Cada mañana, de lunes a viernes, millones de familias se sumergen en un ritual que despierta a ciudades, pueblos y parajes rurales. “Apurate, llegamos tarde”, “No te olvides el cuaderno”, resuenan en hogares donde el tiempo apremia. En ocasiones se oye también un “Comé algo antes de salir” (en los hogares donde el desayuno no es un lujo ausente). Las personas lo dicen mientras miran sus teléfonos celulares para informarse sobre las últimas noticias, interactuar con otros miembros de la familia por mensajes instantáneos o divertirse con memes sobre el resultado del partido de anoche o una crítica a los dichos del político de turno.

En tanto, algunos estudiantes llegan en autos que surcan la ciudad guiados por GPS, otros recorren el camino a la escuela en soledad, a pie por senderos montañosos, cruzando ríos en balsas o en colectivos abarrotados escuchando música desde sus teléfonos celulares. Muchos lo hacen sin siquiera un adulto que los acompañe, pero “compartiendo ubicación” porque en casa no hay quien pueda estar con ellos físicamente pero quieren tener certeza de dónde están, mientras que otros, en el camino, van pasando a buscar a compañeros y amigos, que los esperan viendo un video corto vertical en TikTok, la repetición de algún gol o haciendo apuestas en un sitio ilegal. Algunas interpelaciones tardías como “¿Hiciste los deberes?” resuenan un momento antes del ingreso a clase, mientras el último abrazo (o su ausencia) y la docente en la puerta completan un rito centenario que pone en marcha el pulso de las sociedades. La escuela no solo organiza el tiempo de las familias, es un motor que desde hace más de un siglo impulsa la construcción de lo colectivo.