Hasta hace apenas un par de años, muchas de las discusiones, tanto dentro de las instituciones educativas como en la sociedad, giraban alrededor de la necesidad de brindar acceso a la conectividad y a los dispositivos para disminuir las desigualdades. Desde las políticas públicas se promovía la incorporación de tecnologías a las aulas con la ilusión de que eso, per se, garantizaría que la totalidad de los estudiantes pudieran acceder a ellas y que las brechas existentes quedarían saldadas. Pero esto no sucedió. Hoy la situación es distinta. La irrupción de la inteligencia artificial generativa vuelve a poner ese debate en el centro de la escena, pero de un modo más complejo. Un estudiante puede pedirle a una IA que le resuma un libro, le explique una teoría científica, le redacte un ensayo o le prepare una guía de estudio. Nunca fue tan fácil obtener respuestas. Y, sin embargo, pocas veces resultó tan necesario preguntarnos cuál es el verdadero sentido de la educación. Esta tecnología nos está obligando a revisar algunas de las preguntas más profundas de la pedagogía. No porque las máquinas hayan reemplazado a docentes o estudiantes, sino porque ponen en cuestión algo mucho más básico: qué valor tienen los procesos de búsqueda, interpretación y reflexión cuando las respuestas parecen estar disponibles de manera inmediata.