EntrevistaTener información todo el tiempo hace que la persona piense que se está perdiendo algo. Foto: iStock07.06.2026 00:29 Actualizado: 07.06.2026 01:05
El cerebro hackeado. Ese es el título del libro en el que Aarón Fernández del Olmo (Madrid, 1981) repasa “cómo los teléfonos móviles alteran nuestro comportamiento” (Kailas, 2026). Con la hipervelocidad, la superficialidad y la sobreestimulación, los smartphones están afectando la forma en que funciona el cerebro; un fenómeno que está sucediendo no solo entre niños y adolescentes, sino en todos los rangos de edad. Este neuropsicólogo nos explica de qué manera las pantallas pueden alterar nuestra cognición.En su libro, el neuropsicólogo explica el alcance y la gravedad de esta realidad en la población. Foto:iStockUsted habla de cuatro grandes ‘trampas’ que le hacen los teléfonos inteligentes a nuestra cognición: la sobreestimulación, la hipervelocidad, la superficialidad y la ultraconexión. ¿Cómo están impactando –o, por usar el título de su libro, hackeando– nuestro cerebro?Lo que ocurre con esas trampas es que, en general, nos exigen más de lo que nuestros cerebros están preparados para dar. Nuestro cerebro se ha ido moldeando para encajar en un mundo natural que tiene sus tiempos y velocidades, de manera que se adapta muy bien a él. El problema viene cuando creamos unos dispositivos que tienen una velocidad muy superior al mundo que nos rodea y al que estamos acostumbrados a procesar. Así, ahora tenemos muchos estímulos que se encadenan y nos saturan a una velocidad que no podemos asumir, y eso termina por generarnos una sobrecarga. Por eso, ocurre lo que denomino ‘superficialidad’, en el sentido de que las experiencias tienen menos profundidad (les dedicamos menos tiempo) y nuestras huellas de memoria se vuelven más frágiles. Tampoco nos ayuda el sentirnos ultraconectados: el tener información todo el tiempo siempre nos lleva a pensar que nos estamos perdiendo algo y a poner al servicio de la información cosas que son necesarias para el ser humano, como el sueño o los tiempos de reflexión. LEA TAMBIÉN Actualmente, gran parte de la población –desde edades tempranas hasta la tercera edad– tiene un patrón de uso compulsivo con los teléfonos móviles. ¿Qué efectos tiene esto sobre la salud mental en las diferentes etapas de la vida (niños, jóvenes y adultos mayores)?Los efectos son muy diferentes precisamente según a que edad nos refiramos. Lo que nos encontramos a nivel cognitivo en edades tempranas es la posibilidad de un 'desplazamiento' de actividades que resultan fundamentales para el neurodesarrollo por cuenta de un uso excesivo de pantallas y celulares. Una especie de coste de oportunidad de aprendizaje. Un bebé llega al mundo dispuesto a aprender del entorno para construir su integración sensorial, su lenguaje o sus capacidades de interacción social. Pero las debe aprender del mundo en el que nosotros nos construimos como especie. Los celulares estimulan mucho, pero no de la forma en que nuestros cerebros requieren para formarse. Eso provoca problemas a nivel cognitivo en edades tempranas, en especial porque los mecanismos de control atencional no están desarrollados y es más fácil caer en un uso compulsivo. Otro foco lo tenemos que poner en la preadolescencia y la adolescencia, etapa vital para el desarrollo de la personalidad y la gestión de las emociones. Existen ciertos factores de vulnerabilidad que provocan que precisamente la exposición a móviles en la adolescencia tenga ciertos peligros, muchas de ellas relacionadas con la autoestima, el estilo de atribución o incluso el género, que no deberíamos dejar de tener en cuenta de cara a buscar una prevención de riesgos. En las etapas adultas, el riesgo está muchas veces en hacer un uso poco consciente de los móviles y dejarnos llevar por un torrente de información que termine por vaciar nuestras experiencias de contenido.El uso excesivo de pantallas