Difíciles momentos está atravesando la campaña de Iván Cepeda. Tan solo tiene 13 días para recomponerse del golpe que recibió en las urnas el pasado 21 de mayo. Muy pocos colombianos apostaban a un triunfo de Abelardo de la Espriella desde una derecha que parecía profundamente dividida.Es indudable que, desde el Pacto Histórico, se dejaron llevar de un triunfalismo que sirvió de acicate para que los votantes de la derecha -y muchos de centro- se decidieran por el voto útil. Pudo más el miedo al continuismo que el aparente y extendido supuesto que en la primera vuelta se vota con la razón y en la segunda con la emoción. Los tiempos parecen haber cambiado en estas épocas de polarización.Falló también el supuesto de que quien triunfa en la Costa y en Bogotá gana las contiendas presidenciales: De ahora en adelante las diferencias son importantes. Los resultados tan cerrados en esas dos regiones posibilitaron que De la Espriella lograra la victoria al interior del país.Cepeda ahora se encuentra en el peor de los mundos. Por un lado, debe la mayor parte de los votos a la figura del presidente y, por otro, tiene un techo impuesto por el rechazo a la figura de Petro en segmentos muy significativos de la población colombiana. Muy especialmente en las clases medias urbanas, que son aquellos más afectados por la inseguridad, la falta de acceso a los servicios de salud y a la pérdida de los beneficios para la educación superior.Pero indudablemente lo que más espanta a los votantes -y en eso se unen la derecha y el centro- es el frontal ataque a las instituciones que ha caracterizado al presidente y a la gran mayoría de los funcionarios de gobierno. En el Pacto Histórico se dejaron ganar de una especie de soberbia doctrinaria y amarraron la campaña presidencial a la constituyente, en un error garrafal que tratan de corregir ahora desesperadamente, pero que los colombianos no pueden sacar de su mente cuando han tenido un presidente, unos legisladores, unos ministros y muchos funcionarios de la campaña empujándola durante meses.Otro error de cálculo fue la elección de su fórmula vicepresidencial. Aída Quilcué por supuesto es una persona respetable y valiosa en sus luchas sociales, pero representa una imagen más radical que la del propio Cepeda. Por otro lado, la muy acertada decisión de De la Espriella de poner a José Manuel Restrepo equilibró sus discursos incendiarios, pero sobre todo le dio una profundidad a la campaña que no tiene ninguno de los demás. El país se siente tranquilo con esa figura y es casi inimaginable un debate Restrepo-Quilcué en temas de fondo que preocupan a todos los colombianos.Cepeda ha hecho un importante esfuerzo, pero realmente parece casi postizo que pretenda ser menos doctrinario e ideologizado cuando ello está en su ADN, en su impronta personal. La propia convocatoria a un debate -que parece su única tabla de salvación-, es agresiva y descalificadora. Un debate de improperios es lo último que se merece este país y va contra los intereses de la propia campaña progresista.Amanecerá y veremos, muchas cosas pueden pasar en las últimas dos semanas de campaña. Pero Cepeda y compañía la tienen cuesta arriba. Los dueños de lo que resta de los votos de centro son, especialmente, Oviedo y Fajardo, porque Claudia López los tiene muy contaditos. Ellos parecen muy renuentes a acompañar una aventura tan incierta. A la izquierda solo les queda lo que Petro y compañía puedan hacer desde el gobierno -que es mucho y bastante truculento- lo que nos llevaría a un gobierno hegemónico y netamente ilegitimo. Es demasiado el poder gubernamental, sin embargo, es mucho lo que los colombianos podemos hacer para no permitirlo.