Porque las escuelas no solo transmiten conocimientos, también forman ciudadanos. 7 de junio, 2026 - 08h30Hace unos días, durante una clase virtual con estudiantes de la carrera de Educación, formulé una pregunta: ¿dónde se educa una persona? La gran mayoría (84 %) respondió que en la casa. Solo una minoría señaló a la escuela. Esta respuesta no me sorprendió, puesto que refleja una idea bastante arraigada en nuestra sociedad actual y sobre todo entre muchos docentes: “La educación corresponde a la familia; la escuela se encarga del conocimiento”. Como padre de familia la he escuchado en reuniones escolares. Como profesor universitario la sigo escuchando en la formación de futuros educadores. Y cada vez que la oigo, me surge inevitablemente la misma pregunta: ¿cuál casa?Se habla de la familia como si todos los niños crecieran en hogares estables, con padres presentes y comprometidos con su formación. Pero la realidad es mucho más compleja. Muchos niños viven en entornos marcados por la violencia, el abandono, la pobreza o la desintegración familiar, sin referentes positivos. La familia debería ser el primer espacio educativo, pero cuando ese entorno no existe o no cumple adecuadamente su función, la escuela y los maestros no pueden mirar hacia otro lado.PublicidadCon frecuencia escucho decir que el docente está para enseñar matemáticas, ciencias o lenguaje y que la formación humana corresponde exclusivamente a los padres. Sin embargo, esa separación nunca ha existido realmente, todo profesor educa cuando escucha, orienta, corrige, acompaña o sirve de ejemplo.Crecí en La Villegas, hoy parroquia rural del cantón La Concordia. En aquellos años, el maestro era una figura preponderante dentro de la comunidad. No solo impartía clases, sino que además era una referencia intelectual y humana para niños y adultos. Todavía recuerdo la sensación que me producía encontrarme con mis profesores fuera de la escuela. No era miedo. Era respeto. Ellos representaban algo valioso para toda la comunidad: el conocimiento, la cultura y la posibilidad de un futuro mejor. Es obvio que esto, prácticamente, se está perdiendo. Para muchos niños, la escuela es un espacio seguro, una oportunidad para ampliar horizontes y, en algunos casos, es el único contacto cotidiano con una persona inteligente, preparada y “comprometida” con su desarrollo. PublicidadPublicidadEl maestro puede ser la única persona que les muestre un horizonte distinto al que conocen. Por eso me preocupa cuando escucho que la educación debe darse en casa. No porque la familia no sea importante, sino porque demasiados niños no tienen acceso a la familia ideal que solemos imaginar cuando pronunciamos esa frase. PublicidadEl nuevo Ecuador no es posible si se descuida la formación de sus ciudadanos. Quizá una de las mayores oportunidades que tiene hoy el Ministerio de Educación sea recuperar la centralidad de la escuela y la relevancia social del maestro. No para sustituir a las familias, sino para acompañar y educar allí donde las circunstancias han dejado vacíos difíciles de llenar. Porque las escuelas no solo transmiten conocimientos, también forman ciudadanos. Y si realmente aspiramos a construir un nuevo Ecuador, debemos empezar reconociendo una realidad incómoda: para muchos niños, la escuela sigue siendo su única oportunidad. (O)Vallardo Villegas Ricuarte, biólogo y magíster en Gestión de Proyectos, GuayaquilPublicidadPublicidad¿Tienes alguna sugerencia de tema, comentario o encontraste un error en esta nota?