puede desplazar actividades clave del neurodesarrollo, dijo el experto. Foto:iStockUsted distingue entre el uso compulsivo de los teléfonos móviles y la adicción. ¿En qué momento se comienza a considerar adictivo? Porque, hace unas semanas, Meta y Google fueron sancionadas en Estados Unidos precisamente por eso: por hacer que sus diseños produjeran adicción…¡Exacto! Pero ahí está una de las cuestiones más polémicas de este tema. Todas las marcas buscan que se consuman sus productos y buscan mecanismos para ser más atractivas. Y muchas de ellas se basan en principios del aprendizaje que ya conocemos desde el siglo pasado. Esa superestrella que anuncia hamburguesas o el superdeportista que le vende un perfume que seguramente ni él mismo usa son formas de dirigir la conducta del consumidor. Con las redes sociales hemos llegado a un nivel superior de la influencia porque estas velocidades han permitido una administración de estímulos sin igual. Estas estrategias de diseño tienen el problema de que, mientras intentan provocar el uso en la gente, provocan serios problemas en personas que presentan vulnerabilidades y riesgos. Ahí es donde está el problema principal: en haber supeditado la salud mental y el cuidado a tratar de vender más y tener aplicaciones que puedan generar más ingresos. El problema es que hemos de diferenciar el uso compulsivo de la adicción. No todo el mundo va a entrar en esa espiral de la adicción, aunque muchos estén dentro de un uso compulsivo. De nuevo, hemos de evaluar qué hace que una actividad recreativa que buscamos porque nos gusta termine por ser buscada por el miedo a no tenerla, que es la base de una adicción. LEA TAMBIÉN Todo parte de una aversión a la pérdida. El ‘fomo’ (fear of missing out) genera ansiedad anticipatoria porque quizá nos estamos perdiendo algo imprescindible. Pero la buena noticia es que ahora se está hablando del ‘jomo’ (joy of missing out). Desde la psicología, ¿podemos aprender a fomentar esa alegría de perdernos cosas?Creo que ahí tenemos una de las claves. La aversión a la pérdida y el tratar de evitar perdernos algo a toda costa son una de las cosas que nos complican como seres humanos. Tenemos límites y no podemos llegar a todo.Pero otro límite que tenemos es precisamente el de creer que sí podemos llegar a alcanzarlo todo. Por ello, hay que hacer al menos dos cosas de manera simultánea para evitar entrar en ese punto del ‘jomo’. La primera es revisar nuestras capacidades y comenzar a ser conscientes de que no podemos coger todo el torrente de información que nos inunda y tratar de procesarlo todo. Eso es imposible. Y lo segundo es tratar de elegir con cierto criterio a qué estamos dispuestos a dedicarle nuestro tiempo.Un fenómeno psicológico ya bien conocido es el de la paradoja de la elección. Puede parecer que resulta genial tener muchas opciones frente a tener pocas, pero tener muchas opciones puede provocar precisamente problemas para tomar una elección y uno termina por no elegir nada. Solo hay que ver lo que nos pasa cuando queremos elegir qué película vamos a ver. La mayoría de las veces terminamos por no ver ninguna. Así que nos toca también tratar de ser, en cierto modo, dueños de nuestras elecciones y responsabilizarnos de algo tan nimio como elegir una película que puede que no nos guste, sin mirar de reojo aquello que nos hemos podido perder al elegir mal. LEA TAMBIÉN A la larga, el punto no es caer en la tecnofobia y en el ludismo, sino en replantear nuestra relación con las pantallas. Usted propone regular el uso para romper los automatismos, como el ‘bucle de revisión’. ¿En qué consiste esa rotación cíclica que hacemos con las apps y qué efectos tiene sobre el cerebro?El ser humano tiene un funcionamiento que tiende a buscar automatismos y rutinas fáciles que le permitan actuar en el mundo con menos esfuerzo, dejando el control y la revisión para situaciones nuevas o que salen flagrantemente mal. Con