El 31 de mayo, Iván Cepeda, candidato de la izquierda para gobernar Colombia, se llevó un golpe que le costó unos días digerir. No había ganado las elecciones en primera vuelta como él pensaba. Y aún peor. Después de semanas liderando encuestas, ahora iba a tener más difícil ganar la presidencia. Su adversario, el ultraderechista Abelardo de la Espriella, no solo iba a disputarle la segunda vuelta, sino que iba a hacerlo en cabeza. Le aventajó con más de 650.000 votos. “Está muy tocado”, contaba su entorno aquellos días.El equipo del candidato —y él mismo— pecaron de una mezcla de soberbia e inocencia. Menospreciaron la campaña de El Tigre, como se ha hecho llamar De la Espriella, y creyeron que sin dar entrevistas, sin apenas generar contenido en redes y con un candidato que leía sus discursos de forma monótona, ganarían una de las elecciones más polarizadas y emocionales que se recuerdan. Apenas unas horas antes de la votación, los asesores del senador manejaban unos números victoriosos inverosímiles, que ahora lo son aún más. Todo falló y no tenían plan B. “Nadie contempló qué pasaba si no ganábamos”, reconoce un miembro de su equipo.Cepeda perdió una semana recomponiendo el golpe y la nueva estrategia. “Nos agarró con los calzones abajo”, dijo el exsenador y aliado Gustavo Bolívar en Caracol Radio. “No teníamos nada preparado, nada, nada. Tocó empezar a crear un eslogan, un símbolo, muchas cosas”. Y así, el candidato que se presentó a una elección prometiendo que no iba a cambiar, tuvo que empezar a sonreír más, a abrazarse a la gente, a hablarle a la cámara e incluso a aliarse con kpopers, los fanáticos de la música pop coreana que le han turbinado la campaña en redes.El hombre que ha construido toda su vida pública sobre la paciencia y el cálculo largo vive desde hace tres semanas en pleno sprint. Se enfrenta a su opuesto, un candidato que ama el show, la provocación, la ropa llamativa, el lujo, los aviones privados, los sombreros, las proclamas sencillas… Un abogado penalista que no está acostumbrado a perder. Cepeda, bogotano de 63 años y senador desde hace más de una década, es tranquilo, reservado, reflexivo y solo se rodea de gente en la que confía mucho. Incluso cuando se equivocan. En primera vuelta, esa fidelidad a sus asesores que no estaban sabiendo leer el fenómeno de El Tigre jugó en su contra. Lo que decían iba a misa porque confía en ellos. La historia que define a Cepeda es la muerte temprana de sus padres. Primero fue su madre, Yira Castro, que falleció de un cáncer cuando él tenía apenas 18 años. Después fue el asesinato de su padre. El 9 de agosto de 1994, Manuel Cepeda llevaba apenas dos semanas como senador comunista cuando unos sicarios lo mataron a tiros en su coche en Bogotá. Su hijo iba camino de la universidad cuando se topó con el carro acribillado. Se bajó del bus y lo lloró delante de todos. Los reporteros de televisión lo entrevistaron en caliente y lanzó su primer alegato político sin romperse. “Que no quede este crimen impune, como el de tantos hombres justos y valientes”. Tenía 31 años y sigue siendo el mejor ejemplo de la compostura que lo acompaña hasta hoy. Esos dos duelos, cuentan sus amigos, pesaron en su decisión ya desde joven de no tener hijos. Lo que sí tiene son, además de tres perras chow chow a las que mima, dos sobrinas, hijas de su hermana María, con las que, según la familia, ejerce de confidente, de tío que escucha y aconseja. El candidato, cuenta su amigo, el poeta Federico Díaz-Granados, heredó de su madre lo menos visible de su personaje público: la vitalidad, el humor y la capacidad de reírse de sí mismo. De su padre, el más ortodoxo de los dirigentes comunistas colombianos, sacó la firmeza en las convicciones, esa apariencia de inamovilidad que sus adversarios leen como rigidez. “Pero también la escucha, la capacidad de negociar que tendría también como presidente”, cuenta Díaz-Granados.