país y abrió una profunda herida política y emocional que sigue sin cerrarse.Para muchos armenios, la pérdida de Artsaj constituye el acontecimiento más traumático desde la independencia. Sus críticos responsabilizan a Pashinián de haber realizado concesiones excesivas a Azerbaiyán y de no haber impedido el desenlace final. Sus partidarios responden que heredó un conflicto irresuelto durante décadas y que el equilibrio regional hacía imposible mantener indefinidamente el statu quo.Cambio de estrategiaLo cierto es que, tras la derrota, el primer ministro optó por una estrategia distinta. Su prioridad pasó a ser la firma de un acuerdo de paz con Azerbaiyán y la normalización gradual de las relaciones diplomáticas. Ese cambio de enfoque le ha valido reconocimiento internacional, pero también críticas.En paralelo, Armenia comenzó a redefinir su posición internacional. La invasión rusa de Ucrania aceleró un proceso que ya estaba en marcha. Ereván estrechó relaciones con la Unión Europea, Francia y Estados Unidos, mientras la confianza en Moscú se deterioraba progresivamente.La tensión se hizo evidente durante la campaña electoral de este año. Rusia endureció las restricciones a productos armenios, limitó importaciones de determinados sectores y lanzó advertencias sobre las consecuencias económicas de un acercamiento más profundo a Occidente. También se produjeron mensajes relacionados con el suministro energético y con el futuro de Armenia dentro de los espacios de integración liderados por Moscú.Pashinián evitó responder con una retórica agresiva. En lugar de acusar directamente al Kremlin, insistió en la necesidad del diálogo y resolver los desacuerdos mediante canales diplomáticos. Su posición reflejaba una realidad innegable: Armenia busca diversificar sus alianzas, pero es consciente de su posición vulnerable y dependiente en gran medida de Rusia en ámbitos estratégicos como los hidrocarburos o el comercio.Mientras tanto, Bruselas y Washington reforzaron su apoyo político. Francia se convirtió en uno de los principales socios de Armenia. Estados Unidos impulsó nuevos proyectos económicos y de conectividad regional. La Unión Europea incrementó su cooperación institucional y financiera. Armenia empezó a aparecer cada vez más integrada en iniciativas occidentales y menos vinculada exclusivamente a la órbita rusa.En el ámbito económico, los resultados fueron visibles. La llegada de miles de profesionales y empresas tras el inicio de la guerra en Ucrania impulsó sectores como la tecnología, los servicios y la innovación. El PIB nominal y ingreso per cápita crecieron significativamente durante la etapa de Pashinián, rompiendo años de estancamiento. Empresas tecnológicas internacionales, como Nvidia, comenzaron a fijarse en el país, mientras el Gobierno impulsaba la idea de convertir Armenia en un centro tecnológico regional.En el plano social, una de las reformas más ambiciosas de su mandato ha sido la implantación gradual de un sistema de seguro sanitario universal que deberá cubrir a toda la población antes de 2029. Se trata de una transformación profunda para un país donde el acceso a determinados servicios médicos había dependido durante décadas de la capacidad económica de cada ciudadano.“Yo soy el Gobierno”No todas sus batallas políticas han resultado exitosas. Una de las más controvertidas fue su enfrentamiento con la Iglesia Apostólica Armenia. A partir de 2025, la relación se deterioró notablemente. Pashinián y algunos de sus aliados cuestionaron públicamente el papel político de ciertos sectores eclesiásticos, mientras desde la Iglesia aumentaban las críticas a la gestión gubernamental.Durante ese mismo periodo también llamó la atención la evolución de su discurso. El líder que llegó al poder prometiendo devolver las instituciones a los ciudadanos fue adoptando un estilo cada vez más presidencialista. Una de las frases que más repercusión tuvo fue la pronunciada en agosto de 2025, cuando afirmó: “Yo soy el Gobierno”. Para sus críticos simbolizaba la creciente identificación entre el Estado y la figura del primer ministro.Esa percepción resurgió en las elecciones del pasado domingo, marcadas por una fuerte polarización. El caso más conocido fue el del activista Artur Ospirián, detenido tras enfrentarse públicamente a Pashinián. Diversas organizaciones de derechos humanos cuestionaron la medida y consideraron que la detención podía tener motivaciones políticas, alimentando el debate sobre los límites de la crítica al poder.Aun así, los armenios volvieron a otorgar la victoria a Contrato Civil. Sin embargo, el resultado estuvo por debajo de las expectativas del propio Gobierno. Aunque el partido de Pashinián mantuvo una posición dominante en el Parlamento, quedó lejos de los porcentajes que había logrado en anteriores votaciones y no consiguió el respaldo suficiente para impulsar con facilidad algunas de las reformas más ambiciosas que tenía en mente. Además, la oposición logró cerca de un tercio de los sufragios, una cifra que refleja la existencia de un bloque crítico significativo en Armenia.Lo que parece claro es que ningún otro dirigente ha marcado tanto la política armenia durante la última década. Su trayectoria resume muchas de las contradicciones de la Armenia contemporánea: la aspiración de cambio surgida en 2018, las limitaciones impuestas por la geopolítica regional, el trauma de la guerra y el debate aún abierto sobre el rumbo del país en los próximos años.