el caso de nuestra relación con las pantallas, se ha optado por adaptarnos a los ritmos que nos ponen por delante y automatizar rutinas que no son precisamente positivas. Pero, con tanta cantidad de información, uno no tiene tiempo de pararse a revisar. Por eso, el primer paso es romper un poco ese automatismo y revisar cuál es nuestra relación con las pantallas, qué estamos dejando de hacer por su uso y qué cosas imprescindibles nos están ocupando espacio. Tenemos decenas de aplicaciones que no nos interesan, pero que hacen pitar a nuestro móvil, y contenidos que no consumimos. Debemos hacer esa revisión consciente para adaptar la tecnología a lo que necesitamos y revertir el error que hemos cometido al tratar de adaptarnos nosotros a ritmos imposibles de seguir.El ser humano tiende a buscar automatismos y rutinas fáciles para actuar con menos esfuerzo. Foto:iStockEn una conversación con Johann Hari, hablábamos de una analogía entre la obesidad y la distracción: se nos ha hecho creer que son nuestra culpa, que se trata de una cuestión de autocontrol. En un tono de: “si usted no es capaz de prestar atención, si cada vez le cuesta más concentrarse o si no es capaz de desengancharse del teléfono, es porque le falta voluntad”. Pero Hari demuestra que no es solamente una cuestión de disciplina; hay todo un sistema detrás montado para “robar nuestra atención”. ¿Qué puede hacer un individuo, en el corto plazo, de acuerdo con la neuropsicología, para enfrentarse a un fenómeno que es sistémico?Entender nuestros procesos atencionales puede ser un excelente punto de partida. Cuando entendemos que tenemos unos procesos de selección de atención que son fundamentales para impedir que la información irrelevante nos ‘distraiga’, caemos en cuenta de que esos mecanismos no son ilimitados ni pueden con todos los elementos que se nos presentan todo el tiempo. No es nuestra culpa tener unos límites en esos mecanismos, pero sí se nos puede echar en cara no tratar de entenderlos y adaptar las cosas a cómo funcionan. Si estos mecanismos se saturan, entonces comenzamos a ir un poco a la deriva entre toda esta información, casi siguiendo lo que nos van poniendo sin poder volver a tener el control. Precisamente, lo que ocurre con el scroll infinito. Desde luego, las aplicaciones están bien diseñadas porque ellas conocen nuestro funcionamiento atencional más que nosotros mismos. LEA TAMBIÉN Usted dice que 'apagar las pantallas sin apagar la expectativa de que cada segundo debe ser productivo nos dejaría exactamente igual'. Es decir, que la raíz del problema sería la hiperproductividad del mundo actual. Si la sociedad del rendimiento no se va a apagar de la noche a la mañana, ¿cómo podemos cambiar hoy la forma de relacionarnos con las pantallas?Tomando el control de nuevo. Hay que hacer un análisis que debe partir de la reflexión y de tratar de volver a reestructurar nuestra escala de valores y necesidades. Obviamente, eso suena a ir contracorriente, pero lo cierto es que habría que empezar por ese análisis personal. El filósofo italiano Nuccio Ordine lo explicaba muy bien en su libro La utilidad de lo inútil cuando refería que muchas cosas consideradas a nivel productivo como inútiles eran útiles a nivel humano y personal. Es ahí donde tenemos que poner el foco: en tratar de detectar qué cosas fundamentales para nuestro bienestar y salud, como personas y sociedades, estamos dejando de lado para poder arrastrar un poco más el carro de la hiperproductividad.MARIANA TORO NADEREthic (*)Madrid(*) Ethic es un ecosistema de conocimiento para el cambio desde el que analizamos las últimas tendencias globales a través de una apuesta por la calidad informativa y bajo una premisa editorial irrenunciable: el progreso sin humanismo no es realmente progreso.¿Conecta primero el celular o el cargador? Foto: Sigue toda la información de Salud en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.