“Cepeda es una persona razonable, amable, con la que uno puede sentarse a hacer acuerdos”, dice un importante actor político colombiano que le conoce bien y que prefiere hablar desde el anonimato. “No es cierto que sea el comunista cerrado que dicen”. Cepeda estudió filosofía en Bulgaria en los años previos al desmoronamiento del bloque soviético, pero volvió a Colombia en 1987 con serios cuestionamientos al comunismo soviético. Ante todo, Cepeda es el hombre que se enfrentó a Álvaro Uribe, la figura que ha dominado la derecha colombiana en las dos últimas décadas. En 2014, desde su escaño en el Senado, expuso los presuntos vínculos del expresidente y entonces senador con los paramilitares. Uribe abandonó la sala, cruzó a pie la Plaza de Bolívar y lo denunció ante la Corte Suprema. Era una de las maquinarias más poderosas de la política colombiana contra un senador de izquierdas en un país que había pasado años asesinando a gente como él, como su padre. El caso se volvió en contra del expresidente: el tribunal archivó los cargos contra el senador y abrió una investigación sobre Uribe y sus abogados por presunto soborno a testigos. En 2025 fue condenado a 12 años de prisión. Una segunda instancia lo absolvió y Cepeda recurrió para que el caso siguiera vivo. De ahí se lanzó a la campaña presidencial.Cuando uno escucha hablar de Cepeda, resulta difícil imaginarlo al mando de un país con altos niveles de corrupción y en el que las alianzas con las cloacas del poder parecen indispensables para gobernar. Una de las decisiones del candidato fue no usar todo el dinero permitido para la campaña y no aceptar varios aportes privados que le prometieron. Terminó financiándose con una cooperativa solidaria, mientras su rival se apalancó con los grandes bancos del país que negaron sus recursos al izquierdista. Cepeda invirtió 14.000 millones de pesos, unos 4 millones de dólares, frente a los 32.000 de El Tigre. Fue una campaña austera hasta el punto de que no había dinero para comprar los zapatos a las comunidades indígenas que debían caminar ocho horas por la selva si querían llegar al punto de votación. “Es que ese es Iván”, contaba su esposa Pilar Rueda a EL PAÍS.El candidato promete acabar con el derroche. Promete que su primera medida, si gana, será rebajar su propio salario y el de sus ministros. Después vendrán las dietas, los vehículos oficiales, los viajes al exterior —solo los indispensables, y cualquier gasto extra lo asume el funcionario de su bolsillo—. Lo llama austeridad republicana, y la resume con una consigna que tomó prestada de México: el que debe apretarse el cinturón es el gobierno, no el pueblo. En un país harto de ver cómo el Estado es saqueado desde dentro, Cepeda intenta convertir su propia austeridad —la misma que lastró su primera vuelta— en un activo en la recta final de su campaña.El senador llegó a la carrera presidencial unido a Gustavo Petro como por un cordón umbilical. El presidente le ha dado lo que él no tiene —un respaldo popular de cerca del 50%, el carisma, la base movilizada y el proyecto político que ha gobernado Colombia cuatro años— mientras Cepeda ofrecía lo que a Petro se le reclama: serenidad, coherencia, disciplina y una figura que no busca ser el centro de atención. Durante meses, la alianza funcionó, hasta que, tras los resultados de la primera vuelta, comenzó a ser un lastre: Petro es muy querido, pero también muy odiado.Durante estas últimas semanas, las publicaciones de Petro en X han encendido la prensa cada mañana —o cada noche—. El presidente tuitea compulsivamente, abre crisis diplomáticas, interviene en política aunque la ley se lo impida y lanza propuestas y órdenes sin consultar. En el entorno de Cepeda cundió la alarma: Petro amenazaba con convertirse en el protagonista de una historia que no era la suya.Las intervenciones del mandatario han torpedeado tanto la campaña de su candidato que empezó a cuajar la teoría de que en realidad Petro no quería la victoria de Cepeda para convertirse él en el mayor opositor de De la Espriella, como un gran símbolo de la izquierda latinoamericana. El problema es que tampoco era fácil deshacerse de él. El episodio más tenso llegó apenas un día después de la primera vuelta: Petro planteó renunciar a la presidencia para poder hacer campaña sin restricciones legales. Cepeda se plantó. Le respondió que si él renunciaba, él también se bajaba. Igual que no podía haber