Espacios de encuentro, lugares en los que fortalecer el pensamiento crítico, sitios en los que coincidir con personas con las que compartes la visión del mundo y paredes que se transforman en exposiciones. Gracias al tesón de sus impulsores, conscientes de que comercios así también pueden convertirse en epicentros culturales, las librerías nunca fueron meras tiendas a las que ir a comprar. Pero en la Comunidad de Madrid cunde un miedo alquilado al futuro. Más del 80% de ellas señala a la presión inmobiliaria como un riesgo para su estabilidad. Los resultados de una encuesta realizada por la Asociación de Librerías de Madrid a sus integrantes recogen que más de ocho de cada 10 de estos negocios ocupan espacios alquilados y, tan solo, el 14,3% afirma tener garantizada su continuidad en el local actual. Además, el riesgo inmobiliario es “alto o muy alto” para el 41% de ellas en los próximos dos años. Por eso, reclaman ayudas por parte de la Administración, pero también piden al público acudir a ellas antes que a grandes plataformas digitales.Mili Hernández lleva en Chueca desde que comenzó con la Librería Berkana en 1993. En aquel entonces, el barrio era una zona céntrica de la capital degradada por la droga. “Empezamos pagando 125.000 pesetas al mes por el alquiler. Ahora estamos en 2.700 euros, pero hemos llegado a pagar 4.500”, confiesa. Este espacio dedicado a la literatura LGTBIQ+ ya ha dejado dos locales atrás, el último en 2011, golpeadas por la crisis económica. “Fue el primer negocio de la zona dedicado al colectivo”, rememora. Al tiempo, Chueca se convirtió en un barrio “chupiguay”, según define esta librera de 66 años, lo que incrementó el precio de los alquileres. Ubicados ahora en la calle Hortaleza, Hernández explota al máximo los 50 metros cuadrados en los que consigue mantener la esencia con la que nació Berkana. “Yo no tengo beneficios. Lo que sacamos todos los meses va para pagar a dos empleados a tiempo parcial, mi sueldo y el alquiler”, admite.Miedo al futuro Próxima a su jubilación, la librera destaca que puede estar algo tranquila durante los ocho años que quedan para que venza el contrato de alquiler. “No podríamos asumir ninguna subida porque no hay remanente”, se queja. Algo de suerte tuvo Beatriz Martín, al frente de la Librería Balqís, en el barrio de Arganzuela, a donde llegó a finales de 2024 tras verse expulsada de la Casa Árabe. Sus ejemplares especializados en Oriente Próximo y África encontraron un nuevo hogar, rebajado por su dueño cuando se enteró que el futuro del local sería una librería. Martín recalca que “las librerías jugamos con un beneficio, en el mejor de los casos, del 30% de nuestras ventas”. A pesar de este golpe de fortuna con su casero, en su caso las ganancias no alcanzan ni el salario mínimo. “Lo primero siempre es el alquiler y yo estoy pagando unos 2.000 euros al mes”, admite a sus 49 años. Dentro de tres años y medio se terminará su contrato. “Yo espero que esta burbuja haya explotado para entonces y el propietario siga estando en el lado correcto de la historia y no abuse”, desea viéndose rodeada de las fotografías de Etiopía que decoran la Librería Balqís.Sergio Bang habla desde Lavapiés mientras enfrenta la faena que supone la llegada de la Feria del Libro a la capital, al igual que los demás libreros consultados para este reportaje. Él dirige la Librería Grant, que este mayo ha cumplido 12 años en el barrio. Les quedan tres para pactar por primera vez un nuevo contrato de alquiler: “Tenemos miedo de lo que pueda pasar. A mí me parece que queda poco tiempo para que llegue ese momento porque necesito saber cómo voy a vivir, pero a mi casero le parece que todavía es mucho para negociar”.Alquileres pensados para el turismo Si una librería llega a cerrar, no solo se perdería un comercio más de proximidad, sino un espacio de encuentro y confraternización. “Esto es casi un centro cívico en el que ocurre de todo en los clubes de lectura, presentaciones, debates y visionados de películas y debates”, ilustra este librero de 50 años. Sin ir más lejos, en estos momentos en Grant se puede visitar una exposición sobre represaliadas durante el franquismo. Esa ambivalencia de ser a la par nodo cultural y músculo comunitario y verse a merced de un mercado inmobiliario “desbocado”, como lo tilda Sergio Bang, acrecienta la incertidumbre y crea cierta frustración en los profesionales del libro. En el caso de Grant, más de un tercio de las ganancias va dirigido al pago del local. De todas formas, acaban de abrir una nueva cerca del Hospital Niño Jesús, en el Retiro: “Hemos hecho un gran esfuerzo económico personal porque no sabemos qué pasará aquí. Hay que apostar por lo que te dedicas, aun con riesgo. En eso consiste en nuestra vida: los libros”, concede.El contrato de alquiler de la mítica Librería Pérgamo, en el barrio de Salamanca, pronto llegará a su fin. Pablo Cerezo, al frente de este negocio que reabrió hace casi un lustro, confía en que las dueñas no plantearán una gran subida de la renta, “pero esto no te lo asegura nadie”. Este joven de 27 años cifra en torno al 60% las ganancias que envían a sus caseros todos los meses: “Nos desvivimos para pagar unos alquileres pensados para un modelo de ciudad no orientado a sus ciudadanos, sino al turismo y la inversión extranjera”, denuncia.Ni siquiera un espacio como este, que siempre ve colmados sus clubes de lectura, talleres y presentaciones, y que vende muchos libros, tiene garantizada la supervivencia. “Estamos tan al límite que no podríamos aguantar una subida del alquiler, y ya vamos asfixiados. Que un proyecto como nuestra librería sea rentable en el corto plazo hace que sea inviable en el largo, porque acabamos agotados”, se explaya.Mucho más que un comercio Pérgamo, Grant, Balqís y Berkana son cuatro nombres tan propios como comunales. Todos estos espacios comparten el haberse erigido como lugares en los que fortalecer un sentimiento de pertenencia en ocasiones diluido por los ritmos de Madrid. Algo similar sucede en la Librería Dykinson, donde Luis Miguel Tigeras es subdirector, además de presidente de la Asociación de Librerías de Madrid. “Vemos todo esto con mucha preocupación”, adelanta. Según la encuesta realizada por el gremio, una de cada tres librerías ha renunciado a contratar personal, reducido inversiones, replanteado ampliaciones o, incluso, valorado el cierre del establecimiento por la presión inmobiliaria, como ya ocurrió con Tipos Infames en la capital y El Movimiento del Caracol en Alcobendas.Con una experiencia de 53 años a las espaldas, Dykinson está abierta al público en Argüelles, en dos locales. En el que alquilan, entre el 20 y 30% de sus ganancias van a parar al casero. “Para pagar un alquiler se necesitan vender muchos libros, y cuando digo muchos son muchísimos”, asegura Tigeras a sus 36 años. Según sus cálculos, si la renta fuera de 1.500 euros mensuales, 320 ejemplares vendidos por el negocio irían solo para sufragar el alquiler. La Asociación ha tomado nota de la incertidumbre que reina en el sector y ya ha mantenido contactos con la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. “Cuando se cierra una librería, el barrio pierde un agente cultural que a todos nos ayuda a encontrar un respiro, una pausa, aprender y a pensar de manera, no sé si diferente, pero sí crítica ante cualquier situación”, concluye el presidente del colectivo.