dos presidentes, no podía haber dos candidatos. Logró además que Petro enterrara su propuesta de constituyente, el proyecto político frustrado con el que quería sacar adelante las reformas que el Congreso le tumbó.A diferencia de su adversario, Cepeda no ha proclamado su distancia de la vieja política, pero se ha negado a dejarla entrar en su campaña. Tras los resultados de la primera vuelta, Petro reiteró que Armando Benedetti —el político más hábil y más cuestionado de la izquierda colombiana, un hombre que ha cambiado de bando cuatro veces y que acumula investigaciones por corrupción— entraría a operar y movilizar votos cuanto antes. El presidente también insistió con Roy Barreras, otra figura que ha militado en casi todos los partidos posibles y que intentó competir con Cepeda como candidato de la izquierda. Pero el senador no cedió, aunque sabe —cuentan en su entorno— que esa decisión puede costarle la presidencia.La contienda presidencial se ha simplificado como el enfrentamiento entre dos extremos radicales. Cepeda, el “narcocomunista” —como lo llama la derecha—, y De la Espriella, el hombre de orden del conservadurismo. Colombia está partida por la mitad, pero hay quien cuestiona que los dos polos sean comparables. “Las propuestas de la derecha son más radicales que las de la izquierda”, dice el político con décadas de trayectoria que pide anonimato. “Cepeda en el fondo ha sido continuista, mientras De la Espriella ha prometido sacar a Colombia de la ONU, de la Organización de Estados Americanos y de la Corte Penal Internacional”. A El Tigre lo temen los periodistas, a los que lleva a los tribunales sin pestañear, los movimientos sociales, las minorías y quienes ven en sus promesas de ruptura institucional una amenaza a la democracia. A Cepeda, los mercados, el empresariado y una derecha que lleva meses llamándole peligroso guerrillero sin que él haya encontrado la fórmula de sacudirse esas etiquetas. Diez días antes de la segunda vuelta apareció por fin el plan de gobierno: 118 páginas tituladas Tres revoluciones para hacer de Colombia una potencia mundial de la vida. Es más concreto y más moderado que las 400 hojas de discursos que leyó durante meses en plazas públicas y que vendió como hoja de ruta. No hay constituyente, ni paz total —la apuesta de Petro de negociar con todos los grupos criminales a la vez que fracasó—. En su lugar, contempla un gran acuerdo nacional para las reformas que el Congreso le bloqueó a Petro y un modelo de paz que parte del cumplimiento del acuerdo con las FARC. Sobre cómo retomar los diálogos con los grupos armados que siguen activos, el documento no concreta. En lo económico, apuesta por una reforma agraria, industrialización y banca pública al servicio de la economía popular, con subsidios ampliados para los más pobres y los ancianos. Son compromisos costosos en un país que cerró 2025 con un déficit del 6,4% del PIB —un nivel que históricamente solo se había observado en momentos de crisis extraordinarias— y el programa no explica de dónde saldrá el dinero.La aparente rigidez de Cepeda contrasta con una faceta desconocida, la del gran bailarín de salsa, como parte de una formación. Cuenta su amigo Granados que Cepeda creció en los años en que la tertulia política de la izquierda bogotana se daba en los bares de son cubano, donde la nueva trova y la canción de protesta eran la banda sonora de una generación que combinaba el marxismo con los ritmos antillanos que llegaban de La Habana. Sus primeros exilios, de niño, fueron en Cuba. Esa educación sentimental y musical convive con el hombre serio que lee sus discursos en las plazas sin soltar el papel.A apenas unas horas de que Colombia acuda a votar entre el miedo y el odio, Cepeda necesita convencer a millones de electores de que no es Petro, ni el hombre peligroso que sus adversarios llevan meses pintando. Su problema es que ahora debe hacerlo corriendo.
Iván Cepeda, el candidato que se desprendió de Petro para combatir a la ultraderecha
El aspirante oficialista, favorito en las primeras encuestas, intenta enmendar una campaña aburrida y austera superada por el ‘show’ de Abelardo de la Espriella







